Alfonso Sánchez-Tabernero, Rector de la Universidad de Navarra

Lo que no hacen las mejores universidades

En el panorama español se entremezclan los avances y las oportunidades desaprovechadas.

01/01/15 Publicado en El País

El futuro de cualquier país depende, en buena medida, de la calidad de su sistema universitario. Las mejores universidades forman ciudadanos cultos, creativos y solidarios; generan ciencia y fomentan la innovación y el emprendimiento; y proporcionan a la sociedad una oferta variada de servicios culturales, educativos y sanitarios. Resulta lógico, por tanto, que con cierta frecuencia EL PAÍS decida tomar el pulso a la universidad española, como ha hecho con una serie de reportajes, que a su vez han ocasionado un interesante debate.

Quienes critican más nuestro sistema universitario disponen de un buen arsenal de argumentos y datos para justificar sus posiciones: ven el vaso "medio vacío", y citan de modo recurrente los porcentajes de endogamia, la falta de motivación de buena parte de los profesores, la deficiente atención a los alumnos, la escasa innovación pedagógica, la ineficiencia en el uso de los recursos y la ausencia de universidades españolas en los primeros lugares de algunos ranking.

En cambio, los rectores solemos asegurar que estamos avanzando y que si dispusiéramos de más fondos lo haríamos más deprisa. Por supuesto, también podemos bucear en busca de cifras y hechos para defendernos. Yo aporto tres que me parecen particularmente significativos: el promedio de citas de las publicaciones científicas españolas se ha triplicado en los últimos 30 años y se sitúa por encima de la media mundial y de la de los países de la OCDE; la tasa de desempleo de los jóvenes españoles que han estudiado en la universidad sólo llega a la mitad del porcentaje correspondiente de quienes no han cursado estudios universitarios; y en algunos rankingya se ubican universidades españolas entre los primeros 50 puestos de las casi 20.000 instituciones universitarias de todo el mundo: por ejemplo, en el de las universidades con menos de 50 años, en el de empleabilidad, o en el de escuelas de negocios de universidades.

Quizá lo razonable sea reconocer que en nuestro panorama universitario se entremezclan los avances y las oportunidades desaprovechadas.

Sabemos qué hacen las mejores universidades: son excelentes en docencia, en investigación y en transferencia a la sociedad. Sin embargo, no es tan fácil descubrir cómo logran esos objetivos. Desde hace tiempo he rastreado el camino para alcanzar la excelencia universitaria. He tenido la suerte de trabajar en universidades públicas y privadas de España y de otros países; y durante años fui vicerrector de Relaciones Internacionales de mi actual universidad, lo que me permitió visitar bastantes de los campus que aparecen en los primeros 20 puestos de las listas de las mejores universidades. Siempre que he acudido a esos centros académicos me he preguntado cómo consiguen ser tan buenos. La respuesta no es sencilla: unas universidades son públicas (Berkeley) y otras privadas (Columbia); unas destacan más por su grado (Princeton) y otras por su posgrado (Caltech); unas son omnicomprensivas (Oxford) y otras especializadas (MIT); unas son grandes (UCLA) y otras pequeñas (Yale)... Es decir, cada universidad sigue su propio camino, de acuerdo con su misión, su historia y sus recursos. Expresado de otro modo, no es posible indicar qué hay que hacer para llegar a ser una buena universidad.

Sin embargo, en mi opinión, las universidades citadas coinciden en lo que hay que evitar:

1. Las mejores universidades no tienen ánimo de lucro.
Las universidades que pretenden obtener rentabilidad económica asumen una notable desventaja competitiva frente a las que carecen de fines lucrativos. Las mejores universidades invierten todos sus recursos en investigación, en la contratación de profesores de prestigio, en mejorar sus instalaciones, en programas de becas para atraer alumnos con talento; si una parte de ese dinero lo destinasen a retribuir a los accionistas, perderían parte de su calidad. Una universidad puede ser un buen negocio, pero entonces no será uno de los mejores centros académicos de su entorno.

2. Las mejores universidades no toleran entornos desmotivadores para sus profesores.
Siempre me ha parecido que la universidad es el mejor sitio del mundo para trabajar: pocos lugares aúnan un grado tan alto de libertad y un ambiente intelectual tan estimulante. Pero -incluso en la universidad- sólo sacamos lo mejor de nosotros mismos cuando percibimos que nuestra tarea se incentiva. Y no hay universidad peor que la que está dominada por un alto porcentaje de profesores desmotivados. La motivación de los profesores no discurrirá necesariamente por la vía de la compensación económica, pero debe ser percibida de forma patente: programas de apoyo a la investigación o a la internacionalización, un entorno que permita desarrollar proyectos ambiciosos, una cultura de colaboración. Los incentivos basados en el mérito atraen a los mejores profesionales, que saben que su dedicación y logros serán recompensados.

3. Las mejores universidades no tienen gobierno asambleario y con escasa eficiencia.
Las universidades excelentes -públicas y privadas- tienen un gobierno estable y operativo, capaz de establecer prioridades, de poner en marcha con agilidad nuevas ofertas educativas y de retribuir a sus empleados de modo eficiente. No tienen gobierno asambleario y sus decisiones no están orientadas a la captación de votos. La democracia puede constituir el mejor modo de gobierno para los estados, pero no necesariamente para las organizaciones. Imaginemos qué sucedería si un hospital o un periódico eligiesen a sus directivos por voto ponderado de sus empleados: probablemente saldrían elegidos quienes prometiesen mejores condiciones laborales a corto plazo y no aquellos con más capacidad o con mejores proyectos.

4. Las mejores universidades no tienen alta dependencia de una misma fuente de ingresos.
Las organizaciones progresan si cuentan con estrategias claras, que determinan prioridades y permiten elaborar propuestas valiosas de largo alcance. Pero la planificación resulta imposible con una fuente de ingresos dominante. En muchas universidades españolas, por ejemplo, los fondos públicos son superiores al 80% de los recursos. Las mejores universidades cuentan con fuentes de ingresos diversificadas, como subvenciones, recursos de investigación, tasas académicas, cuotas de sus antiguos alumnos, donaciones y gestión de su patrimonio. Y saben que conseguirán más fondos si sus programas docentes son atractivos; si su investigación es competitiva; si sus graduados están agradecidos; y si ahorran y constituyen unendowment que les ayude a proteger su futuro.

La universidad española ha progresado de modo relevante. La sociedad ha hecho un gran esfuerzo, que ha permitido mejorar las instalaciones, potenciar la investigación, contratar a más profesores, y universalizar el acceso a las aulas universitarias. Pero también hemos desaprovechado algunas oportunidades y no siempre hemos sido modélicos en el uso de los recursos. Los cuatro frenos señalados han dificultado que avancemos más deprisa. No será fácil eliminarlos: habrá que vencer intereses creados e inercias del pasado. Pero las universidades que lo logren estarán en condiciones de alcanzar una calidad incontestable y prestarán un gran servicio a la sociedad.

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