Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (5) El salón regio del palacio de Navarra: espejo de la memoria

23/11/18 Publicado en Diario de Navarra

El palacio de Diputación (1840-1856) se levantó tras el paso de Navarra de reino a provincia cuando, en virtud de la Ley Paccionada, se conservaron numerosas singularidades enraizadas en su pasado histórico. La decoración y amueblamiento del salón regio o del trono (1860-1865), venía a recordar todo ello con motivo del viaje de la reina Isabel II a Pamplona que, por cierto, no se realizó. Su complejo programa fue explicado por el responsable del proyecto, Maximiano Hijón, a Julio Nombela en 1866 y se popularizó, a través de pequeñas guías editadas al menos en 1887 y 1899.

No nos vamos a detener ni en los artistas, ni en los detalles del proyecto, estudiados por J. del Burgo y  J. J. Martinena, ni en su valoración en la España de su tiempo puesta de manifiesto por S. Muniain, sino en el mensaje del conjunto, que siempre va más allá de unas identificaciones o una estética determinada.
 

“Tan magnífico aparece este salón … que todo lo demás del palacio resulta pobre”

Con esa apreciación relacionada con la dignidad y la grandeza, culmina Mariano Arigita la descripción del palacio en su Guía del Viajero en Pamplona (1904). El concepto aristotélico de magnificencia señalaba que la obra debía ser digna del gasto y el gasto de la obra “e incluso excederla”, lo cual era justificable si se destinaba a los dioses, el interés público o la imagen del noble. Resulta lógica aquella valoración, ya que la estancia se vistió de piezas de distintas procedencias (Madrid, Barcelona, París …etc), con espejos, muebles, esculturas y pinturas, conformando, al igual que otros espacios europeos, un interior dominado por la riqueza y la ostentación. Lo mismo se había hecho en conjuntos como el Salón de los Espejos de Versalles, dirigido por Jules-Hardouin Mansart, o el Salón de Reinos del Buen Retiro de Madrid, en cuyo programa intervinieron, a juicio del profesor R. L. Kagan, Juan de Palafox y Francisco de Rioja, bibliotecario y confidente de Olivares.

El salón resulta de gran opulencia y, al igual que en obras de su tipología, las diferentes artes se sacrificaron particularmente, en aras a crear algo unitario. Nombela en su Crónica de la Provincia de Navarra (1868) juzgó el conjunto como “encantador” y Madrazo (1886), puso de manifiesto la habilidad de Hijón al haber “encontrado inteligentes artífices que interpretaron con toda fidelidad su idea en la ejecución del delicado ornato de todas sus partes”.

El profesor Reyero en su monografía sobre la Imagen histórica de España, opina que los escritos de José Yanguas y Miranda, historiador y secretario de la Diputación en los años centrales del siglo XIX, inspiraron el programa iconográfico del salón. Aunque Yanguas era ya muy mayor y falleció sin ver culminado el salón, en 1863, sus publicaciones sirvieron como fuente textual para algunos artistas, al igual que algunos pasajes de los Anales de Moret. La documentación señala también la participación como asesor de Pablo Ilarregui, secretario del Ayuntamiento de Pamplona y miembro de la Comisión de Monumentos. Es posible que también interviniese Segundo Lapuerta, vicesecretario de la Diputación que, junto a Ilarregui, preparó la edición del Fuero General en 1869. Además, algunos pintores se desplazaron hasta Navarra para conocer los lugares a representar. En cuanto a los artistas, el responsable del proyecto, Maximiano Hijón, supo buscar y contar con un elenco destacado de artistas. Para las pinturas contó con Constancio López Corona, director de la Academia de Bellas Artes de Orense; Joaquín Espalter, pintor de cámara honorario del rey;  Francisco Aznar, pensionado en Roma diez años; Alejandro Ferrant, de la Real Academia de San Fernando; y Francisco Mendoza, profesor de esta última y pintor de cámara del rey.

Los planos del conjunto de 1861 están firmados por Hijón y los hermanos Aniceto y Casildo Lagarde, bien conocidos por los trabajos de I. Urricelqui y E. Morales. Hay que hacer notar que en esos diseños figuran las pinturas de historia y de los retratos de los reyes, pero se debieron agregar con posterioridad a su ejecución y nunca datarán de 1861, ya que esto implicaría que los creadores de las composiciones serían Hijón y los hermanos Lagarde y no los pintores.
 

Una lectura en varios registros

Al igual que en los grandes conjuntos de exaltación institucional y monárquica, el discurso es múltiple. En todos ellos estuvieron presentes la virtus, la narración histórica como justificación, los retratos de monarcas y prohombres y, naturalmente, los emblemas heráldicos  de los territorios. Dos siglos antes, se había decorado el Salón de Reinos del Buen Retiro con un programa basado en la alegoría, la analogía con los trabajos de Hércules, la continuidad dinástica con los retratos reales, la emblemática con la heráldica de los reinos y la narración con las victorias de los ejércitos.

