Ramiro Pellitero, Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra

Liturgia y educación en la afectividad

01/10/18 Publicado en Palabra

¿Cómo ayuda la liturgia a formar la personalidad, los valores auténticos, la afectividad? 
Junto con la oración y el combate espiritual (cf. Exhort. Gaudete et exsultate, capítulo V, nn. 150-175), la liturgia es un medio importante para la formación de la personalidad del cristiano. Hoy muchos lo desconocen. La educación de la fe necesita una buena formación litúrgica y catequético-sacramental (“mistagógica”).

En un libro de Dietrich von Hildebrand (“Liturgia y personalidad”, ed. Fax, Madrid 1963), escrito en los años treinta, este filósofo alemán proporciona argumentos que siguen siendo actuales. Subraya que la formación de la personalidad no es fin primario de la liturgia. La finalidad de la liturgia es la gloria y alabanza de Dios y, derivadamente, la de implorar gracias de Dios. A la vez, la liturgia bien vivida tiene un efecto pedagógico sobre las personas: transforma nuestro interior y nos abre a los valores (contenidos valiosos) que se nos presentan en la liturgia para que los hagamos nuestros: la glorificación de Dios Padre, la revelación del rostro de Cristo, la acción de su Espíritu sobre nosotros, precisamente para transformarnos en Cristo.

La liturgia –continúa– nos enseña a responder adecuadamente, también con nuestros afectos ­–el asombro y el agradecimiento, el querer y el gozo, el entusiasmo y el amor– ante esos valores objetivos (no se trata de “gustos”) que se nos ofrecen en la Misa y los demás sacramentos; valores que tienen que ver con Dios y sus obras (la creación del mundo, la redención y la santificación del hombre). No se trata, por tanto, de agrados subjetivistas, sino de una respuesta a lo que en sí mismo es valioso.

De esa capacidad de respuesta por nuestra parte, que la liturgia educa, depende la diferencia entre el hombre egocéntrico y el teocéntrico. El primero, en su versión más radical, está dominado por el orgullo y la concupiscencia: es ciego, indiferente u hostil ante los valores y sobre todo ante Dios. En otros casos, el egocéntrico –aunque posea cierta espiritualidad– podrá prestar ayuda a otra persona o dirigirse incluso a Dios. Pero lo hace con un propósito “moral”, para crecer espiritualmente él mismo, y no por amor hacia el otro o por amor a Dios.

El egocéntrico, si se arrepiente de un mal cometido o se detiene ante la belleza de un valor moral que descubre en otra persona o ante la grandeza de Dios, lo hará como paladeando su propia (y no del todo verdadera) “piedad“, por “merecer más” o por “hacerse más perfecto”, en lugar de entregarse totalmente a eso que vale de por sí. Y entonces, precisamente por esa reacción egoísta, se ve privado de una auténtica transformación.

Por tanto –y son reflexiones que podemos aprovechar hoy para formar a los que participan de los sacramentos–, una buena educación litúrgica enseña también a librarse de lo que el Papa Francisco llama mundanidad o corrupción espiritual (cf. Exhort. Evangelii gaudium, nn. 93-97; Exhort. Gaudete et exsultate, nn. 164-165). Así es, porque lo más importante en la liturgia no es lo que nosotros hacemos, sino lo que Dios hace.

Explica Hildebrand que quien se forma en el espíritu de la liturgia (en las oraciones, las aclamaciones y los cantos, los gestos y las palabras) se verá inclinado a dar una respuesta adecuada a todo lo valioso: la belleza de la naturaleza creada, la belleza moral del amor a prójimo..., como resplandor de la gloria de Dios. Todo ello, como un gozoso agradecimiento y una feliz aceptación. No como una penosa exigencia de quien se siente obligado a tal respuesta. No por egoísmo, sino por amor. Un amor que se ve colmado en la comunión eucarística, pues Cristo ha prometido: “El que come mi carne y bebe mi sangre en mi permanece y yo en él” (Jn 6, 56). No será egocéntrico sino teocéntrico.

Al mismo tiempo, el filósofo alemán advierte de una visión equivocada del teocentrismo, por el otro extremo: pensar que solo vale lo de Dios, mientras que “lo nuestro”, lo personal, “nuestras” acciones de gracias y actos de adoración o sacrificios (podríamos añadir: nuestros trabajos, las alegrías y las penas de la vida ordinaria) no tendrían valor.

