Ana María Barber Cárcamo, profesora emérita de la Universidad

Francisco Ponz, exrector de la Universidad de Navarra

28/12/20 Publicado en Diario de Navarra

Don Francisco Ponz ha muerto repentina e inesperadamente", era la noticia triste del día 21 de diciembre. Y es cierto, no era esperable, a pesar de sus 101 años, teniendo en cuenta su energía, su actividad, su lucidez y su viveza. Se le podía encontrar en su paseo diario y charlar animadamente de cualquier asunto. No obstante, era centenario y se encontraba tranquilo, porque "se sabía en buenas manos".

La noticia me impactó porque produce dolor aceptar la ausencia. Pero luego, al considerar las circunstancias del hecho y al mezclarse con los recuerdos, el dolor inicial se transforma en un sentimiento de agradecimiento y afecto hacia su persona. Por eso, me he sentido impulsada a expresar en estas modestas líneas lo que he percibido de él y lo que ello ha significado para mí y para la Facultad de Ciencias.

El profesor Ponz ha estado presente en toda mi vida académica, desde que fui alumna de Ciencias Biológicas. Mi actividad investigadora y docente ha estado vinculada a su entrañable persona. Por tanto, he tenidola enorme fortuna de conocerlo en la cercanía, de haber disfrutado d e sus cualidades personales, aprendido de su trabajo docente y científico, y beneficiado de su dedicación profesional.

Recuerdo lo serio que me pareció al principio, como director de mi tesis doctoral. Lo era realmente, pero enseguida me di cuenta de que no se trataba de falta de empatía, sino de una cualidad altamente positiva que permitía aprovechar el tiempo, organizar las actividades y realizar el trabajo correctamente.

Su actividad como rector le requería en el Edificio Central y por las tardes subía a Ciencias. Las clases de Fisiología Animal se impartían por la mañana. Esos días llegaba a las 9 de la mañana para ordenar adecuadamente el contenido de las clases y, tras impartirlas, bajaba al Central a las 11. Me asombraba que pudiera compaginar actividades tan diversas con aquella aparente facilidad. Respetaba cuidadosamente las reuniones para hablar de los avances o dificultades en el trabajo experimental. En general, las sesiones estaban programadas, pero si surgían imprevistos podías solicitar su atención.

Recuerdo perfectamente el gesto de su cara al comenzar aexponerle la cuestión: cerraba los o jos con fuerza, agitaba rápida y levemente su cabeza y ya había conectado. Pronto se aprendía que había que llevar los asuntos preparados y estudiados; sin violencia verbal alguna, bastaba una sugerente mirada o un leve comentario.

Era una persona comedida, amable, respetuosa y afectiva. Por su alta consideración de los demás, procuraba perturbar lo mínimo. Estoy pensando en mi relación con él como profesora adjunta de Fisiología Animal. Decidíamos juntos el reparto de las clases a lo largo del año teniendo en cuenta sus obligaciones como rector y mis preferencias. Pero si había algún cambio en sus obligaciones, lo que era relativamente frecuente, me lo comunicaba con tiempo suficiente para modificar las mías y, si no era posible, se excusaba y me lo agradecía. También me viene a la cabeza su actitud en las celebraciones del Departamento. Si, en esas situaciones distendidas, presentía algún riesgo de que alguna broma pudiera molestar a alguien, salía al quite para evitarlo.

Daba una enorme importancia a los alumnos. Cada curso revisaba el plan docente y el programa de la asignatura y siempre preparaba sus clases, que eran claras, actualizadas y estructuradas. Se convertían en un modelo de expresión oral y escrita. Hablaba y escribía con sobriedad utilizando las mínimas y más precisas palabras para expresar con concisión y claridad lo que deseaba.

El Dr. Ponz era una auténtico científico, que amaba y respetaba la ciencia y nos transmitió esos
sentimientos ligados a la búsqueda de la verdad, la correcta aplicación del método científico, la leal colaboración con otros investigadores y la publicación rigurosa de los trabajos. Así, es una persona reconocida y respetada por la comunidad científica internacional. Era un universitario cabal, amaba la Universidad. Se centró en la de Navarra, a la que llegó como rector en fase muy temprana, contribuyó a su crecimiento y a poner las bases de lo que hoy es.

Tenía la puerta de su despacho abierta para quien quisiera pedir ayuda o consejo. Lo hacía con interés, sencillez y de manera afectuosa. Su gran inteligencia y reconocida valía eran compatibles con su humildad -siempre huía de los halagos-, bondad y gratitud.

En suma, el profesor Ponz ha sido una gran persona que hizo mucho por nosotros y por la Universidad, a la que ha apoyado toda su vida. Una vida que ha terminado dulcemente, en el Edificio Central, el corazón de la institución, sin ruido, sin provocar molestias, como a él le gustaba, con sentido providencial porque, como decía, "estaba en buenas manos".

Don Francisco, muchas gracias y hasta siempre.

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