En nuestro caso hay que distinguir el plano terreno con un espacio solemne, apto para ceremonias y protocolo, presidido por el estrado-trono-dosel con las cadenas de las Navas de Tolosa, destinado a la exaltación del monarca reinante que, desde 1954, cuenta con la copia del pendón de las Navas. Un plano superior o trascendente se centra en la cubierta de la estancia con la alegoría de Navarra, acompañada de virtudes, con lo que se quiere mostrar los peremnes ideales de apertura, saber, trabajo, tradición, virtud y fueros por encima de contextos históricos concretos. En un registro intermedio encontramos los escudos de pueblos y ciudades, los retratos pintados de los reyes y sus grandes gestas, así como los bustos de prohombres que contribuyeron de forma decisiva a la identidad, conservación y glorificación del Reino.


Lo trascendente en la parte superior: Navarra y las virtudes

Como cabría esperar, la imagen de Navarra, hecha realidad desde la Edad Media y con sus esencias conservadas en distintos contextos históricos, protagoniza el nivel superior del salón, habiéndose elegido para ello su personificación en forma de una cuidada alegoría, rodeada por las cuatro virtudes cardinales, que siempre ofrecen modelos de conducta para bien común, tanto a ciudadanos como a gobernantes. El pintor que se hizo cargo de las alegorías fue Martín Miguel Azparren (1860).

La estudiada alegoría de Navarra, en forma de matrona coronada y sedente, se apoya en el escudo de las cadenas, y porta unas palmas, una corona de laurel y una cartela con la inscripción “FUEROS”, como justificación del régimen pactista. Algunos detalles nos ofrecen claves de lectura procedentes de la codificación de alegorías de Cesare Ripa (1593), en su Iconología, obra reeditada en numerosas ocasiones y destinada a literatos y artistas para caracterizar “virtudes, vicios, afectos y pasiones humanas”. La matrona aparece sedente, por ser la posición propia de magistrados y príncipes, “mostrando tranquilidad de ánimo y calma”. La corona real alude, obviamente, a la territorialidad y al Viejo Reino. La palma es símbolo de victoria, vigor y fuerza, ya que no se quiebra ante el peso o las dificultades. La corona de laurel evoca a los vencedores, a la verdad que siempre triunfa y a la perseverancia, por sus hojas siempre verdes. Muchos de los elementos que se representan siempre estuvieron presentes en programas de exaltación personal o institucional y se vinculan con la abundancia, la agricultura, la industria, las victorias bélicas y al progreso, visibilizado en las fábricas con sus altas chimeneas y el ferrocarril que llega entre las arcadas del acueducto de Noain. La cornucopia con frutos y el haz de cereales fueron los atributos seculares de la abundancia, contraria a la abominable escasez. No podían faltar las alusiones al olivo y la vid, esta última significada con unas barricas, un ánfora y una parra con uvas, que hablan de su importancia en la economía navarra desde siglos atrás. Por último, el templo de la sabiduría, el mismo que acompañaba, entre otras, a las alegorías de Europa, también tiene su cabida en la simbólica composición.

La justicia y la prudencia, propias del buen gobierno y presentes también en la fachada del Ayuntamiento de Pamplona, junto a la templanza y la fortaleza, figuran con sus atributos tradicionales. La justicia se acompaña de la balanza (pesa lo bueno y lo mano) y la espada (ejecuta) y viste manto con vueltas de armiño, relacionado con la pureza de intención. La prudencia recuerda que hay que actuar de forma adecuada, proporcionada y con cautela, respetando sentimientos y libertades. Porta un espejo, referido al conocimiento propio y la verdad, y una serpiente, que recrea el texto de San Mateo en que recomienda ser prudentes como serpientes y humildes como palomas. A la prudencia y a la justicia se atribuía la conservación de las monarquías.

La fortaleza, considerada como corona de las demás virtudes, se acompaña de la columna, la maza de Hércules y un león que recuerda el valor, la fuerza y la Fortitudo en el sentido de valentía. Finalmente, la templanza porta un freno y un reloj de arena, el primero como símbolo de la moderación y equilibrio es muy frecuente, en tanto que el segundo nos retrotrae al conjunto de la alegoría del buen gobierno de Lorenzetti en el Palazzo de Siena (1337-1340).
 

