Gerardo Castillo Ceballos, Profesor de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

A la excelencia por la autoexigencia

16/11/18 Publicado en El Confidencial

El viejo imperativo de Píndaro “llega a ser el que eres” es una perenne invitación a todo hombre y a toda mujer para que busque la excelencia. Se trata de  vivir de forma coherente con la propia naturaleza, lo que exige esfuerzo y sacrificio, tal como lo expresaba el adagio latino: “Ad astra per aspera” (a las estrellas por el camino difícil).

Decía Ortega y Gasset que el hombre excelente se distingue del hombre vulgar en que el primero se exige mucho a sí mismo, mientras que el segundo no se exige nada.

Una primera forma de entender la excelencia  es verla como un impulso interior de la persona que le lleva a buscar con esfuerzo lo mejor en todo.  No conlleva necesariamente poseer una gran capacidad. Una segunda forma es la que se atribuye a personas que tienen una alta capacidad  que, unida al esfuerzo, les permitirá sobresalir en una especialización determinada, en la que serán profesionales excelentes.

La educación que favorece aprender aspirando a la excelencia no conlleva marginar a quienes tienen menos capacidad. Ese es el criterio de Javier Touron, fundador y director  del primer centro español para la atención educativa de alumnos de alta capacidad. Lo dice en un artículo publicado en su blog, en el que invoca el principio de atención a la diversidad:

“Garantizar la excelencia es una consecuencia inmediata del respeto a la diversidad y de la consideración de que cada persona tiene no sólo un ritmo, un tempo, distinto, sino unas competencias y capacidades diversas (..) El sistema educativo debe lograr, a través de una educación tan personalizada como sea posible, la promoción del óptimo resultado posible para cada persona. A mi juicio, esto garantiza una apuesta seria por la promoción de la excelencia, que será diversa para cada persona, ciertamente, pero que provocará una transformación tal en las escuelas que impedirá todo igualitarismo”.

En la excelencia cuentan los resultados, pero lo más importante es la autoexigencia.  “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total, es una victoria completa”. (Mahatma Gandhi).

En la misma línea,  Carlos Llano señala que la excelencia depende menos de los objetivos logrados que de los deberes cumplidos día a día, y hora a hora. Propone un perfil de la excelencia del que selecciono varios rasgos: no se encuentra en las cosas, sino en las personas; no es un estado en el que alguien se encuentre, sino una situación dinámica derivada de una continua superación; no reside en cosas grandes, sino en muchas cosas pequeñas que pertenecen al trabajo habitual; consiste, en definitiva, en el aumento continuo de la calidad de mis actos.

 Para el profesor Touron, “promover la excelencia equivale a facilitar los recursos educativos necesarios que permitan a cada alumno llegar tan lejos, tan rápido, con tanta amplitud y con tanta profundidad como su competencia le permita. Esto es entender el principio de igualdad de oportunidades en su correcta acepción”.

 En la familia es factible la creación de un  ambiente que  promueva el impulso interior hacia la superación personal. Padres y profesores, de forma conjunta, deben identificar las cualidades y talentos de los niños y motivarlos para que los desarrollen continuamente. Además, hay que exigirles que hagan bien y de forma acabada su trabajo diario

 Es esencial que se enamoren  de lo que Juan Ramón Jiménez llamaba “el trabajo gustoso”, a través de la observación  de buenos testimonios de amor al trabajo con afán de servicio.

Para Juan Ramón  en el “trabajo gustoso” el esfuerzo encuentra su recompensa en la obra lograda o, al menos, en la satisfacción de haberlo intentado. Añadía que ese trabajo no es solo propio del artista, sino de cualquier persona capaz de poner en su oficio la atención y el deseo suficientes.

También ayudará en el desarrollo de la excelencia seguir los  consejos de Ken Robinson. En su libro “El Elemento” sostiene que “cuando nos apasiona lo que hacemos y además tenemos la preparación adecuada para hacerlo bien, estamos en nuestro Elemento, ese estado maravilloso en el cual trabajamos sin cansancio y con gran creatividad. Además, somos capaces de hallar una salida profesional en situaciones teóricamente imposibles. Por eso es fundamental que cada persona encuentre  su propio Elemento”.

La búsqueda de la excelencia es un compromiso que se renueva todo los días en el mundo de cambios acelerados en el que vivimos. Los retos, afortunadamente, nunca son los mismos.

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