Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (1). A modo de introducción

28/09/18 Publicado en Diario de Navarra

El año 2018 ha sido declarado como Año Europeo del Patrimonio Cultural con el objetivo de animar a descubrir y comprometerse con el patrimonio, reforzando el sentimiento de pertenencia a un espacio común. El lema adoptado ha sido “Nuestro patrimonio: donde el pasado se encuentra con el futuro”. A través de diferentes iniciativas y actividades proyectadas se intenta hacer comprender a los ciudadanos que el patrimonio cultural está ligado a su identidad.

Patrimonio, tradición e identidad son tres conceptos que se relacionan pero que poseen su propio ámbito. Por tradición entendemos lo que se nos ha transmitido del pasado, aunque hay que tener en cuenta que no es inmóvil e inalterable, sino dinámica, cambiante y adaptativa. El patrimonio, material e inmaterial, y los bienes culturales son expresión de la cultura de un grupo humano y constituyen un vínculo entre generaciones. La identidad se refiere a la tradición y al patrimonio, teniendo siempre en cuenta que el ser humano es gregario y busca coincidencias, en aras a sentirse miembro de un colectivo y desarrollar el sentido de pertenencia.

La identidad cultural de un pueblo viene definida a través de múltiples aspectos en los que se plasma su cultura, como el patrimonio histórico-artístico, la lengua, las relaciones sociales, los ritos, las ceremonias propias, los comportamientos colectivos y otros elementos inmateriales. Precisamente por ello, el monumento y los objetos resultan específicamente eficaces como condensadores de valores. Por su presencia material y singular, frente al carácter incorpóreo de los elementos citados, los objetos o los monumentos, como bienes culturales concretos, poseen un elevado significado simbólico, que asumen y resumen el carácter esencial del contexto histórico al que pertenecen. Los bienes culturales ayudan a profundizar en la historia de los pueblos y perfilan su propia identidad, personal y colectiva.

El concepto e idea de patrimonio se configuraron en el siglo XIX, tras las experiencias de destrucción a causa de las guerras y revoluciones, que hicieron desaparecer muchas huellas de un pasado aborrecido que quería borrar. Una circular de la Convención Nacional Francesa de 1794, tras las múltiples destrucciones, recordaba: “Vosotros no sois mas que los depositarios del bien donado a la gran familia, la que tiene derecho a pediros cuenta. Los bárbaros y los esclavos detestan las ciencias y destruyen los monumentos artísticos. Los hombres libres los aman y los conservan”.

El principal punto de apoyo para la valoración del patrimonio, a partir del siglo XIX, fue la clasificación de lo más importante que se deseaba proteger como “monumento histórico”, aunque con el paso del tiempo se ha impuesto el término de bienes culturales en diversas categorías, ampliando notablemente el propio concepto. Distintos autores han escrito en estos últimos años sobre la teoría, historia, clasificación y gestión del patrimonio, como los profesores Alfredo Morales, Francisca Hernández, Ignacio González-Varas, Mª Pilar García Cuetos, o Josep Ballart. Todos sus trabajos resultan de imprescindible consulta.

Al apreciar nuestro patrimonio cultural, podemos descubrir nuestra diversidad e iniciar un diálogo intercultural sobre lo que tenemos en común con otras realidades. Al respecto, nada mejor que recordar esta reflexión de Mahatma Gandhi: “No quiero mi casa amurallada por todos lados ni mis ventanas selladas. Yo quiero que las culturas de todo el mundo soplen sobre mi casa tan libremente como sea posible. Pero me niego a ser barrido por ninguna de ellas”.

 

El pasado de un pueblo y su patrimonio pertenecen a todos sus habitantes

Afirma Julio Valdeón que la historia de un pueblo es de todos sus habitantes y constituye el mejor soporte para saber hacia dónde se camina. Si ese pasado se vincula a testimonios materiales, a los bienes culturales, la conciencia colectiva será mucho más fuerte. Alex de Toqueville lo expresó en este pensamiento: “Si el pasado no ilumina ya el futuro, el espíritu camina en tinieblas”. Octavio Paz afirmaba que “la arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia” y Francisco Umbral escribió que “La pintura es la gran pizarra de la historia”. Ambos pensamientos son extrapolables al resto de las artes y del patrimonio cultural.

