Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (19). Entre lo insólito y lo legendario: visiones y maravillosismo

01/11/19 Publicado en Diario de Navarra

Los siglos pasados, particularmente el XVII, fueron muy dados a la difusión de prodigios y hechos sobrenaturales que habrían tenido lugar, en muchos casos, tras las celosías de las clausuras, en el contexto de una sociedad ansiosa de fenómenos extraordinarios, en la que se vivía un clima de gran excitación religiosa.  Gran parte de aquellos sucesos portentosos se relacionaban con religiosas, en torno a sus éxtasis, raptos, arrobos, revelaciones o persecuciones demoníacas, que se tenían como evidencias de lo que entonces se entendía como signos de ejemplaridad y perfección. Eran momentos en que la santidad parecía medirse por el número de intervenciones celestiales en las vidas de los bienaventurados. Las celebraciones de Todos los Santos y de las Ánimas del Purgatorio eran la ocasión, hasta tiempos recientes, para rememorar algunas de aquellas leyendas y acontecimientos sorprendentes, mediante relatos orales y diversas lecturas, sin que faltasen bromas pesadas.

 

Las visiones de una monja en Pamplona en el siglo XVII

Si hay que destacar a una monja visionaria en el panorama del Antiguo Régimen en las clausuras navarras, ésa es, sin duda, sor Francisca del Santísimo Sacramento (1561 - 1629), por las revelaciones privadas de numerosas almas del purgatorio, de las que fue protagonista. Sor Francisca tomó el hábito en el Carmelo de Soria y profesó en el de Pamplona en 1584, al poco de fundarse, falleciendo con fama de santidad en 1629, en su convento ubicado en la Plaza del Castillo. Las fuentes documentales afirman que era de carácter impulsivo y áspero y tenía el rostro poco agraciado. Su biógrafo añade que era muy trabajadora, poseyendo gran destreza para hilar, aplicándose con gran diligencia a esa tarea, por lo que tenía el sobrenombre de “el vestuario de la casa”

Por mandato del general de su orden, fray Juan del Espíritu Santo, escribió todas aquellas experiencias sobrenaturales, que fueron editadas parcialmente en pleno siglo XVII. Una copia de los cuadernos con sus escritos se la entregaron al obispo don Juan de Palafox los carmelitas descalzos de Soria, sin saber que el aragonés Miguel Bautista Lanuza, caballero de Santiago y protonotario de Aragón, tenía otra copia y se disponía a darla a la imprenta.

El citado Lanuza editó aquellos apuntes con el título de Vida de la sierva de Dios Francisca del Santísimo Sacramento (Zaragoza, 1659). El general de los carmelitas descalzos, fray Diego de la Presentación, sintió mucho que se publicase, exclamando “Dios se lo perdone al protonotario”. La otra edición seiscentista la llevó a cabo el mencionado Juan de Palafox, otrora visitador y virrey de Nueva España y entonces obispo de Osma. La edición palafoxiana salió con título de Luz de vivos y escarmiento en los muertos (1661) y se encuadra en sus obras escritas con fin didáctico, moralizador, ejemplarizante y catequético. Tan famoso se hizo aquel libro que se editó en varias ocasiones dentro y fuera de España. Al proceso de elaboración de la obra y su transmisión ha dedicado otro estudio Isabel Ostolaza. Sin embargo, aún falta un trabajo, a partir de los manuscritos originales de sor Francisca del Santísimo Sacramento, que dieron lugar a las ediciones de Palafox y Lanuza.

El profesor Álvarez Santaló señala la versión de Palafox de la obra de sor Francisca, como una de las de mayor difusión de los siglos del Barroco, fundamentándose en su reiterada presencia en los inventarios de bibliotecas. Además, señala tres grandes peculiaridades que hacen al libro de Palafox superior a otros del género de estados. En primer lugar, por la captación que hace del lector a través de la utilización de los textos de la carmelita que contienen apariciones y que le sirven al obispo para dar propuestas morales, de forma indirecta, lejos de una redacción intelectualizada puramente doctrinal. En segundo lugar, anota la eficacia de los mensajes percibidos, no como consecuencia de una ciencia teológica, sino como realidad viva de los protagonistas, con descripciones familiares y de la vida cotidiana. Por último, en tercer lugar, hace notar que no solo es una narración entretenida, sino fascinante, con unas descripciones breves pero profundas y los comentarios del obispo que conforman “otro libro dentro del libro”

 

De amplio espectro social: de la nobleza a los artesanos

Los centenares de brevísimas notas con las apariciones sorprenden por la cantidad y sus protagonistas, de todo tipo de procedencia social. De algún modo, vienen a convertirse en una especie de crónica de la sociedad navarra y pamplonesa del momento. En aquellas revelaciones privadas evocaba la monja carmelita todo lo relativo a la iglesia purgante, que con la militante y la triunfante conforman una unidad.

