Ignacio Uría Rodríguez, Profesor de Historia de América de la Universidad de Navarra e investigador sénior del Cuban Studies Institute (Miami, EE UU).

Esperando al Suárez cubano

¿Con la elección de Díaz-Canel estamos en el comienzo de una transición o solo en el epílogo del fidelismo?

20/04/18 Publicado en El País

El nuevo presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, nació en 1960. La revolución había triunfado quince meses antes y los cambios comenzaban a implantarse a toda velocidad.

Han pasado 58 años y ningún Castro preside el país, aunque el control permanece en manos de Raúl Castro, que sigue al frente de las Fuerzas Armadas y del Partido Comunista, al menos hasta 2021. Su hijo, Alejandro Castro, dirige los servicios de inteligencia y conoce los secretos de toda la élite y en 2014 dirigió las negociaciones con EE UU.

Díaz-Canel no es militar y los militares recelan de él. Procede del aparato político, pero no domina el Partido. Es apreciado por Raúl Castro, pero no pertenece al clan familiar. De origen humilde, estudió Ingeniería y a finales de los 80 cumplió sus obligaciones militares en Nicaragua. Allí fue comisario político de las Fuerzas Armadas y vivió el fin del sandinismo.

Al volver a Cuba, inició una carrera política en puestos de segundo nivel. ¿Su gran virtud? No cometer errores ni hacerse enemigos. Díaz-Canel nunca era una amenaza y cumplía a la perfección en los puestos que ocupaba: primero como en la Unión de Jóvenes Comunistas, después como máxima autoridad política de provincias (Villa Clara, Holguín...). En este periodo impulsó diversas iniciativas culturales (algunas inesperadas, como El Mejunje, entidad que organizó el primer festival LGBTI de Cuba) e inició una intensa campaña contra la corrupción. Una cosa por otra, pensaría la vieja guardia.

Peldaño a peldaño y ya en La Habana, el nuevo presidente progresó sin pausa, si bien su caso se aleja del ascenso meteórico de otros dirigentes juveniles elevados por Fidel Castro y quemados en poco tiempo por su ambición (el más conocido, el ministro de Exteriores Roberto Robaina destituido en 1999).

El primer gran momento de Díaz-Canel llegó en 2003 cuando Raúl Castro lo eligió miembro del Buró Político (máximo órgano del PCC). En 2009 ocurrió una profunda crisis gubernativa que se llevó por delante al vicepresidente y cerebro económico, Carlos Lage, y también al canciller Felipe Pérez Roque.

La purga dejó sin recambio generacional a la revolución. Díaz-Canel, sin embargo, salió reforzado como nuevo ministro de Educación, un departamento importante, pero sin poder efectivo. Se centró en la reforma universitaria y en un plan para mejorar las instalaciones docentes de todo el país. Entretanto, Raúl Castro lo incluyó en su círculo de poder más cercano, pero protegiéndolo de los pesos pesados (el ministro del Interior Ramiro Valdés, el de las Fuerzas Armadas Leopoldo Cintra…), comandantes históricos que tutelan el actual proceso. Algo debió de ver en él.

2013 fue el año de su consagración al ser nombrado vicepresidente de Cuba. Desde entonces, se hizo cada vez más visible y su nombre comenzó a sonar entre los candidatos del anunciado y complejo relevo de Castro.

Una vez elegido podemos preguntarnos: ¿estamos en el comienzo de una transición o solo en el epílogo del fidelismo? Esta interrogante también surgió con el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente español en 1976. Entre ambos pueden establecerse algunos paralelismos personales: procedencia alejada de los centros de poder, familia de clase media, participación en organizaciones juveniles (uno en la Juventud de Acción Católica, el otro en la Unión de Jóvenes Comunistas), fidelidad al partido único, ascenso continuo en las estructuras burocráticas… Ambos desarrollaron sus carreras en puestos secundarios y provinciales, ambos oficialistas y buenos conocedores de la realidad territorial y de la maquinaria burocrática. Díaz-Canel no tiene el carisma de Suárez, pero es un buen orador y, pese a la diferencia de edad con la que alcanzaron la presidencia del gobierno (43 años el español, 58 el cubano), comparten una aureola de juventud.

Con grandes dificultades, Suárez lideró un pequeño grupo de políticos (falangistas, liberales, socialdemócratas) de su generación convencidos de la necesidad de la democracia. Tres años después habían desmontado el régimen de Franco con la colaboración del Partido Comunista (el opositor por antonomasia) y de un PSOE rejuvenecido.

Conseguir esto en Cuba parece un sueño. En primer lugar, por la ausencia de una figura como el rey Juan Carlos, decidido a modernizar España en el menor tiempo posible. En segundo lugar, porque Raúl Castro no ha querido realizar ninguna apertura política, ni siquiera aprovechando la disposición de Obama. Y en tercer lugar, porque la estructura militar permanece vigilante, dispuesta a garantizar el socialismo revolucionario cueste lo que cueste.

Sin embargo, ¿qué ocurriría si el nuevo presidente intenta ejercer de verdad el poder? ¿Sería destituido o conseguiría establecer su propia agenda? ¿Qué pasaría si un grupo de oficiales se decantaran por él? ¿Legalizaría a la oposición democrática como hizo Suárez con el Partido Comunista? ¿O si surgiera un Gutiérrez Mellado dispuesto a reformar el Ejército? Adolfo Suárez diseñó su Gobierno libremente, algo que Canel solo podrá hacer a medias y sin tocar los ministerios más sensibles: Interior, Fuerzas Armadas y Exteriores.

El nuevo presidente se enfrenta a demasiadas incógnitas, pero no menos de las que debió gestionar Suárez desde 1976, mientras elaboraba la Ley para la Reforma Política con Torcuato Fernández-Miranda. La inevitabilidad de la democracia (y de los nuevos cargos que ofrecería) animó a muchos de los que ya disfrutaban del poder a continuar en él pagando el peaje –siempre asumible– del cambio ideológico. La ventaja española es que Franco ya había muerto.

Los retos actuales son enormes: economía en quiebra, dualidad monetaria y recortes presupuestarios (especialmente, en Educación y Sanidad). La inversión extranjera se ha parado, el crecimiento es insuficiente y los cambios medulares —los políticos— siguen en la sala de espera. En una Cuba donde todo sucede a cámara lenta, ¿podrá Díaz-Canel acelerar la imagen? España puede colaborar ahora que no existe la infructuosa posición común de la Unión Europea impulsada por Aznar en 1996. Por ejemplo, confirmando el viaje oficial de Felipe VI previsto para este año. Un encuentro de los nuevos jefes de Estado sin duda reforzaría el papel español en esta nueva etapa política.

Santiago Carrillo calificó a Suárez de "un anticomunista inteligente y hábil". La habilidad de Díaz-Canel es evidente, solo le falta demostrar su inteligencia y llevar a Cuba hacia la democracia.

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