Los emblemas heráldicos

La heráldica, como elemento visual y preeminente en los grandes conjuntos fue una constante desde siglos atrás. Recordemos el papel que juega en el refectorio de la catedral de Pamplona (1335) con los emblemas familiares de los grandes linajes y las buenas villas con asiento en Cortes; o en el Salón de Reinos del Buen Retiro (1634-1635) con los escudos de los reinos de la monarquía hispánica. En el salón del trono navarro, se eligieron los escudos, clasificados en tres categorías: la ciudades, todas las poblaciones con asiento en las antiguas Cortes de Navarra y aquellas que en el contexto del tercer cuarto del siglo XIX, se juzgaron como de singular importancia por motivos demográficos, económicos o históricos. En definitiva, territorios y tierras diferentes unidas con el vínculo de unas instituciones y un rey. Medio siglo atrás, hubiesen ocupado ese lugar  los tres brazos de las Cortes de Navarra, que ya no existían.
 

Pintura de historia, retratos de los reyes y bustos de prohombres

Otro nivel de lectura lo conforman todos aquellos hechos y hombres que hicieron posible Navarra en su conformación geográfica, política e institucional y para ello nada mejor que acudir al apoyo de unos hechos trascendentales y de los retratos de reyes y de los prohombres que brillaron en la historia, el derecho o las armas.

La pintura de historia se consideraba desde el siglo XVII como el género pictórico por excelencia, en sintonía con los escritos del francés Le Félibien (1617-1695), que defendía que el arte no sólo debía agradar al ojo sino también elevar el espíritu con temas de carácter serio que instruyesen al espectador. El pintor debía procurar que los personajes pareciesen verosímiles y convincentes desde el punto de vista histórico y de ese modo cumplir con su función pedagógica. La pintura de historia se consideraba la más difícil, ya que requería de su responsable no solo dotes de  retratista o paisajista, sino capacidad intelectual, cultura y sentido histórico. El siglo XIX fue, por excelencia, el momento álgido del género en España, favorecido por los encargos de numerosas instituciones.

Las imágenes de la narración histórica de Navarra y retratos de los monarcas navarros, protagonistas de las ediciones dieciochescas de los Anales, volvieron a cobrar su protagonismo en el salón regio. Los pasajes representados fueron la invención de las reliquias de San Fermín, el alzamiento sobre el pavés del primer monarca pamplonés, las batallas de Olast, Roncesvalles y de las Navas de Tolosa, el testamento de Sancho el Mayor, el pago de los tributos por los reyes musulmanes, la liberación de Carlos II el Malo de la prisión de Ailleux, el privilegio de la Unión y una sesión de las antiguas Cortes. Su lectura definitiva nos lleva más allá de los temas concretos y así hemos de interpretar con ellos la importancia de la fe (San Fermín), el origen e identidad de la monarquía pamplonesa y su momento cumbre (el rey sobre el pavés y la herencia de Sancho el Mayor), la valentía y el coraje de hombres y mujeres (batallas), el buen gobierno (Privilegio de la Unión), la fidelidad de los vasallos (liberación del rey) y unas instituciones propias (Cortes de Navarra). Todo un programa de exaltación del pasado a través de pasajes cuidadosamente elegidos.

Si los hechos y gestas resultaban importantes, no menor motivo de recuerdo y vehemencia merecían los reyes de la etapa medieval, con las dinastías propias que habían encarnado y dado continuidad a un reino con una personalidad marcada y diferenciada. La galería de reyes, bien en traje de ceremonial con mantos, cetros y coronas, o como guerreros, cumplen con lo que desde siglos atrás se entendía como garantía de continuidad.

Por último, los prohombres que habían destacado en la administración, la santidad, la ejemplaridad, el derecho o las artes, también tienen su cabida en forma de bustos, en relación con los atributos de todas esas cualidades que también se representan. En este caso, la cronología abarca los siglos del Antiguo Régimen y se combinan viejos y nuevos modelos de santidad (san Fermín y san Francisco Javier), la ejemplaridad (obispo Joaquín Javier Úriz con su proyecto de beneficencia), la defensa del reino (mariscal don Pedro de Navarra), los artistas (Martín Pérez de Estella y Miguel de Anchieta), los historiadores (Príncipe de Viana y P. Moret), y jurisconsultos (cardenal Zalba y el doctor Navarro). Con su presencia se recordaba que Navarra había sido un cuerpo compuesto o corporativo, en el que el rey era el corazón y la cabeza, y los vasallos que lo defendían, preservaban y mantenían.

En definitiva, el salón regio del palacio foral contiene un conjunto de imágenes que, con todo su poder visual, transmiten a quienes las contemplan unos mensajes y unas reflexiones sobre la realidad, singularidad y trascendencia de un territorio con una historia y un derecho propios, forjados a lo largo de siglos gracias a unas instituciones y destacados prohombres, en un contexto de adaptación al devenir de la convulsa España de la segunda mitad del siglo XIX.

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