Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (3). Los Anales de 1766. Dibujo y grabado al servicio de la historia

26/10/18 Publicado en Diario de Navarra

Las instituciones del Reino de Navarra, particularmente su Diputación, a través de sendos impresores, costearon la mayor empresa editorial ilustrada del siglo XVIII en la Comunidad Foral: las ediciones de los Anales de Moret y Alesón. Tanto para la primera edición destruida (1750-1757) como para la segunda (1766), el encargo de los dibujos y las matrices recayó en su práctica totalidad en un maestro aragonés que se desplazó a Pamplona, el pintor y grabador José Lamarca.

La alianza entre la pluma y el pincel o los cinceles del grabador fue una práctica usual en los libros de historia europeos desde el siglo anterior. Así, M. de Mezeray en su Historia de Francia de 1685, afirma en un párrafo harto esclarecedor sobre la relación entre las imágenes y los textos: “La historia que he emprendido está hecha de dos partes: la pluma y la punta del grabador se empeñan en un noble combate sobre cual representará mejor los objetos tratados”.

El hecho de haberse conservado no sólo una abundante documentación, sino todos los dibujos preparatorios de la segunda edición, algunas planchas y numerosas pruebas de estado, nos sitúan ante un fondo de primera magnitud, no sólo en España, sino en Europa, por poder reconstruir el proceso creativo de las imágenes, que acabaron ilustrando las cabeceras de los diferentes libros en que se dividen los referidos Anales.
 

Historia e identidad

La reedición de la historia de Navarra se ha de contextualizar en unos momentos en que el reino vio amenazado su status, ante las reformas centralistas de los Borbones.  En el siglo anterior, la primera edición obedeció a un deseo de contrarrestar los intentos centralizadores de la monarquía de Felipe IV, rescatando un pasado glorioso, como cimiento de un renovado “foralismo”, reivindicando de la memoria histórica propia, gravemente alterada por autores foráneos, en unos momentos en que los fueros y en última instancia, la propia entidad del reino, parecían correr peligro. En pleno Siglo de las Luces, los “fueros” constituían la principal señal de identidad para Navarra, como colectividad. Aquel status constituía para algunos un incómodo arcaísmo, especialmente, en el reinado de Carlos III, en el que los ataques contra los “fueros” se convirtieron en una actitud permanente y, de manera muy especial, a partir de 1766, cuando el conde de Aranda subió al poder y Campomanes no discutía sobre asuntos concretos de tipo económico o militar, sino sobre el mismo fundamento del régimen foral. La Diputación del Reino, debió pensar que los libros de Moret y Alesón vendrían muy bien como soporte histórico en aquella situación.

La publicación se planteó con imágenes, con lo que la propaganda y persuasión estaban, si cabe, más aseguradas. Hay que tener en cuenta que  el tema de las imágenes del pasado, gestas y retratos de los monarcas privativos navarros, en grandes conjuntos, ya no volverían a tratarse en la figuración artística hasta justamente un siglo después, en otro contexto muy diferente pero con alguna similitud. Nos referimos a la decoración del salón del trono del palacio de Diputación, obra que se acometió cuando Navarra había pasado de reino a provincia, tras la convulsión de la Guerra Carlista, cuando, en virtud de la Ley Paccionada (1841), aún se conservaron numerosas singularidades en base a un pasado peculiar, que bien vendría la pena recordar con motivo de la visita de la reina Isabel II a Pamplona, que, por cierto, no se realizó.
 

La edición ilustrada de los Anales

La edición de 1766 de los Anales corrió a cargo del impresor Pascual Ibáñez entre 1764, en que firmó el convenio con la Diputación del Reino y 1766, en que se publicó. El dibujante y grabador elegido fue el mismo de la malograda edición anterior ilustrada con láminas de los reyes navarros, José Lamarca, cuya obra en la capital aragonesa se documenta entre 1759 y 1779. Con destino a Navarra realizó algunas estampas devocionales de cierta importancia, como los grabados de San Fermín en su tabernáculo, San Veremundo y de la Virgen de Ujué. Aprovechando su estancia en Pamplona realizó algunos encargos, como la transverberación de Santa Teresa para el libro Días y obras admirables de N. S, Madre Teresa de Jesús, de Roque Alberto Faci (Pamplona, Herederos de Martínez, 1764) y una plancha de San Judas Tadeo (1765). 

La autoría de Lamarca para los dibujos y las planchas está probada por las firmas que llevan algunos de los grabados, así como por numerosos testimonios documentales, entre los que destacan las cuentas pormenorizadas de cada trabajo. La portada de la edición se encargó a Madrid al prestigioso Juan de la Cruz Cano y Olmedilla y algunos pequeños detalles ornamentales y heráldicos fueron obra de los plateros pamploneses José Yábar y Manuel de Beramendi.
 

