Alfonso Sánchez-Tabernero, rector

Discurso

Gaur goizean, Nafarroako Unibertsitatearen kurtso irekieran, gurekin batera zaudeten, gure lagun maiteok.

En la Universidad de Navarra iniciamos este curso con una mirada esperanzada: confiamos en que los meses que tenemos por delante nos permitan realizar una relevante tarea de servicio a la sociedad. En cierto modo, la vida académica se resume en esas dos ideas: esperanza y servicio. La esperanza proviene de que nada se repite: se renuevan los estudiantes, que llegan con nuevas ilusiones e inquietudes; cambian los desafíos científicos; y surgen nuevos problemas económicos, sociales y culturales que reclaman respuestas y soluciones innovadoras.

Y el servicio está en la misma raíz de la institución universitaria: los centros de educación superior existen para formar ciudadanos y ciudadanas responsables y para producir ciencia que mejore la vida de las personas.

 

Hace poco, leía un ensayo de Niall Ferguson que aportaba algunos datos sorprendentes. En su estudio sobre la civilización occidental[i], este historiador británico explicaba que de 1500 a 1800 España pasó el 81% del tiempo luchando contra potencias extranjeras. Ese último año, la esperanza de vida al nacer en el mundo era de 28 años y medio. Y el 85% de la población vivía en situación de pobreza extrema (la cifra actual es el 9%). En nuestro país, a comienzos del siglo XIX el 94% de la población no sabía leer ni escribir. En 1900 todavía el 64% de los españoles eran analfabetos. Esos datos fríos nos dicen que, hace no tanto tiempo, la vida para la mayoría de las personas era corta, sin horizontes intelectuales, y estaba llena de violencia y de penurias económicas.

Quizás la enseñanza más clara de la historia de la humanidad es que cuando nos enfrentamos unos contra otros nuestra capacidad destructiva es ilimitada; en cambio, cuando nos tratamos con respeto y ponemos en común nuestros talentos, solemos demostrar una capacidad de superación verdaderamente asombrosa.

Si antes comentaba que la esperanza y el servicio son dos conceptos muy propios de la vida académica, ahora añado otros dos: respeto y actitud colaboradora. Con esos puntos de apoyo, las universidades impulsan el progreso armónico de la sociedad, junto con otras instituciones, como las empresas, el sistema jurídico, los medios de comunicación y los gobiernos.

Precisamente en este último ámbito hemos presenciado cambios significativos en nuestra Comunidad en las últimas semanas, como se puede ver en las butacas verdes de la contrapresidencia de esta Aula Magna. Tenemos nuevo Gobierno en Navarra, nuevo Parlamento y nuevo Alcalde en Pamplona. Deseo darles la bienvenida a la Universidad de Navarra: aunque conocen muy bien esta casa, es la primera vez que acuden con sus nuevas responsabilidades.

Junto a la bienvenida y al agradecimiento por su presencia en este acto académico, me gustaría decirles públicamente dos cosas. Primera: Navarra posee un excelente sistema universitario, con centros de alta calidad, que proporcionan una oferta docente muy amplia, y que trabajan con gran sintonía. La Universidad Pública de Navarra, la UNED -con sus sedes de Pamplona y Tudela- y la Universidad de Navarra constituyen una gran oportunidad para impulsar la prosperidad, la cohesión y el desarrollo científico y cultural de Navarra. Segunda: Los gobiernos más eficaces e inteligentes del mundo apoyan a sus universidades, establecen programas de becas con buenas dotaciones económicas dirigidos a los estudiantes con menos recursos, favorecen la captación de talento internacional, y establecen fórmulas de financiación basal para los centros de investigación más prometedores.

Estoy convencido de que durante esta legislatura tendremos una excelente relación con el Gobierno y con el Parlamento de Navarra, y con el Ayuntamiento de Pamplona, como procuramos hacer con todas las instituciones públicas en los lugares en los que estamos presentes.

Aprovecho también esta ocasión para agradecer el trabajo de quienes acaban de dejar sus cargos públicos. Como es sabido, los comienzos de la anterior legislatura fueron un tanto borrascosos. Sin embargo, luego hablamos con frecuencia y fuimos capaces de entendernos. En concreto, para nosotros fue clave la actitud de la hasta hace pocas semanas Presidenta del Gobierno de Navarra, que siempre estuvo disponible para escuchar y encontrar vías de colaboración.

El pasado curso pusimos en marcha el nuevo grado de Politics, Philosophy & Economics (PPE) y comenzaron los másteres de Arquitectura, Reputación Corporativa, Estudios de Comisariado y Psicología General Sanitaria. Este año las novedades son los masteres de Big Data Science y Gestión de Empresas Pharma-Biotech, así como el máster in Management, ofertado por el IESE.

