Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Los trabajos y los días en el arte navarro (22). Semana Santa de antaño: tinieblas, lutos, saetas y disciplinantes

30/03/18 Publicado en Diario de Navarra

En la sociedad navarra y occidental, la Semana Santa, como todo acontecimiento extraordinario, trajo consigo un distanciamiento y contraste respecto al devenir cotidiano, con unas connotaciones especiales ligadas a la conmemoración de la pasión de Cristo. Sus componentes han ido variando como en cualquier fiesta, caracterizada por ser un fenómeno dinámico. Algunas costumbres perduran, otras han reaparecido, se han creado o recreado con el paso del tiempo. En general y aparentemente, la Semana Santa se ha secularizado, haciéndose más lúdica, identitaria y supralocal, a la vez que se ha transformado en más espectacular y menos ritual.

Las procesiones son el elemento que ha sobrevivido a los profundos cambios experimentados por la sociedad desde hace más de un siglo. Sobre los grandes monumentos de Jueves Santo, ya nos ocupamos recientemente en este mismo rotativo (2 de abril de 2015), señalando su importancia como auténticas arquitecturas efímeras pintadas con arcos en perspectiva, enriquecidas frecuentemente con imágenes de la pasión de Cristo, soldados y prefiguraciones eucarísticas. El mismo Jueves también adquiría gran importancia el sermón del mandato y el lavatorio de los apóstoles. Éstos solían ser personas necesitadas o pobres de alguna institución benéfico-asistencial. En la catedral de Pamplona, iban ataviados con capas españolas y valonas blancas almidonadas, que recordaban a los trajes tradicionales.

Otras tradiciones seculares, como las tinieblas o la teatralización del Descendimiento, han desaparecido casi totalmente, quedando únicamente testimonios documentales, que nos hablan de su otrora gran éxito de participación.

 

Las Tinieblas

Con esta denominación se popularizaron, hasta la última reforma litúrgica, los maitines y laudes de los tres últimos días de Semana Santa, en que se cantaban los salmos, antífonas y responsorios a la caída de la tarde del día anterior, los del jueves en la tarde del miércoles, los del viernes en la del jueves y los del sábado en la del viernes. La particularidad de la ceremonia radicaba en que se realizaba con los templos prácticamente a oscuras, iluminados con seis cirios en el altar presidido por un Crucifijo velado y otras quince velas dispuestas en un enorme candelabro de forma escalonada, siete a cada lado y una de mayor tamaño en el centro. En distintos momentos del rito, se iban apagando las velas conforme avanzaba la salmodia, tanto las del altar como las del tenebrario, quedando tan sólo encendida la del centro, denominada María.

La intensidad del acto iba creciendo y al final, tras haberse apagado todas las velas poco a poco, se quitaba la vela María encendida, escondiéndola detrás del altar para ocultarla al pueblo. Al finalizar el canto del Miserere, interpretado con solemnidad, el ritual prescribía un poco de ruido, mientras un acólito sacaba la vela María.

Algunos tenebrarios conservados, como el dieciochesco de la catedral de Pamplona, se han convertido en los testigos mudos de aquella función a la que acudían las gentes masivamente por varios motivos. En primer lugar, porque aquella ceremonia estaba destinada a preparar y favorecer interior y exteriormente la memoria de la muerte de Cristo. Pero también por su simbolismo y particularmente el de la luz, por los textos cantados y el ruido, elementos que actuaban sobre los asistentes provocándolos sensorialmente. La oscuridad y el pequeño ruido que se convertía en verdadero estruendo en muchos casos, enervaban a las gentes de modo muy singular. Las quince velas del tenebrario representaban a los once apóstoles que habían perseverado -todos menos Judas-, las tres Marías y la Virgen, es decir, aquellos que acompañaron a Jesús. El triángulo mismo simbolizaba a la Santísima Trinidad, en tanto que la vela más alta, denominada vela María evocaba a la Virgen, como la única que creyó en la Resurrección, aunque otros la interpretan como símbolo de Cristo. La extinción gradual de las luces estaría en relación con la fe menguante de los apóstoles y los discípulos.

En la catedral de Pamplona, las tinieblas eran larguísimas y la concurrencia era enorme, en parte por la música interpretada, con estrenos y recuperaciones de melodías tan célebres como el Miserere de Eslava. En 1897, se congregaron en las Tinieblas de Jueves Santo 10.000 personas. Alejandro Aranda ha estudiado todo el desarrollo de la función y refiere como uno de sus momentos álgidos, el del estrépito de carracas y matracas que hacían sonar los niños, en recuerdo del estruendo que hicieron los soldados en el prendimiento de Cristo y del espantoso terremoto acaecido a su muerte. En algunos pueblos como Fitero, el terremoto se convertía en auténtico espectáculo al dispararse algunos ingenios de pólvora desde la girola del templo.

