Santiago de Navascués, Doctorando de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra

Recuperar Europa

09/05/19 Publicado en Navarra.com

Si algo ha brillado por su ausencia en los últimos meses de campaña electoral han sido las cruciales elecciones europeas del próximo 26 de mayo. Sin embargo, que el futuro de nuestro país depende tanto del resultado de las elecciones como del Brexit es algo que nadie pondría en duda. La disolución de la Unión Europea en las próximas semanas es un riesgo real, aunque no sería la primera vez que Europa esté desunida.

De hecho, en la inercia del momento presente tal vez se nos escape la perspectiva de lo que la Unión Europea ha supuesto para el mundo. Según las grandes escuelas históricas, la construcción europea puede verse desde dos puntos de vista contrapuestos. Para unos, la unidad europea fue la respuesta a una catástrofe histórica –la Segunda Guerra Mundial– que había puesto de manifiesto la crisis del Estado-nación. Los europeos asumieron la desaparición de su hegemonía mundial y reflexionaron sobre el peligro de las rivalidades nacionalistas y el imperialismo. La consecuencia sería la formación de organismos de colaboración solidaria y supranacional para evitar un tercer “suicidio colectivo europeo”. Para otros, Europa sería el resultado de una nueva forma de organización internacional para conseguir la prosperidad económica, para afianzar la expansión del Estado del bienestar y para asegurar una legitimidad ciudadana del Estado-nación. En definitiva: la diplomacia económica y el cálculo político estarían en la base de la construcción europea. La unidad europea, según estos análisis, pudo ser fruto de dos virtudes bien distintas: la solidaridad, por una parte; el egoísmo por otra.

Se me ocurre que, entre los dos análisis, cabría situar uno intermedio: Europa ha sido fruto de una idea común fundada en aspectos culturales que, por otra parte, avanzaron gracias a políticas concretas en las que cada Estado se benefició de las ayudas del resto. Europa sería un bonito ideal sobre el que basar la acción concertada que beneficiase a los intereses nacionales. En este sentido, la unidad europea que hemos vivido en los últimos cincuenta años ha sido, como diría Samuel Johnson, lo mismo que un perro que andaba a dos patas: “No andaba bien, pero la maravilla es que andaba”. No debemos esperar una unión perfecta, porque nunca lo ha sido. Puede que Europa exista no sólo a pesar de sus errores y vacilaciones, sino también gracias a ellos. Siguiendo una metáfora bíblica, quienes la hicieron posible fueron “astutos como las serpientes e inocentes como las palomas”.

En un mundo global como el nuestro, no debería ser difícil que los ciudadanos europeos sintamos varias identidades a la vez. El apego a nuestras identidades regionales no debería estar reñido con una identificación más global, abierta al mundo, que propone la idea de una unión europea. En este sentido el Brexit, como otras amenazas euroescépticas, representa el miedo atávico a que la patria se diluya en una identidad global, a la desaparición del propio ser. La historia nos enseña que las identidades europeas se han desarrollado al calor de la admirable variedad de culturas que es Europa. En lo bueno y en lo malo, hace tiempo que las naciones dejaron de ser un “yo” para convertirse en un “nosotros”.

La Europa de nuestros días ha defendido la paz, la cooperación internacional y el intercambio cultural, algo impensable hace no tanto tiempo. Como en tantas otras cosas, los europeos nos hemos acostumbrado al milagro. Hoy en día, invocamos el nombre de Europa para librarnos del conjuro nacionalista, del “auge de la extrema derecha” y de las demandas de reforma de la UE. El problema, como escribía Tony Judt, es que “si vemos la Unión Europea como una solución para todo, invocando la palabra ‹‹Europa›› como un mantra, enarbolando el estandarte de ‹‹Europa›› frente a los recalcitrantes herejes ‹‹nacionalistas›› y gritando ‹‹¡Abjurad, abjurad!››, un día nos daremos cuenta de que, lejos de resolver los problemas de nuestro continente, el mito de ‹‹Europa›› se habrá convertido en un impedimento para saber reconocerlos”.

Nosotros también debemos hacer nuestra particular “jornada de reflexión” de cara a las elecciones europeas. El renacer de Europa depende de que sepamos reconocer el milagro y actuemos sabiendo lo que nos une como europeos. En 1945, sobre los escombros humeantes del continente, Salvador de Madariaga escribía que “sólo puede salvarse Europa si Europa nace; y sólo puede nacer Europa si actuamos como si ya viviera”.

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