El propósito de la Universidad de Navarra es ofrecer unos programas docentes innovadores y formativos, que atraigan a estudiantes de todo el mundo. Tres cifras reflejan que estamos avanzando en esa dirección: la nota media de los 2.200 alumnos que iniciaron nuestros estudios de grado el pasado mes de septiembre fue de 8,11 sobre 10; la valoración de los estudiantes de su experiencia universitaria fue el año pasado de 4,1 sobre 5; y los alumnos internacionales son ya más del 25%.

También en investigación caminamos a buen ritmo, con énfasis en tres principios básicos: interdisciplinariedad, configuración de equipos cada vez de mayor tamaño y difusión de los resultados en las revistas científicas de mayor calidad. Estas ideas nos han ayudado a conseguir más fondos, tanto de convocatorias públicas competitivas como del ámbito empresarial.

En los próximos meses, la Clínica pondrá en marcha una máquina de radioterapia de protones. Se trata de una innovación tecnológica, pionera en nuestro país, que permitirá iniciar una nueva línea de investigación de frontera, con el fin de encontrar terapias eficaces contra el cáncer.

Además, la Clínica ha consolidado su presencia en Madrid, a la vez que mantiene su nivel de actividad en Pamplona: esa fue nuestra meta cuando abrimos el nuevo hospital en el campus madrileño, hace casi dos años. La incorporación de nuevos profesionales y la tecnología de vanguardia han fortalecido el liderazgo de la Clínica en el ámbito sanitario. De hecho, al parecer, hay sólo una enfermedad que se nos resiste. Sus síntomas son: afonía, escalofríos, palpitaciones del corazón... Se trata de un problema médico que el pasado mes de mayo se convirtió en epidemia en toda la Comunidad Foral... Me refiero, como casi todos ustedes han adivinado, a la famosa osasunitis, “la única enfermedad que no queremos curar”, como afirma una brillante campaña publicitaria.

Concluimos el curso pasado con dos buenas noticias. La primera fue la concesión del doctorado honoris causa a Margaret Archer, Rafael Moneo, Robert Picard y Ruth Fine. En la ceremonia presidida por nuestro Gran Canciller, Fernando Ocáriz, se puso de manifiesto la categoría humana e intelectual de los cuatro nuevos miembros del claustro, y también su aprecio a la Universidad, construido sobre la base de una larga amistad con algunos de nuestros profesores más veteranos.

El otro hecho reseñable fue la publicación del ranking europeo de calidad docente, en el que el Times Higher Education nos ubicó en tercera posición, detrás de Oxford y Cambridge. La noticia del ranking me hizo pensar en nuestro primer Rector, Ismael Sánchez Bella, que falleció el pasado mes de diciembre.

Como es sabido, el optimismo de don Ismael en ocasiones parecía desafiar el elemental sentido común. Por ejemplo, cuando la Universidad se ubicó en este campus, nuestro primer Rector exclamó: “es estupendo: nos vamos a un lugar con río y podremos hacer regatas como Oxford y Cambridge”. No se tienen noticias de que alguien haya conseguido navegar en el Sadar, a su paso por la Universidad, ni siquiera unos metros. Pero parece una broma divertida o un acto de justicia poética, que pocos meses después del fallecimiento de don Ismael, ese pequeño Estudio General que él inició hace seis décadas haya aparecido en un ranking junto a las dos míticas universidades inglesas a las que él añoraba parecerse. Quizás este hecho refuerce la posición de quienes creemos que, al final, de un modo u otro, los optimistas siempre tenemos razón.

Nos acompaña hoy un testigo privilegiado de esa historia de esperanza que caracteriza el itinerario de la Universidad de Navarra: me refiero a don Francisco Ponz, que fue nuestro tercer rector, y que este próximo mes de octubre cumplirá 100 años. El comité de festejos está planteando cómo celebrar esa efeméride y, aunque don Francisco se retiró del tenis hace tres o cuatro años, no descartamos que participe en un torneo de exhibición.

Retomo la cuestión de los rankings universitarios, que se han convertido en tema de debate público. Cuando me preguntan qué valor les doy, siempre recuerdo una conversación que tuve hace diez o doce años, cuando era Vicerrector de Relaciones Internacionales, con mi colega de la Universidad de Columbia en Nueva York. Días antes de viajar a esa ciudad, se había publicado un ranking nacional de calidad docente, en el que quedábamos en primera posición. Hice varias copias y entregué una de ellas a la Vicerrectora de Columbia, mientras le explicaba torpemente que nosotros no dábamos excesiva importancia a los rankings. Ella me escuchó con paciencia y cuando acabé mi explicación me contestó: “ya lo entiendo; vosotros sois como nosotros: no dais excesiva importancia a los rankings... a no ser que salgáis muy bien”.