Temática elegida

Los grabados aparecen en las cabeceras de los capítulos, con temas historiados de gestas correspondientes a los diferentes reinados. El mensaje que subyace bajo todas las ilustraciones es múltiple, siempre con la intencionalidad de resaltar unos hechos y, sobre todo, unas ideas sobre las distintas etapas y reinados. En primer lugar, encontramos algunas imágenes referidas al arraigo de la fe, la cimentación sobre la Iglesia de toda la realidad del Reino, llegando a representarse hasta hechos milagrosos, como el hallazgo del cuerpo de San Fermín o la batalla de Simancas. No faltan las alusivas a la configuración geográfica del Reino, la reconquista, la preeminencia de los reyes cristianos sobre los musulmanes, e incluso las que van más allá de nuestras fronteras, como la participación en las cruzadas y, por supuesto, las Navas de Tolosa. En otras representaciones se exalta la valentía de los navarros, puesta de manifiesto en batallas, cercos de ciudades y otros  hechos de armas singulares y, como no podía ser menos, el amor y respeto del pueblo por sus soberanos, a los que se representa  adornados de todas las virtudes cristianas y morales. Todas esas claves se descubren en la plasmación de determinados hechos, intencionadamente buscados, que ponen de manifiesto el deseo de cantar glorias y excelencias de soberanos, pueblos y ejércitos. No podían faltar entre las ilustraciones algunos temas de contenido emblemático, pues la cultura simbólica del Barroco se extiendió hasta fechas tardías, como el reinado de Carlos III.
 

Vigilancia de la edición y sus imágenes: de los dibujos preparatorios a las pruebas de estado y las estampaciones definitivas

El encargado de la vigilancia de la edición, fue el jesuita Joaquín Solano (Pamplona, 1723-Roma, 1803) que poseía una amplia cultura y buenas dotes como orador y escritor. Lamarca recibió diversas apostillas a los dibujos preparatorios, en aras a corregir desde pequeños detalles a visualizaciones más precisas de milagros y hechos históricos.

La totalidad de los dibujos preparatorios y  pruebas de estado constituyen uno de los monumenta del arte gráfico en Navarra y en España, a lo que hay que agregar la conservación de varias planchas para las estampaciones de las cabeceras de diferentes libros, que completan un conjunto realmente extraordinario en la historia del grabado del siglo XVIII en la península. El conjunto de obra gráfica se conserva en el Archivo Municipal de Pamplona y trece matrices en el Archivo General de Navarra, junto a la plancha de la portada firmada en Madrid por el prestigioso Juan de la Cruz Cano y Olmedilla.

Las observaciones y correcciones que se impusieron al dibujante y grabador por parte de la Diputación y el padre Solano afectan a detalles en aras a hacer más intenso el relato narrado en la composición gráfica. En una sola ocasión se le ordenó hacer un dibujo preparatorio nuevo y en algunos casos se han conservado un par de opciones para el mismo pasaje. En un solo caso, el dibujante y grabador, José Lamarca, hizo una advertencia. Se trata de la escena de la batalla de Simancas, en donde advierte que “para significar bien clara y distintamente los tres haces del ejército, no es conveniente estén todos peleando, porque quedaría confuso como también para significar los santos en el aire, he puesto la mitra, si no gusta la quitaré”.

Citaremos algunas rectificaciones hechas a partir de los dibujos preparatorios. En la escena de la degollación de san Hermenegildo se le advierte que el santo debía mirar a los ángeles portadores de la corona y la palma del triunfo.

En el caso del hallazgo del cuerpo de san Fermín, se le pide mayor retórica –ángeles, relámpagos …etc- y la presencia de los tres almendros del milagro. Concretamente, las indicaciones que recibió Lamarca consistían en añadir “unos clérigos, muchas flores, la tierra movida, el resplandor del trono hasta la tierra y borrando el pedestal, se ha de hacer un país y tres géneros de árboles, uno con flor, otro con botones de la fruta y otro con fruta sazonada, algo inclinadas las ramas con el peso de ella”. En la escena de la batalla de Albelda exigen “más arneses y moros muertos”, como elementos parlantes de la victoria del rey don García. En la representación de la batalla de Simancas, ganada por los moros y que ilustra el libro décimo de los Anales, por el contrario, se pidió añadir al pie de las murallas a muchos cristianos degollados, hombres, mujeres y niños en aras a acrecentar el mensaje trágico.

El detalle del vestido también fue objeto de corrección, en el caso de los esponsales de Sancho III el Deseado y doña Blanca, que sellaron la paz entre Castilla y Navarra a mediados del siglo XII. El dibujo presentado a la Diputación fue aprobado con la siguiente prevención: “con que a la infanta se le ponga el vestido que en aquel tiempo se usaba, a los ejércitos se les aumente mucha más gente y armas y algunas más tiendas de campaña, se aprueba este dibujo”. José Lamarca tomó cuenta de estos detalles y sustituyó los atuendos de la infanta, en el dibujo con coraza sobre el vestido talar, y en el grabado sin ella y con una especie de hábito con escapulario y tocas.

E la ilustración del libro trigésimo sexto glosa la batalla de San Adrián de 1312, en la que los sangüesinos derrotaron a los aragoneses y les arrebataron el estandarte real, se obligó a José Lamarca a colocar gente armada y convertir el castillejo del fondo en ermita. También se le señaló que en la escena de la liberación de Carlos II se debían añadir “unos caballos con dos criados aumentados los dos caballos y los dos criados”, algo que el grabador hizo puntualmente.

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