Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Los trabajos y los días en el arte navarro (5). La imagen del médico

02/06/17 Publicado en Diario de Navarra

Las representaciones de los Santos Cosme y Damián, hermanos de origen árabe que ejercían la medicina gratuitamente para convertir a sus pacientes, nos proporcionan algunas notas sobre la imagen e indumentaria de los médicos y la praxis de su oficio en diferentes momentos desde la Baja Edad Media. Lienzos, relieves, pinturas y algún grabado dan buena cuenta de su protección sobre los médicos y su actividad que fue pasando paulatinamente de manos de los frailes a las de profesionales laicos. En Navarra, las cofradías de San Cosme y San Damián de Pamplona y Tudela, fundadas en 1496 y 1537 respectivamente y, en general todo el estudio del acceso a la profesión de la medicina han sido estudiadas por los profesores Paniagua y Gil-Sotres.

Una vez más la iconografía de los dos santos nos lleva, en numerosos casos, a recrear la imagen y el atuendo de aquellos profesionales en siglos pasados, ya que en muchos casos no visten atemporalmente, sino que lo hacen como los médicos de los tiempos  en que fueron representados. Por lo general, aparecen con atuendo majestuoso, a veces con togas y garnachas, y examinan la orina contenida en un bacín, algo indispensable en aquellos tiempos para el diagnóstico de cualquier enfermedad. También suele aparecer el mortero que cita San Isidoro, como necesario para “preparar tisanas y machacar los pigmentos”. Sobre su vestimenta, hay que recordar que desde la Antigüedad ostentaban indumentaria propia por la que se les identificaba fácilmente, si bien en tiempos de peste se protegían con largas túnicas, sombrero y máscara. La indumentaria de los médicos traducía una manifestación externa de su estatus y “uniformizaba” la profesión.

 

Ejemplos tempranos: entre el gótico y el Renacimiento

Desgraciadamente no conocemos las pinturas góticas de la danza de la muerte del convento de la Merced de Pamplona, desaparecidas en 1521 y realizadas en el periodo tardogótico, en la segunda mitad del siglo XV. Sin embargo en la descripción de los murales del claustro, sabemos que sus personajes se organizaban por estamentos, comenzando por el papa y terminando con los campesinos, comerciantes y otras profesiones, como médicos, boticarios y cirujanos.

En 1495 veía la luz en castellano el libro de J. Ketham titulado Fasciculus medicinae en el establecimiento pamplonés de Arnao Guillén de Brocar, ilustrado con una xilografía de sendos médicos sentados que discuten seguramente el diagnóstico sobre la orina contenida en un tubo de cristal. Ambos están rodeados de libros, en un ambiente humanista propio de la profesión en aquellos momentos, plantas medicinales y distintos albarelos para contener variados específicos. Roberto San Martín estudió la fortuna de aquella composición en diferentes ediciones de libros de medicina de fines del siglo XV y comienzos de la siguiente centuria, haciendo unas agudas disquisiciones sobre los tacos xilográficos.

En Sangüesa, las tablas laterales del retablo de San Sebastián, en la iglesia del Salvador, obra de fines del siglo XV de la órbita de Miguel Jiménez, encontramos a los santos médicos. Ambos aparecen de pie, tocados con el gorro de doctor y con los instrumentos de su profesión: una redoma para la orina, una caja de ungüentos, una lanceta y una espátula para untar las pomadas. Se trata, con toda seguridad, de la primera representación de los santos médicos en el arte navarro.

De los últimos años del siglo XV son las esculturas de los santos médicos de San Miguel de Estella realizadas con estética tardogótica. Posiblemente procedan del retablo mayor del citado templo del que se salvó el titular, obra de maese Terin, al sustituirse por una nueva máquina barroca en el siglo XVIII. Las imágenes son de esbelto canon, van ataviadas con amplios mantos, uno de ellos con puñetas estrechas abotonadas y otro con unas altas botas. Los dos miran a lo alto, uno al recipiente con orina, mientras el otro guarda un estuche con los ungüentos y sostenía una espátula-bisturí, que son visibles en fotos antiguas y tras la restauración ya no se aprecia.