 

Lutos en los templos y penitentes por las calles

Como muchas personas aún recordarán, los retablos con sus esculturas y pinturas permanecían cubiertos, en el interior de los templos, a partir del quinto domingo de Cuaresma, con grandes cortinajes morados o negros. La impresión de las imágenes veladas era, durante la Semana de Pasión cuando menos, sobrecogedora. Los velos generalmente eran telas pobres, si bien algunas parece que fueron ricos tejidos, como el velo que cubría el retablo mayor de la catedral de Pamplona que, por cierto, solicitó al cabildo Higinio Sanz Sola, párroco de Leache, en 1942.

No menor emoción causaban en la calle los penitentes que se incorporaban a los desfiles procesionales con todo tipo de tormentos y flagelos. En las constituciones de algunas cofradías se estipulaban las penitencias de los hermanos. En Cascante, en 1588, se trata de los “hermanos de disciplina y de luz” en la procesión de la cofradía de la Soledad, que partía del convento de los Mínimos.

En 1770, en sintonía con medidas de política ilustrada y de influencia jansenista, el obispo de Pamplona Juan Lorenzo Irigoyen y Dutari prohibió a los disciplinantes ir en las procesiones semidesnudos, únicamente ataviados con unos calzoncillos, lo que consideraba como “un abuso insufrible en la vergonzosa e indecente desnudez”. En el documento ataca a los falsos penitentes que con tal nombre desfilaban “embarrados, aspados y de otros modos bien impropios”, a los que juzga de “vana y reprensible presunción”. Todo aquello lo veía el obispo baztanés como ridículo y estorbo para la verdadera devoción, amén de constituir un “escándalo y ruina espiritual en el innumerable concurso de gentes de ambos sexos que …. miran con no poca atención estos espectáculos indecentes …. bien capaces de dar fomento a la malicia, y de abrir los ojos a la misma inocencia”. Tampoco aprobaba “el molesto y continuo estrépito de cadenas, barras y otras acciones”. Asimismo, califica de temerarios a los disciplinantes “por el inminente riesgo a que se exponen de perder las vidas” o inutilizarse para el trabajo, perjudicando a sus familias. Finalizaba prohibiendo acudir a las procesiones “con disciplina de sangre, barras, espadas, cadenas ni otras cosas semejantes, permitiendo tan solamente disciplinas en seco y sin efusión de sangre, y la penitencia de llevar al hombro alguna cruz, o andar con los brazos extendidos, o en alguna forma decente y edificativa de los fieles, con tal que anden vestidos y con las carnes cubiertas, a excepción únicamente de alguna abertura o división angosta y precisa de la camisa en la espalda, que se permite a los que hayan de disciplinarse”.

 

Descendimiento de Cristo

La función del Descendimiento de Cristo de la cruz tenía lugar en la tarde del Viernes Santo en muchas parroquias y conventos, especialmente de franciscanos y clarisas. De aquella teatralización nos queda un elocuente testimonio en las imágenes de Cristos articulados en sus brazos, a la altura de los hombros, para hacer posible su inclusión, como un personaje más, en el complicado ceremonial-litúrgico-teatral de la citada representación. Entre las imágenes conservadas, destacan las de Tudela, Corella, Fitero, Los Arcos, Arguedas, Valtierra, Milagro y Villafranca.

Los orígenes de este acto se remontan a la Edad Media y poseemos constancia documental de su celebración en Cintruénigo, Estella  (hermandad de la Vera Cruz), Lumbier (devotos particulares), Tafalla (hermandad de la Vera Cruz y Descendimiento), Corella (hasta 1806), Los Arcos (hasta 1833), Fitero (hasta hace un siglo), Tudela (hasta 1920) y Cascante (hasta 1930). En Los Arcos y Fitero se ha recuperado en estos últimos años la ceremonia, en la tarde de Viernes Santo.

