Última clase d'Alban d'Entremont

Tuvo lugar el pasado 23 de abril en el aula 15 del Central

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El profesor Alban d'Entremont el día de su última clase en la Universidad FOTO: Manuel Castells
28/04/15 18:32 María Martínez Orbegozo

El pasado jueves 23, el profesor Alban D'Entremont impartió su última clase en la Facultad de Filosofía y Letras. Sus alumnos y sus compañeros del departamento de Historia, Historia del Arte y Geografía quisieron darle una sorpresa, en agradecimiento a estos más de 40 años dedicados a la docencia. Estos son algunos de sus recuerdos.

¿Cuándo empezó a impartir clase en estas aulas y cómo recuerda su primer día en la Universidad?

Empecé en el curso 1973-74, como profesor ayudante de la asignatura "Geografía Humana", en la Facultad de Filosofía y Letras. Mi primera tarea oficial fue como encargado interino de la asignatura "Estructura Económica del Mundo" en la entonces llamada Facultad de Ciencias de la Información, ahora Comunicación, a la que estuve vinculado hasta finales de la década de los 70. De forma paralela, estuve muy unido al Instituto de Artes Liberales, del cual fui primero alumno, luego secretario y director de estudios, y finalmente director.

Mi primer día en el campus fue a finales de junio de 1971, como futuro alumno del Curso de Verano del Instituto de Lengua y Cultura Españolas (ILCE). Aunque tenía 21 años, estaba asustadísimo por no dominar el idioma. Años después, llegué a ser secretario de este Instituto -ironías de la vida-. Recuerdo que hacía mucho calor y el campus se me presentó amarillento y con poca gente. Pensé que pasar un año aquí se me iba a hacer muy cuesta arriba. ¡Y han sido 44!

¿Qué cambios ha visto en la Universidad a lo largo de estos años?

Muchísimos. De índole físico -edificios e infraestructuras-, y humano -número y diversificación de la gente asociada a la Universidad-. Tengo el honor de ser de la primera generación de la Universidad, casi un pionero; cuando vine, quedaba casi todo por hacer. He visto cómo tantos proyectos se fueron haciendo realidad, con la creación de nuevas titulaciones y la inauguración o ampliación de tantos edificios.

En cuanto al alumnado, la principal diferencia es que en los primeros años 70, casi todos eran españoles, pocos habían viajado al extranjero y casi ninguno hablaba mis idiomas de origen, inglés y francés. Otra gran diferencia es la politización de la Universidad, muy revuelta en esos años en las postrimerías del franquismo, con asambleas, sentadas, paros y más de una carrera delante de los "grises". Fuera de eso, la juventud sigue siendo la misma de siempre, idealista, entusiasta y con ganas de hacer algo grande en la vida; esto no cambia, afortunadamente.

Son numerosas las promociones de alumnos a los que ha dado clase, y muchos los profesores con los que ha compartido claustro. ¿Qué se lleva de ellos?

Cuando, siendo alumno, oí por primera vez al Fundador de la Universidad decir: "He venido a aprender de vosotros", pensaba que estaba haciendo una broma simpática, pero 40 años después sé que esas palabras encierran una gran verdad. Si uno va por la vida estando "por encima" y no recala en lo que dicen los demás (para ello hace falta el don de saber escuchar), no va a alcanzar la sabiduría, porque todos tienen algo importante que decir.

Tanto de los alumnos, como de los profesores y colegas, guardo sobre todo dos aspectos fundamentales: que nunca ninguno se ha portado mal conmigo, al contrario, y el hecho de poseer el don de la inteligencia y de la bondad.

La inmensa mayoría de las personas que he conocido y tratado en estos largos años han sido las dos cosas: inteligentes y bondadosas. Me llevo de todas ellas, sobre todo, el inmenso regalo de su amistad y el grato recuerdo de las muchas cosas que me han enseñado con su palabra y sobre todo con su ejemplo.

¿Qué supone haber formado parte del claustro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad?

Entre otras muchas cosas, haber pertenecido a un centro de aquellos que no suelen brillar o acaparar titulares, pero que van funcionando eficaz y silenciosamente día tras día, contribuyendo a formar cabezas bien estructuradas y ciudadanos cultos y rectos, mediante el aprendizaje de los saberes humanísticos, que son imprescindibles en cualquier institución universitaria. Haberme codeado con auténticos maestros de la Historia, la Filosofía, la Geografía, la Literatura, la Educación, el Arte, muchos de ellos ya fallecidos, con quienes hemos contraído una deuda enorme y heredado un listón muy alto.

¿Qué consejo le daría a un profesor que se acaba de incorporar a la Universidad?

Que no se aventure en este apasionado mundo si no es capaz, o no quiere, cultivar lo que considero que son los tres amores de todo profesor con auténtica vocación universitaria. En primer lugar, amor a la propia ciencia, que se aprehende con profundidad, se investiga con rigor y se difunde con sencillez y elocuencia. Después, amor a la tarea docente, que se cuida con esmero para poder impartir unas magníficas clases que se han de dar con orden, ilusión, garbo y buenas dosis de humor. Y por último, amor a los alumnos, a quienes se les trata con cercanía y cariño, respecto y exquisitez, ecuanimidad y deseos de ayudarles a crecer.

Estos tres amores conducen a una segunda naturaleza que se traduce en espíritu de servicio. Pero advierto que ese joven profesor, para poder ejercitar estos amores, tiene que estar disponible, físicamente presente en la Universidad, siempre a mano. No se puede educar eficazmente de forma teledirigida; el contacto cara a cara es imprescindible. Por eso, me alegra pensar que las nuevas tecnologías, por muy buenas que sean, nunca podrán sustituir a las clases presenciales y a las tutorías tradicionales -lo que aquí llamamos asesoramiento académico personal-.

¿Qué planes tiene a partir de ahora, en esta nueva etapa que comienza?

En mi tierra dicen que los viejos soldados nunca mueren; aquí dicen lo mismo de los viejos roqueros. Yo me considero las dos cosas, así que tengo muchos planes. Agradezco que haya dicho "etapa que comienza" y no "etapa que termina", porque así es como yo lo enfoco, como una gran oportunidad para alcanzar un nuevo nivel de realización personal.

En mi caso, me interesará ahondar en voluntariado, lecturas, música, idiomas; escribir, viajar, familia y relaciones sociales. Todo esto me hace mucha ilusión. Parece que mi jubilación ha creado más tristeza en mis colegas, que en mí mismo. Esto -lo digo con un poco de malicia- también me hace mucha ilusión.

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