 

En el siglo del Humanismo

Coincidiendo con el siglo XVI y el desarrollo del humanismo, todo lo relacionado con el cuerpo humano, “envoltura o voz del alma”, supuso un desarrollo de la medicina y sus profesionales. Por lo general comenzarán a vestir con largas túnicas forradas y ribeteadas de piel, mientras cubren sus cabezas con bonetes de diferente factura. Sus atributos, como en la etapa tardogótica son la vasija de vidrio transparente para el análisis del color y sedimentos del enfermo, una especie de estuche o botiquín con departamentos para guardas las drogas o medicinas y una espátula para mezclar y aplicar los medicamentos. A veces, también aparecen acompañados de un mortero, lancetas y punzones de hueso para las sangrías.

Al Primer Renacimiento y época del emperador pertenecen las esculturas de Cordovilla, ricamente ataviadas y con grandes gorras de terciopelo, uno con una enorme bacinilla y el otro con el estuche compartimentado para los medicamentos. Un poco posteriores, ya del reinado de Felipe II son los titulares de la parroquia de Iciz, obra atribuida a Pedro de Almándoz. En este último caso visten jubón, medias y amplia capa con mangas anchas del tipo de las de notables ciudadanos.

En el retablo de la Asunción del monasterio de Fitero, de fines del siglo XVI, encontramos una pequeña tabla que representa a un médico y quizás se pueda identificar a uno de los dos santos. Viste un manto y manteo negros y bonete del mismo color, sin que los vistosos colores del siglo siguiente se dejen aún notar, y se dispone a realizar una uroscopia, dado que su mano derecha sostiene un frasco vítreo globular de cuello amplio con orina, al que mira atentamente para comprobar su sedimentación según la teoría galénica de los elementos.

 

La tabla del Museo de Navarra con el milagro

En el Museo de Navarra se puede contemplar una tabla del milagro del transplante de la pierna al sacristán, obra atribuida a Correa de Vivar de mediados del siglo XVI. El texto inspirador del tema representado fue, sin duda, la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine. Según esta fuente literaria, un sacristán del templo de San Félix, donde se custodiaban reliquias de los santos médicos, sufrió un tumor que le produjo una necrosis completa de una de sus piernas. En una noche contempló a San Cosme y San Damián acompañados de medicamentos y utensilios litúrgicos para operarle, mientras uno preguntaba al otro: ¿Dónde podríamos encontrar carne pata para colocarla el lugar que va a quedar vacío al quitarle la podrida que rodea los huesos de este hombre?, a lo que respondió el otro recordando el fallecimiento y entierro en el cementerio de San Pedro ad vincula y la posibilidad de amputar una pierna al difunto etíope. Los médicos amputaron la pierna enferma al sacristán y procedieron a su sustitución por la del muerto mediante un ungüento. El milagro tras este primer trasplante de la historia legendaria hizo que el sacristán saltase de alegría y contase el milagro a cuantos se le acercaban. El tema fue tratado por distintos autores como Isidro Villoldo en 1547 en un relieve del Museo Nacional de Escultura de Valladolid y el maestro de los Balbases en una tabla de fines del siglo XV en la iglesia de San Cosme y San Damián de Burgos.

En la tabla llama la atención la descripción del suceso y sus pormenores, así como algunos detalles de indumentaria de los galenos, pues portan una especie de cofia y un casquete que desde la Edad Media llevaban sus colegas en Italia, ambas piezas pueden ser reminiscencias de la especie de cogulla que llevaban los profesionales de la medicina hasta el siglo XV.

 

En las artes del siglo XVII: pinturas

Al siglo XVII pertenecen los lienzos de los santos Cosme y Damián de Cascante, Corella, Tudela y Sangüesa. Los dos primeros guardan algunas semejanzas, sobre todo en el atuendo de los santos, y parecen inspirarse en alguna estampa libresca. En ambos casos llaman la atención las largas vestiduras talares con forros de piel y armiño, piezas que les diferenciaban, como a los letrados, de artesanos y campesinos que llevaban una indumentaria más corta. En el caso de Cascante llaman la atención las sortijas que llevan ambos y que eran usuales en los galenos, así como el guante que porta San Cosme. Sobre los guantes hay que recordar que en muchas facultades se exigían y se daban en actos de promoción, siendo de gran importancia para los médicos. En otros ejemplos navarros, como en el retablo de Oronz, también aparece la manopla.