Perder las referencias del pasado equivale a borrar el camino y favorecer la desorientación. Faustino Menéndez Pidal recuerda que “el pueblo que no conoce su pasado, que ignora las vías por donde llegó a estar donde está y a ser lo que es, queda a merced del que quiera mostrarle una historia falsificada con fines sectarios. La instalación en la historia es la más sólida base del hombre, porque condiciona todas las estructuras que le sitúan en la sociedad. Cuando la pierde, queda sin raíces, privado de elementos de juicio y de elección”. Al respecto, hay que tener presente que la historia y el propio patrimonio también han sido utilizados por el poder político, en numerosas ocasiones, como fuente de legitimación y justificación, ya que el pasado se reescribe, no pocas veces, en función de las necesidades e intereses del momento.

Los monumentos, las piezas y diversos objetos que hemos recibido desafían al tiempo, constituyen una puerta hacia el pasado y son una forma de viaje por la historia que, en muchas ocasiones, conllevan algo trascendente. Sin todos esos testimonios del pasado, el individuo corre el riesgo de perderse en un mundo falto de referencias tangibles, en donde el presente puede parecer eterno. Contemplar, pensar y razonar en torno a los bienes culturales ayuda a entender el pasado, vivir el presente y proyectarse hacia el futuro sin complejos.

El patrimonio histórico como evidencia más importante de la identidad cultural de un pueblo es una riqueza no renovable y constituye una prueba evidente de la existencia de vínculos con el pasado porque constituye la memoria sobre la que se ha de reconstruir la propia historia. J. A. Alzate escribía en México, en 1790, la siguiente reflexión: “los monumentos de arquitectura de las naciones antiguas que permanecen a pesar de la injurias del tiempo sirven de grande recurso para reconocer el carácter de los que los fabricaron …., como también para suplir a la omisión o mala fe de los historiadores”.

 

Descubrir, conocer y disfrutar en torno al patrimonio cultural    

El patrimonio cultural es susceptible de diferentes miradas para su comprensión completa: desde sus aspectos netamente históricos (promoción, ejecución, creación, precios, datación … etc.), a los estéticos, técnicos, iconográficos (significado y mensaje) y de uso y función. Complemento y protagonistas de primera mano, en nuestra visión y recreación del pasado, son los bienes culturales en forma de puentes, catedrales, monasterios,  vidrieras, piezas de orfebrería, relieves de un claustro, órganos, chirimías o un grabado.

En 2009, la editorial Cátedra publicó, dentro de sus ensayos, un delicioso libro de Víctor I. Stoichita titulado “Cómo saborear un cuadro”, en el que plantea el gozo que produce la contemplación de una obra de arte y cómo aumenta el placer, conforme conocemos el contexto en que se gestó y sus promotores. Sus páginas son un ejemplo para la comprensión de la eficacia y fuerza de las imágenes, en épocas en que el tiempo para su observación era abundante, y su contemplación generaba distintas sensaciones y valoraciones. Con tiempo y sin prisas, entre lo más o menos evidente, encontramos elementos que nos llevan, a modo de signos, a descubrir y saborear pinturas, relieves, grabados … etc.. La lectura de las imágenes y del patrimonio en clave cultural nos conduce a interpretar, y de ese modo comprender, degustar y gozar los contenidos más o menos ocultos de las obras.

 

“Sorprenderse y maravillarse es comenzar a entender”

Esta hermosa reflexión de la pluma de José Ortega y Gasset nos ilustra sobre la importancia de la curiosidad con la que debemos afrontar la contemplación del patrimonio cultural. Tal cualidad es característica de personas ávidas y, en general, de todo aquel que quiere aprender e investigar. Además, en no pocas ocasiones, esa curiosidad es la causa de que se encuentren ideas para caer en la cuenta sobre algo en lo que nadie hizo antes. Junto a la curiosidad hay que agudizar la capacidad de observación, en sintonía con la afirmación de A. Dumas: “quien lee aprende mucho; pero quien observa aprende más”.