Como probablemente la antigua Vicerrectora de Columbia tenga razón, me parece oportuno recordar ahora que, además de la buena posición de la Universidad en el ranking del Times Higher Education, la Clínica ha vuelto a liderar por quinto año consecutivo el índice MERCO de reputación de hospitales privados en España y el IESE ha ocupado también por quinto año el primer lugar del ranking mundial de executive education del Financial Times y ofrece, según The Economist, el mejor programa MBA de Europa.

Esos reconocimientos nos animan a emprender proyectos con vocación de servicio, como los centros de investigación, el Museo de Arte o el campus de Madrid, en el que este curso se impartirán ya once programas master.

Para acertar en estas iniciativas es preciso que sepamos distinguir qué aspectos debemos proteger y en qué áreas debemos innovar. Los aspectos permanentes tienen que ver con nuestra identidad: somos y siempre seremos una universidad que aspira a estar en la frontera de la ciencia, con vocación de servicio, sin ánimo de lucro, comprometida con el crecimiento intelectual y personal de los estudiantes y que se inspira en las grandes propuestas del pensamiento cristiano para afrontar los desafíos contemporáneos.

Parece evidente que la vitalidad de las instituciones depende, en gran parte, de la motivación de sus empleados. Tengo la suerte de ver cada día el compromiso de las 6000 personas que trabajan en la Universidad de Navarra.

Para valorar qué estímulos incentivan más a las personas, me parece útil recordar un experimento realizado en Suiza a mitad de los años noventa. El Gobierno de ese país estudiaba la posibilidad de ubicar un depósito de residuos nucleares en un pueblo de 2.100 habitantes de nombre casi impronunciable: Wolfenschiessen. Un grupo de economistas entrevistó a todos los adultos del lugar y les preguntó si aceptarían la instalación de ese depósito de residuos en su pueblo. Para su sorpresa, el 51% se manifestó a favor: aunque los vecinos no consideraban deseable tener cerca residuos nucleares, algo más de la mitad afirmó que si el Parlamento adoptaba esa decisión, su sentido cívico les llevaría a respaldarla. Luego los economistas añadieron un aliciente económico: hicieron la misma pregunta, pero indicaron que, para compensar la incomodidad, el Gobierno daría a cada habitante del pueblo unos 8000 euros anuales. Es interesante comprobar cómo afectaba ese incentivo en la aceptación del depósito de residuos por parte de los vecinos. El resultado fue que, con esa compensación monetaria, el porcentaje de habitantes a favor de la instalación del depósito descendió al 25%.

Michael Sandel, filósofo de Harvard, que relata este experimento en un interesante ensayo titulado “Lo que el dinero no puede comprar”[ii], explica la causa del inesperado comportamiento de los vecinos de Wolfenschiessen: muchos de los que estaban dispuestos a hacer un sacrificio por su país, en cambio no toleraban que alguien intentase comprarles su voto. Expresado de otro modo, la compensación económica tranformaba una cuestión cívica y altruista en un intercambio mercantil poco atractivo.

No cuento esta historia para anunciar ahora que la Universidad va a dejar de retribuir a sus empleados. Pero el experimento del pueblecito suizo nos puede recordar que nos comprometemos con lo que hacemos -damos lo mejor de nosotros mismos- cuando nuestro trabajo nos gusta, nos plantea desafíos, nos permite un gran margen de libertad y cuando lo que hacemos beneficia a otras muchas personas. Me parece que eso es precisamente lo que intentamos que suceda en la Universidad de Navarra.

Acabo ya. No seríamos agradecidos si no nos diéramos cuenta de que hemos avanzado con la ayuda de muchas personas, representadas hoy por quienes nos acompañáis en esta Aula Magna. Gracias al apoyo de los antiguos alumnos, de la Asociación de Amigos y de muchas familias, empresas e instituciones, la Universidad de Navarra puede mirar el futuro con esperanza y, como todos los años, inicia este curso académico con la ilusión de servir a la sociedad con todas sus fuerzas.

Eskerrik asko. Muchas gracias.

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[i] Niall Ferguson. Civilization: the West and the rest. Penguin, 2012.

[ii] Michael J. Sandel. What money can't buy: The moral limits of markets. Ingram International, 2012.