Por su celda y los pasillos del viejo convento pamplonés desfilan hombres y mujeres de oficios diversos, eclesiásticos, militares y personas de gobierno de la capital navarra y de otras ciudades del Reino, anotándose detalles de vestimenta, apariencia y otras circunstancias de los protagonistas de las visiones. Así afirma: “Denotaban todas en las insignias las dignidades que tuvieron, como tiaras, mitras, coronas, cetros y las demás que suelen señalar los grados personales o hereditarios. Otras venían con instrumentos y penalidades que manifestaban sus culpas. Los que dejaron las religiones con hábitos arrastrando y como tropezando con ellos. Los jugadores con barajas encendidas. Los oficiales con herramientas ardientes de su ministerio, a que faltaron. Los maledicentes, pisándose las lenguas. Los libres en la vida, como salvajes. Los que fueron livianos, metidos en llamas hasta los pechos. Las mujeres profanamente amigas de galas, abrasadas en trapos de fuego. Y las que usaron los afeites, llenos los rostros de sucia y ardiente ceniza”. Respecto a la apariencia señala “la fealdad con que le aparecían algunas …. la parte más horrible a la vista eran los ojos, hundidos, huecos y ardiendo”

En los capítulos del libro se relatan tormentos a sendos virreyes de Navarra, el protomédico pamplonés que no había visitado como debiera a los enfermos, un mesonero de la ciudad que alquilaba mulas a precios desmesurados, un herrero perezoso y jugador que se apareció con la baraja ardiendo, una señora de alta alcurnia vestida con harapos y otra aficionada a los maquillajes con el rostro totalmente desfigurado, una cerera que adulteraba con resina la cera blanca y diferentes religiosos, cada uno con penas acordes a sus pecados y faltas.

No deja de ser significativo el hecho de las apariciones de los tres hermanos de una de las religiosas más destacadas del convento por aquellas fechas, la madre Leonor de la Misericordia (Ayanz y Beaumont). Además de rogar a Francisca que diese las gracias a Leonor por los sufragios para sacarlos del purgatorio, se anotan las razones de por qué estaban allí. En el caso de Jerónimo, por las “muchas ocupaciones que traía en el mundo y por el casamiento que hice importunando al Sumo Pontífice”. Don Francés confesaba que padecía “por doña Isabel y el hijo es mío”, en alusión a unos amoríos. Por su parte, don Carlos reconocía que estaba allí por el “ánimo de venganza y por el caso de doña Isabel, que yo fue harta parte para que no se casase mi hermano”.

Entre las apariciones citaremos la de un agustino conventual de Pamplona “de mucha virtud y suposición” que murió, tras haber disfrutado de una elevada renta de 200 ducados, de por vida, que empleaba en “relicarios, pinturas y cosas curiosas para adornar su celda … pero cebóse tanto en esto que gastaba mucho tiempo y le halló la muerte en casa de un seglar en busca de dos cofres que le llevaban de Castilla llenos de estas curiosidades. Aparecióse luego a la Madre Francisca, puesto en grandes penas, rodeado de todos aquellos relicarios, pirámides, pinturas, flores y curiosidades, hechas fuego, en que tan desordenadamente ocupó el corazón a título de que resultaría en utilidad de su casa; y entonces eran las que más le atormentaban. Pidióla que le encomendase a Dios porque estaba con grande necesidad y trabajo, y desapareció diciendo lo que todos: Cuán engañados vivimos y cuán caro se paga …”. También menciona al polifonista y maestro de capilla de la catedral de Pamplona, Miguel Navarro, el 19 de septiembre de 1627, cuando hacía más de ocho meses del óbito del músico. Así se nos narra aquella visión: “A 19 se le apareció el alma de el Maestro Navarro (que lo fue de la Capilla de Cantores de la Santa Iglesia de Pamplona) solo, y muy resplandeciente, y lleno de Gloria, en premio de los trabajos que padeció acá. Díjola: Cuan engañados vivimos aborreciendo la mortificación y la penitencia que tanto nos importa ejercitar; porque hay mucho que gozar en el cielo, y que somos flojos en disponernos para ganar desde aquí tantos bienes”. Como es sabido, Navarro, además de maestro de capilla entre 1616 y 1627, fue prior de los ermitaños del obispado de Pamplona y encargado de examinar a los aspirantes a la vida eremítica. 