En Tudela contamos con el testimonio escrito de José Branet, clérigo exiliado francés, que pasó la Semana Santa de 1798 en la capital de la Ribera. Al relatar la ceremonia del Descendimiento de los Franciscanos, escribe: “Se coloca de antemano en el presbiterio de la iglesia un Cristo clavado en una gran cruz y, a corta distancia, la imagen de la Virgen cubierta de un largo velo negro. El predicador, de lo alto del púlpito, anima a los oyentes, con patéticos razonamientos a venir en socorro de esta madre de los dolores. Entonces, cuatro, vestidos con albas suben a la cruz mediante escalas y en seguida, ayudados de martillos, tenazas y lienzos, quitan sucesivamente, a medida que el predicador lo indica en su discurso, la inscripción de la cruz, la corona de espinas, después arrancan los clavos de las manos y los pies y van a presentarlo todo, pieza por pieza, a la Santísima Virgen, que enjuga sus lágrimas con un hermoso pañuelo blanco. En fin, con los lienzos descienden, lentamente y con precaución, el cuerpo de Jesús, cuyos miembros, mediante resortes, pueden tomar la actitud que se quiere. Cuando lo han descendido lo ponen en un féretro adornado de gasa negra, colocado bajo un palio, negro también, que se lleva en procesión y se procede al entierro del cuerpo de Jesucristo al canto lúgubre del Miserere. Esta ceremonia sería muy enternecedora si el predicador supiese sacar partido de ella y sugerir los sentimientos que naturalmente debe inspirar”. En síntesis, nos encontramos con unos actores, hombres e imágenes, que a las órdenes del predicador, van representando el pasaje con todo cuidado y, de acuerdo con un cuidado ritual, previamente establecido. Al final de la relación, Branet pone de relieve las escasas dotes del predicador para sacar mayor provecho de aquella representación de la pasión.

 

Variantes e invariantes en las procesiones

Las procesiones también han experimentado cambios con el paso del tiempo. Así, las de Jueves Santo cedieron su puesto a las del Viernes Santo, pese la popularidad e incluso oficialidad de las primeras. En Tudela la del Jueves partía del convento de la Merced y era la oficial a la que acudían las autoridades y los gremios. En Pamplona la del Viernes fue cobrando notoriedad a lo largo del siglo XVIII.

Pasos como los de la muerte -representado por un esqueleto pintado o esculpido- que abrían los desfiles apenas se han conservado. Al respecto, no podemos sino recordar lo ocurrido en Tudela, cuando se introdujo su presencia. Documentación procesal de 1623, nos recuerda que el escultor Juan de Gurrea se vio envuelto en un macabro pleito que la autoridad eclesiástica interpuso a Francisco de Aras que, deseoso de que en la procesión de la Soledad saliesen “las insignias de la de el entierro de Cristo, como en Sevilla, Zaragoza y otras grandes ciudades, con grande edificación de los fieles...”, se hizo con el cadáver de un francés fallecido en el hospital para ahorrarse los más de treinta ducados que le hubiese costado hacer un esqueleto de madera. El citado Francisco de Aras llamó a “Juan de Gurrea que es el que había de entender en hacer el dicho esqueleto.... lo llevó a que viese el de Zaragoza para que lo hiciese conforme aquél y se tomó deste (del esqueleto del francés) todo lo que fue necesario y lo hizo el dicho Juan de Gurrea con él a sí está hecho el esqueleto”. Todo terminó con una condena a los responsables, ordenando enterrar los despojos del francés y aplicar sufragios por su eterno descanso.

En Pamplona, hay que distinguir un antes y un después en el concepto de desfile y en su desarrollo con la fundación de la Hermandad de la Pasión en 1887. Pasos, organización, espiritualidad, grupos alegóricos y bíblicos y sentido del acto se transformaron a partir de aquella fecha en aras a algo más vivido interiormente y a una catequesis exclusivamente religiosa.

En Tudela, el orden procesional decimonónico era el siguiente: piquete de la Guardia Civil, estandarte de la muerte con la inscripción “Nemini parco” (a nadie perdono), Abraham e Isaac, Moisés y Aarón, las doce tribus de Israel, Entrada triunfante de Jesús en Jerusalén, paso de la Oración del Huerto, estandarte del arrepentimiento de San Pedro, paso de Cristo a la Columna, paso de la Coronación de Espinas, paso de la Cruz a cuestas precedida de pregoneros con tambores y clarines, paso de la Verónica, las Siete palabras portadas por niños, paso de Cristo crucificado, paso de San Juan Evangelista, paso de Santa María Magdalena, paso de la Piedad, las Sibilas representadas por doce niñas con sus inscripciones, el velo del templo junto a niñas vestidas con las “arma Christi”, féretro o cama del Santo Sepulcro, presidencia, capilla de música de la catedral entonando el “Miserere” y paso de la Virgen “en su amarga Soledad”. Este último detalle de dejar sola a la Virgen, tras las autoridades y la Banda de Música se observaba en otras localidades como Cintruénigo.

Las saetillas de antaño dejaron paso al Credo recitado o cantado y a melodías populares y éstas, a su vez, serían sustituidas, en las grandes villas y ciudades, por las marchas procesionales interpretadas por las bandas de música y, más recientemente, por tambores, por influencia aragonesa. Las saetas ya habían sido prohibidas por el ayuntamiento de Pamplona en 1750, atendiendo a “que los muchachos que suelen ir debajo de los pasos cantando saetillas de la Pasión del Señor en las procesiones de Jueves y Viernes Santo, perturban la devoción, silencio y seriedad de ella”.

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