La diversificación de estratos culturales de la sociedad tradicional, con altísimos niveles de analfabetos, nos puede conducir a algunas parcelas de significación artística y literaria reservadas para minorías cultas, en un fenómeno que podemos denominar como de “discriminación semántica”. Existen, por tanto, distintos niveles de lectura, tanto para contentar a masas, como para hacerlo con las minorías más elitistas y refinadas. En el teatro también existían citas y referencias eruditas inaccesibles a la comprensión de los no letrados. Junto a una primera trama argumental inmediata, narrativa y “lineal”, convivían subtramas y elementos simbólicos que actuaban como complemento retórico que sólo podían ser entendidos por personas doctas. Algo parecido ocurre en ciertas composiciones artísticas, particularmente cuando el mecenas o el artista poseían unos recursos literarios y cultos.

Ni qué decir tiene que existían distintos gustos, por una parte del público mayoritario que gozaba con todo aquello que impresionaba vivamente a sus sentidos y una minoría cultivada que, tras las apariencias, buscaba ir más allá y desconfiaba de cuanto aprobaba la mayoría. Todo un mundo de símbolos y signos de difícil interpretación convertía a las portadas de libros, las medallas conmemorativas o algunas pinturas en auténticos ejercicios de ingenio y agudeza.

 

Una sociedad avanzada y libre debe salvaguardar y gestionar adecuadamente su patrimonio

Una sociedad avanzada, culta y con altos niveles de bienestar, no puede consentir que su patrimonio cultural esté ausente de su devenir cotidiano. El progreso, en cierto modo, se puede medir por el nivel cultural alcanzado por la misma. Ello ha generado que, en países desarrollados, exista una gran demanda social en torno al uso y disfrute de los bienes culturales. Este hecho se ha convertido en una exigencia ante las instituciones, lo que se ha traducido en el derecho de los ciudadanos a la cultura, como reconocen distintos textos constitucionales. Esto último ha llevado también a valorar los riesgos que suponen las masificaciones y los aspectos positivos y negativos del turismo cultural.

El historiador, el arqueólogo, el antropólogo, el bibliófilo y el historiador del arte tienen su responsabilidad social, ya que deben devolver a la sociedad lo que han llegado a comprender y valorar, tras años de estudio y especialización. Naturalmente, para ello necesitan del buen hacer y colaboración de quienes detentan responsabilidades en los ámbitos educativos y culturales.

El conocimiento y valoración del patrimonio es la mejor garantía para su protección y conservación y de ese modo legarlo como la mejor dádiva de cuanto recibimos de las generaciones que nos precedieron como el testimonio y memoria del significado que para ellas tuvieron los lugares y los objetos.

Por último hay que insistir en que el uso y disfrute del patrimonio cultural puede y debe ser rentable desde una gestión que implique su investigación, conservación y difusión. Las directrices de la UNESCO y otros organismos insisten en el conocimiento, difusión y sensibilización en torno a los bienes culturales, proponiendo a los estados programas de educación e información mediante cursos, conferencias y seminarios en todos los grados de la enseñanza, reglada y no reglada, en aras a promover y realzar el valor cultural y educativo del mismo.

Entre los numerosos textos emanados de altas instituciones, destacaremos uno de la Convención para la salvaguardia del Patrimonio arquitectónico de Europa de 1985, en el que se apela a “sensibilizar a la opinión pública sobre el valor del patrimonio arquitectónico no sólo como elemento de identidad cultural, sino también como fuente de inspiración y de creatividad par las generaciones presentes y futuras”. Y es que, como afirmaba Leopoldo Alas, Clarín: “lo primero que hace falta para decir lo nuevo, es conocer bien lo viejo”.

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