 

Los garbanzos de los Carmelitas Descalzos, en 1631

En pleno siglo XVII residió en Pamplona el hermano Juan de Jesús San Joaquín (1590-1669), natural de Añorbe y lego carmelita, famoso por sus prodigios en vida y por los numerosos relatos contenidos en su biografía, editada en 1684. Desde entonces, hasta hace un siglo, el texto seiscentista se ha reeditado en varias ocasiones. Llamado por pueblos para conjurar epidemias, por el rey, cortesanos, nobles y virreyes, fue protagonista del hallazgo de la Virgen de las Maravillas en 1656, así como de la difusión del culto de otros santos, especialmente San Joaquín, al que encomendó la descendencia de matrimonios que tenían dificultades para tener hijos.

En las sucesivas ediciones de su vida, se narra un pasaje, ciertamente desconcertante, con las Ánimas del Purgatorio, en el que se mezclan, como en otros tantos sucesos de su vida, lo legendario con lo pasmoso. El evento se sitúa, en 1631, un año calamitoso, cuando su comunidad andaba desprovista de lo necesario para comer y sólo quedaban unos garbanzos, pequeños y malos, del año anterior que “en poniéndolos a cocer, tomaban el color del acero y quedaban duros como perdigones”. Tras numerosos intentos en el guiso de los mismos, se acudió al hermano, que recurrió a un pacto con las ánimas del purgatorio, conviniendo en que ellas cuidarían de los garbanzos, mientras él oía todas las misas del convento para ganar las correspondientes indulgencias. Tras haberlas escuchado, volvía a la cocina “encontrando los garbanzos tan blancos y tan bien cocidos como los mejores de Fuensauco”. Tras la comida, el superior le preguntó sobre el asunto, a lo que contestó el hermano, sin más explicaciones: “Ya dimos con ello, padre nuestro, ya tiene vuestra Reverencia garbanzos hasta que vengan los nuevos: ya no hay que temer”. Sin embargo, entre los frailes se advirtió que el hermano desatendía la cocina durante las mañanas, por lo que el superior le ordenó no abandonar la vigilancia de las ollas, a lo que el lego obedeció. Aquel día los garbanzos volvieron a salir como perdigones y reconvenido el hermano hubo de confesar su pacto con las ánimas con estas palabras: “Si vuestra Reverencia, padre nuestro, quiere buenos garbanzos, déjeme oír las misas, y las ánimas cuidarán de ellos; si no, no tendrá remedio”, a lo que el prior respondió con una bendición, diciéndole: “Oiga cuantas misas quisiere y denos los garbanzos buenos”

 

El conde de Lodosa, redivivo para confesarse en Ágreda

En el ámbito hispano del siglo XVII, sor María Jesús de Ágreda (1604-1665) fue conocida por sus bilocaciones, la correspondencia con Felipe IV y los contenidos de su obra más importante, la Mística Ciudad de Dios. Su primera biografía, escrita al poco tiempo de su fallecimiento, por el franciscano José Ximénez de Samaniego, está en consonancia con la época, repleta de hechos paranormales y notas de maravillosismo. 

Referiremos aquí un suceso de la confesión sacramental de un difunto, autentificado en uno de sus procesos para la beatificación de sor María de Ágreda por varios testigos, aunque sólo algunos identifican al protagonista con el conde de Lodosa, sin mencionar año, ni tan siquiera el nombre del aristócrata que, por cierto, figuró entre los benefactores de la fundación agredana, en 1632.

Un resumen de lo acaecido nos habla del depósito de un arca en la iglesia del convento para hacer noche en Ágreda, sin que nadie supiese de su contenido. Sor María, estando en oración, en su tribuna, escuchó unos gemidos tristes y profundos que la dejaron espantada, siéndole revelado que provenían de un alma que murió impenitente, cuyo cuerpo estaba en la iglesia de su convento. Inmediatamente mandó llamar a su hermano el padre fray Francisco Coronel, “docto y virtuoso” pero también “pusilánime y cobarde de ánimo”. El fraile, noticioso de lo que ocurría por sor María a través del torno y sacando fuerzas de su flaqueza, se acercó al arca, de la que se levantó el difunto que hizo confesión tras humillarse ante el Santísimo Sacramento. Tras recibir la absolución, aquel cuerpo volvió a su caja, no sin mirar antes hacia la tribuna de la Venerable Madre Ágreda, desde donde la monja había contemplado numerosas visiones de almas del purgatorio, entre ellas la salida de aquel lugar de las de la reina Isabel de Borbón y del príncipe Baltasar Carlos. El padre Coronel prohibió a su hermana hablar del asunto con nadie, si bien él mismo lo refirió, años más tarde, al padre Pedro de Arriola que lo desveló al obispo de Pamplona y en la declaración del proceso apostólico de sor María de Ágreda. El citado padre Arriola fue un mercedario natural de Sangüesa, conventual de San Lázaro de la capital aragonesa, calificador del Santo Oficio, lector de Filosofía y predicador de varias ciudades como Zaragoza, Pamplona y Barcelona.

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