Gerardo Castillo Ceballos, Profesor de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

Necesito un whisky

18/11/18 Publicado en Diario del Alto Aragón

Las advertencias sobre el peligro de que los adolescentes consuman alcohol  son muy antiguas. Platón (427-327 a. C.) afirmó que “deberían abstenerse de bebidas alcohólicas hasta  la edad de 18 años, dado que no es bueno echar aceite al fuego”. Muchos siglos después sigue la misma advertencia, pero con mayor motivo. Cada año que pasa se adelanta algo más la edad en la que los adolescentes se inician en el consumo de bebidas alcohólicas, lo que favorece el riesgo de adicción.

En la actualidad  la primera borrachera se sitúa en los 12 o 13 años. Se realiza principalmente en el grupo de diversión de las noches del fin de semana, en el “botellón”.

La Organización Mundial de la Salud ha señalado varias causas del consumo de alcohol por parte de los adolescentes: por curiosidad; para ser aceptado en el grupo de amigos que beben; por la presencia del alcohol al alcance de cualquiera; por falta de afecto e indiferencia en el ambiente familiar; por separación, enfermedad o muerte de los padres; por presiones y tensiones familiares o escolares; por bajo nivel de auto-aceptación y autoestima.

Para muchos adolescentes de ahora el primer consumo de alcohol tiene un simbolismo social y cultural; es un nuevo rito de iniciación en la vida adulta.  La mayoría identifica “salir” con beber; creen que si no beben no se divierten. Muchos beben nada más salir y de forma compulsiva, para estar pronto «colocados»; de ese modo el alcohol funciona como una droga.

Algunos adolescentes creen que  las copas nos alegran. La verdad es otra: el alcohol es un depresivo; tras la breve euforia inicial llega el  bajón y una posible resaca.

La conocida frase “necesito una copa”,  es un cliché emocional al que se suele recurrir para animarse. Ya no es exclusiva de los adultos; actualmente la utilizan muchos adolescentes, e incluso es tema de algunas de sus canciones preferidas:

“Estoy aquí, en mi casa muy aburrido//pasando como un tonto las horas sin sentido (…) // Lo que necesito es un trago//para poderme estabilizar.”  (Grupo Tequila).

Medio vaso de whisky al día, por ejemplo,  puede reducir  el estrés;  pero quien espera algo más, como llenar un vacío existencial, le resultará muy difícil beber con moderación.

Las advertencias sobre el peligro de las bebidas alcohólicas suelen ser útiles en una primera etapa del bebedor,  pero no cuando el hábito está arraigado.  Es posible que la ironía de los humoristas sirva para que algunos bebedores compulsivos reflexionen. Un ejemplo: “El ron más hielo daña el hígado; el vodka más hielo daña el riñón; el whisky más hielo daña el corazón; la cerveza más hielo daña el cerebro. Conclusión: ¡Cuánto daño hace el hielo!”.

Algunos adolescentes dicen que “se colocan” con unas copas sólo para “romper el hielo” en las fiestas y ser graciosos. Otros discrepan: “No me parece bien tener que drogarse para divertirse; “ser alegre es mucho mejor que ponerse alegre”.

A los adolescentes les mueve a beber también su afán de probar y experimentarlo todo. A ello se añade que existe una gran tolerancia social con el consumo de alcohol, incluso con los menores.

Para poder integrarse en el grupo de iguales un adolescente abstemio tiene que adaptarse a sus costumbres; con frecuencia, una de ellas es el consumo de alcohol. Quien se niegue a beber suele ser primero ridiculizado y después rechazado.

Para curarse, un enfermo de alcohol necesita reconocer que tiene un problema y aceptar un tratamiento. Primero viene la desintoxicación y luego la psicoterapia.  Patricia Owen, directora  de la “Hazelden Foundatión” en Minnesota, ha comprobado que los pacientes necesitan mucho apoyo afectivo y fortalecer su voluntad.  Añade  que en ese proceso es muy eficaz la compañía habitual de un  familiar y/o de un amigo. Además, deben abandonar  el antiguo ambiente de amigos bebedores, porque podría favorecer una recaída.

En la labor preventiva del alcoholismo con adolescentes es muy eficaz el testimonio de ex alcohólicos, porque les impresiona mucho la experiencia que vivieron. Por ejemplo, el de Pilar: “me metí el primer trago a los 17 años, para superar mi timidez y relacionarme con chicos. Recuerdo que bebíamos de forma muy diferente a como beben los adultos. Estos beben porque es una costumbre social, por eso pueden aguantar hasta que son viejos. Los jóvenes, en cambio, bebíamos para emborracharnos cuanto antes, para drogarnos con la bebida; nos machacábamos mezclando todo tipo de bebidas fuertes. Una vez me llevaron al hospital a causa de un como etílico.”

Es preventivo también que no todas las celebraciones familiares sean con consumo de alcohol y no reírle las “gracias” a quien se emborracha. Eso sería complicidad con quienes atentan directamente contra la salud pública.

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