El de Tudela presenta a los dos santos con un nexo de unión en la figura de una ángel. Ambos visten túnica y rico manto y portan libros de su especialidad y albarelos para las mezclas de medicamentos. El ángel tiene como soporte una peana con una inscripción en letras capitales muy difícil de leer por la suciedad acumulada y los óxidos de barniz. El canon de las figuras es alargado y el color de la túnica del ángel irisado y rosáceo, con resabios manieristas. Todo ellos nos conduce a una pintura de la tercera década del siglo XVII, realizada posiblemente por Pedro de Fuentes, yerno de Juan de Lumbier o Silvestre Carcavilla que trabajó para el ayuntamiento tudelano en segundo cuarto de aquella centuria. El retablo al que perteneció el lienzo estuvo en el desparecido convento de la Merced y posteriormente se conservó en el Hospital de Tudela y la documentación aporta algunos datos que se pueden relacionar con la obra. Así, sabemos que en 1624 se redactaron y aprobaron las constituciones o reglamento de la cofradía de los médicos tudelanos.

Otra pintura de los santos se conserva en la parroquia de Santiago de Sangüesa, también perteneciente al siglo XVII y a diferencia de los anteriores, visten más cercanos a la moda de la España del Cuarto de los Felipes, al menos ostentan la golilla, según la pragmática sobre vestidos de 1623, que impuso aquella pieza para sustituir a la lechuguilla, consistente en un soporte de cartón almidonado, a modo de un platillo lo que hacía parecer decapitados a quienes las portaban. Desde 1624 se generalizó su uso y fue obligatoria para presentarse ante el rey.

De comienzos del siglo XVII son las esculturas titulares de la parroquia de Astrain y Oronz y de la segunda mitad de siglo las de Galdeano y Azagra. Las esculturas barrocas de las Clarisas de Olite, lucen con ostentación el ropaje universitario con largas túnicas y birretes doctorales.

 

Retrato de un médico en un exvoto dieciochesco: Arróniz

El santuario de la Virgen de Mendía de Arróniz conserva un exvoto que curiosamente representa al médico de la localidad curado por intercesión de la titular del templo mariano mencionado. Un texto largo da cuenta del prodigio del siguiente modo: “D. Agustin de Zeao / rrote, Medico de Arroniz / moribundo y desauciadº / d Volvulo, o, miserere / con repetidos Vomitos d / excrementos Fecales, / Imploro el auxilio d / la Madre d Dios de / Mendia, y estando / celebrandose en su  / basílica misas por su salud se hallo sano y / bueno, sucedió en / seis de Dicieme / de 1749”. En este caso la vestimenta se adecua a las modas dieciochescas con una larga casaca, pañuelo al cuello y tricornio propio de la época con una borla blanca en el centro. Ningún atributo propio del ejercicio de la medicina se pinta en el lienzo, por otra parte muy retocado.

 

Una estampa de San Francisco Javier como taumaturgo, con los médicos asombrados

La hagiografía de San Francisco Javier y la propia bula de su canonización en 1622 nos sitúan ante un taumaturgo sin comparación,  capaz de hacer milagros tanto a nivel particular y personal, como social, en prodigios que afectan a toda una colectividad. Por tal motivo, no será raro encontrarlo en algunas estampas orladas de los útiles de un médico, o con enfermos rodeados de bastones, muletas y otros utensilios para salvar sus minusvalías. Un grabado de los hermanos Klauber, activos en pleno siglo XVIII en Ausburgo, nos lo presenta como el gran sanador, junto a los útiles de galenos y farmacéuticos (tijeras, bisturís, pomos, balanzas, libros de recetas, mezcladores …etc.) mientras en la parte inferior se narra la curación milagrosa de María Zambrano en la Ciudad Eterna en 1677. En la zona inferior izquierda dos médicos salen con sus medicamentos, del mismo modo que la muerte huye por el lado contrario de la habitación de la enferma.

 

Algunos retratos de Ciga

Los médicos en el siglo XIX ya no se diferenciarán en la calle de los habitantes de clase alta de las ciudades y acabarán vistiendo como estos últimos. Numerosos retratos lo atestiguan. Los cuatro elementos que han venido identificando al médico han sido: la bata blanca, el fonendoscopio, el espejo de cabeza y el maletín negro.

La bata blanca, generalizada hace poco mas de un siglo y el instrumental más científico, como el microscopio, se harán presentes en los retratos de los médicos Balda y Gortari de Javier Ciga, obras pintadas en 1914 y 1926, respectivamente. La ambientación en la consulta o el laboratorio de estos retratos será algo también muy generalizado en los retratos de los médicos de aquellos momentos.

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