Pablo Pérez López, Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Navarra

Treinta años de la caída del Muro de Berlín

12/11/18 Publicado en Diario de Navarra

El 9 de noviembre del próximo año celebraremos el 30 aniversario de un hito. Recuerdo bien dónde me encontró la caída del Muro de Berlín: en Zaragoza, en un congreso sobre historia de la Universidad bajo el franquismo. Los organizadores, catedráticos con años de experiencia y afinidades marxistas, apenas comentaron nada al respecto. Los jóvenes doctorandos de entonces asistíamos asombrados al final de una era, llenos de preguntas sobre el futuro.

Nadie nos había preparado para aquello. «El mundo camina hacia el socialismo», era el lema que podía resumir la doctrina común entre nuestros maestros. Y, de repente, esto: en Polonia se había desmoronado el régimen socialista, en Hungría también, Checoslovaquia seguía el mismo camino y la RDA, la joya de la corona soviética en el centro de Europa, reconocía que de nada valía aquella barrera construida para no dejar salir a sus... ¿ciudadanos? El símbolo del Telón de Acero se había derretido, ¿qué vendría después? Solo el embajador soviético en Berlín lo previó con crudeza: sin Muro, se acabó la Alemania oriental comunista ¡Y desapareció! En un año. Y vino, en cascada, una suerte de aceleración de la historia que nos permitió ser testigos del final de la Guerra Fría y de la URSS. Aquella solidísima potencia… no, perdón, superpotencia, se evaporó. Definitivamente, debíamos desconfiar seriamente de quienes acostumbraban a anticiparnos el futuro.

Por eso me gustó especialmente que quien gobernaba entonces el aparato militar de la OTAN, al retirarse poco después, confesara que tras vivir lo que había vivido se había convencido de que debíamos estar preparados para lo inesperado, porque lo que conseguimos prever casi nunca sucede. Semejante reconocimiento del poder de la libertad humana frente a la prognosis del experto o del poderoso me anima siempre que la recuerdo.

La caída del Muro permitía desconfiar de las pretensiones deterministas del racionalismo, sus ideologías derivadas y todo su aparato de manipulación de masas. Todo era más complejo que esas simplificaciones. La realidad tenía dentro algo más resistente que las ideas dominantes, era capaz de sobrevivir a la propaganda, incluso a la propaganda mejor trabajada del mundo, la propaganda soviética. Aquello era digno de asombro.

Un hombre que había vivido bajo la bota de los nazis y los comunistas, Karol Woijtila, convertido en el papa Juan Pablo II, afirmó que la clave de la historia humana estaba en la cultura, y que no se podía edificar cultura duradera sin apoyarla en la verdad. Su tesis era que nazis y comunistas habían caído por intentar levantar un mundo apoyado en la mentira ¡Qué tesis tan atrevida la de este polaco! ¿La humilde verdad, habitualmente oculta por nuestras frecuentes mentiras, por nuestras «medias verdades» interesadas, puede triunfar finalmente? Con frecuencia me parecía demasiado optimista. Pero había unas cuantas razones para hacer caso a su propuesta, y a medida que conozco más la historia me va pareciendo más verosímil. Además, solo tomando en serio esa atrevida tesis es posible seguir adelante con la tarea universitaria, atreverse a conocer, sin miedos, seguros de que algo mejor puede extraerse de un conocimiento más acabado de nuestro pasado, de la realidad en general.

De modo que la apertura del Muro de Berlín, con los años, vino a convencerme de que el poder de la mentira, por más cemento, acero, alambre de espino y, sobre todo, dominio de la opinión pública que consiga, no tiene futuro. Y como hoy la mentira sigue teniendo mucho poder (no había solo engaño del otro lado del Telón de Acero), me gusta pensar que debemos estar preparados para lo inesperado.

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