Ante esto, una buena educación litúrgica –por medio de un verdadero espíritu de oración: dar gracias, pedir perdón, unirnos a la voluntad de Dios– nos enseña toda una jerarquía de valores: nos enseña lo que valen las distintas realidades (la amistad, la belleza de las criaturas, etc.) ante Dios y por amor a Dios. Nos enseña que, a través de los valores de la realidad (de sus auténticos valores), Dios nos llama continuamente. Nos saca de una actitud –frecuente al menos en su tiempo, según el autor– de meros espectadores o estetas que se quedan contemplando una cosa “bonita” o “interesante”, sin sentirse interpelados por lo que vale realmente la liturgia.

Mirando hoy nuestra situación, tendríamos que reconocer que, al ser la liturgia tan desconocida y poco valorada, muchos se ven privados de esa educación en la afectividad y en los valores propios de un cristiano. A esto se podría añadir el redescubrimiento, tras el Concilio Vaticano II, del valor santificador de las realidades ordinarias, cuando se viven con espíritu cristiano.

En efecto, el Concilio declaró que, especialmente en el caso de los fieles laicos, “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso de alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (cf. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor. De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios” (Lumen gentium, 34).

Volviendo a las reflexiones de nuestro autor sobre la necesidad de responder adecuadamente a los valores objetivos, entre ellos los de la liturgia, Hildebrand es muy claro: “Precisamente en esta adecuación interna con la jerarquía objetiva de los valores está el misterio de la verdadera personalidad” (p. 90, subrayado nuestro). Aduce como ejemplo aquel personaje del Evangelio que vende cuanto tiene para conseguir una sola perla de gran valor (cf. Mt 13, 45-46). No todo vale lo mismo. Y esto –propone– ha de traducirse luego en todos los niveles de la conducta personal: la adoración a Dios, el respeto debido a los demás, el valor del trabajo bien hecho, la libertad y la salud, el contacto con la naturaleza y el arte, el sentido de los bienes materiales, la diferencia entre placer y felicidad, etc.

Argumenta el filósofo que la verdadera personalidad se mide o se define por lo que amamos, por los bienes que nos atraen, por la capacidad de sacrificar lo que vale menos por lo que vale más; en último término, por el anhelo de Dios, que da alas a todo nuestro ser y hace realmente plenos todos los valores. La liturgia –no solo en la Misa sino también, por ejemplo, en el “año litúrgico”, donde unas fiestas dejan paso a otras que celebran “lo más valioso”, los misterios centrales de la fe cristiana–  nos enseña esa jerarquía de valores que, en la perspectiva cristiana, rige objetivamente la realidad.

Hasta aquí las observaciones de Von Hildebrand.
Pasando de nuevo a nuestra época, cabe recordar cómo el ahora emérito Papa Ratzinger ha señalado que en la liturgia, además del aspecto mistérico (la actualización del Misterio pascual de la pasión y resurrección de Cristo), ha de considerarse el aspecto existencial. Es decir, el hecho de que al recibir la Eucaristía dejamos de ser individuos separados y nos hacemos Cuerpo de Cristo –Iglesia–: ya no somos muchos “yo” separados, sino que nos unimos en el mismo “yo” de Cristo. Por eso la liturgia es el corazón del ser cristianos: porque al abrirnos a Cristo nos abrimos a los otros y hacia el mundo, rompemos el pecado original del egoísmo y podemos llegar a ser verdaderamente justos. La liturgia nos transforma y con ello comienza la transformación del mundo que Dios desea y de la cual quiere que seamos instrumentos (cf. Encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Roma, 26-II-2009; enc. Deus caritas est, nn. 12 ss.).

Hace pocos días, en un videomensaje a un congreso internacional de catequistas, Francisco les ha recordado que su tarea consiste en “la comunicación de una experiencia y el testimonio de una fe que enciende los corazones, porque mete el deseo de encontrar a Cristo”. Y en el conjunto de la vida cristiana la educación de la fe “encuentra su linfa vital en la liturgia y los sacramentos”. En los sacramentos, cuyo centro es la Eucaristía, Cristo se hace contemporáneo con la Iglesia, y por tanto, con nosotros:

“Se hace cercano y próximo con cuantos lo reciben en su Cuerpo y en su Sangre, y los hace instrumentos del perdón, testigos de la caridad con los que sufren, y partícipes activos en crear la solidaridad entre los hombres y los pueblos”. Así “actúa y obra nuestra salvación, permitiéndonos experimentar desde ahora la belleza de la vida de comunión con el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo” (Videomensaje, 22-IX-2018). Así también vemos como la liturgia educa nuestros valores y nuestros afectos. 

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