Margaret S. Archer

Discurso

 

Buenos días a todos. Mi más profundo agradecimiento a la Universidad de Navarra por honrarme de este modo, pero especialmente al Gran Canciller, al Rector y, particularmente, a la profesora Ana Marta González por hacerme partícipe de vuestra excepcionalmente acogedora Universidad.

Nuestro mundo está hecho un lío; la humanidad misma se encuentra amenazada en su finitud a causa del cambio climático; nosotros los Antropocenos, hemos fallado a la humanidad por nuestro negligente aprecio de “la libertad, la igualdad y la fraternidad” a nivel global y nacional. La solidaridad social se ha desplomado a sus cotas más bajas. Sólo podemos entonar el mea máxima culpa por todos los pecados que el Papa Francisco identifica en nuestro mundo contemporánea pues mostramos indiferencia frente a nuestro hogar común y nuestros compañeros de destino.

En nuestra culpa colectiva va implícito que nuestro sistema global social necesitaría como nunca la ayuda experta y práctica de las Ciencias Sociales. Sin embargo, ¿en qué hemos contribuido? Mi respuesta es, en poco. ¿Hay algo que explique el silencio de los científicos sociales?

El Acuerdo de París sobre el cambio climático a finales de 2015 fue un logro de los climatólogos. En los 20 años precedentes los sociólogos sólo habían contribuido en un 3% a la producción científica ambiental. Y de nuevo nos preguntamos, ¿por qué?

El problema más serio raramente se menciona, que la conexión entre las Ciencias Sociales y la Filosofía es angustiosamente tenue. Un ejemplo crucial es que el “empirismo” (no la investigación empírica) ha recibido recientemente de los Big Data un sistema de soporte vital. Big Data, con sus algoritmos constitutivos, proporciona variaciones en el coeficiente de correlación simple, pero permanece mudo acerca de las conexiones causales.

Hasta aquí me he referido sólo de pasada, a la “Estructura”, la “Cultura” y la “Agencia”. Esto se debe a que, para que una teoría cualquiera puede considerarse explicativa del cambio social, debe necesariamente incorporar las relaciones humanas estructuradas (dependencia contextual), las acciones humanas (dependencia de la actividad) y las ideas humanas (dependencia conceptual). Esto significa que toda teoría sobre el orden social debe contar necesariamente con las tres dimensiones que recojo en inglés con las siglas SAC: Estructura, Agencia y Cultura. Este acrónimo no establece un orden de prioridad entre los tres elementos. Sin embargo, los tres son indispensables, y esto significa que en toda teoría social debería reconocerse su lugar.

El defecto básico del empirismo es su incapacidad para dar una explicación causal de las asociaciones que descubre. No habría motivo para que alguno o todos los elementos del SAC aparecieran en las supuestas explicaciones proporcionadas sobre la base de asociaciones estadísticas, no digamos ya para examinar sus interrelaciones. Ahora bien, que la referencia a SAC sea indispensable significa que la vida social viene en un SAC: siempre y en todas partes. Pues si el procedimiento es detectar un patrón como los empiristas, no haría falta referencia alguna a los elementos del SAC ni a sus interrelaciones.

Un modo en el que ese empirismo se anuncia a sí mismo en la literatura sobre “globalización” es la apresurada proclamación de nuevas “Eras”, comenzando con la misma era de la globalización, la sociedad de la información, del conocimiento, de las redes, del riesgo digital, etc. De modo significativo, cada una de estas calificaciones ilustra una característica que se considera distintiva de una ordenación social “nueva”, justificando su diferencia con la precedente formación social de la modernidad tardía.

Más preocupante resulta que durante el último cuarto de siglo las filas de los negadores de SAC se han engrosado dramáticamente. Su posición meta-teórica descansa en el colapso de sus tres elementos: en lugar de reconocer las propiedades y los poderes específicos que cabe atribuir respectivamente a la Estructura, a la Cultura y a la Agencia, tienden a colapsar dichos poderes y propiedades por igual haciendo imposible el examen del juego cambiante entre ellos y su teorización.

La metáfora que entre tanto se ha impuesto, como directiva de este procedimiento teórico, negador de las propiedades y poderes específicos de la estructura, la cultura y la agencia es la “fluidez” que depende de una previa disolución de los componentes respectivos del SAC. Así encontramos la negación de la estructura reemplazada por afirmaciones teóricas acerca de la “desestructuración”, la negación de la “cultura” como algo más que lo que las personas llevan en sus mentes, susceptible de permutaciones a caleidoscópicas; la negación de la “agencia”, convertida en algo fluido mediante nociones de “auto-invención” en serie, que cortan los lazos con las “preocupaciones”, “identidades”, “intereses” y “compromisos” personales y grupales. En conclusión, el cuadro del orden social como formado y reformado por grupos que buscan hacer progresar sus intereses materiales, sus intereses ideales y quienes son, se destruye por la imagen de la fluidez.

En este contexto teórico, y en oposición a él, desde el ’79 vengo desarrollando mí aproximación Morfogenética. Es un nombre poco simpático, pero dice lo que significa y significa lo que dice, con “Morfo” indicando la forma de la sociedad y “Génesis” apuntando a los mecanismos generativos implicados en promover la estabilidad o la transformación social. Esta Aproximación no es pura teoría, ni tampoco pura metodología, pero proporciona un puente entre ambas y está concebida para ser útil y utilizable.

De ahí que esté más agradecida, si cabe, a la Universidad de Navarra por reconocer mi trabajo que no viene avalado por una bandera popular, y mucho menos populista.

Muchas gracias.