Yolanda Cagigas Ocejo, directora del Archivo General de la Universidad

Con las botas puestas

24/12/20 Publicado en El Confidencial Digital

El día 21 de diciembre falleció a los 101 años Francisco Ponz, catedrático de Fisiología Animal por la Universidad de Barcelona y tercer rector de la Universidad de Navarra (1966-1979). Cuando comencé mi tarea profesional en la Universidad, hacía tiempo que don Francisco –como le llamábamos con afectuoso respeto- estaba jubilado. Sin embargo, en los últimos años, he tenido la fortuna de coincidir con él en diversos proyectos.

Durante años estuvo trabajando en la redacción de cientos de páginas, con ellas –según sus palabras- había “intentado recopilar y resumir datos y situaciones de la Universidad” durante sus 30 primeros años. Su intención al escribirlo no era publicarlo, sino ponerlo a disposición del Rector, por si servía a la Universidad. Para ello, estuvo acudiendo al Archivo a consultar miles de documentos. Su trabajo intenso y sistemático no pasó desapercibido para todos los que le veíamos; aunque su capacidad -a su edad, más de 90 años- podía resultar un poco acomplejante, su ejemplo ha perdurado en todos.

No quiso escribir unas memorias, nada más lejos, el protagonista de sus páginas no era él. Por mi trabajo, en ocasiones he tenido relación con algunas personalidades de la vida pública española que han escrito sus memorias; muchas veces, al leer las páginas escritas por el profesor Ponz, he pensado: “otro, hubiera escrito sus memorias”.

En los últimos meses he podido estar en su último proyecto, que será una publicación póstuma sobre los principios fundacionales de la Universidad de Navarra. En una reunión en la que estábamos los dos, junto a un vicerrector, hice dos sugerencias menores. Hace unas semanas me sorprendió enviándome un nuevo escrito. Me impactó enormemente su sencillez para aceptar de semejante manera unas ideas ajenas, así como su actitud de mejora constante del texto. Aunque al conocer su fallecimiento, sentí que él no hubiera llegado a verlo publicado, inmediatamente después pensé que le hubiera dado igual, que –una vez más- él sólo lo había escrito por si servía a la Universidad. 

Yo veía a don Francisco como el depositario del espíritu que el fundador de la Universidad soñaba que ésta tuviera; depositario, por haberlo recibido personalmente de san Josemaría y por haberlo intentado vivir con todas sus capacidades. Pero él, con humildad, comenzaba su escrito aclarando que esas páginas sólo reflejaban lo que a él le pareció entender al fundador.

Al enterarme de que había fallecido repentinamente en el edificio Central de la Universidad, pensé: “se ha muerto con las botas puestas”. Con la certeza de que ya está disfrutando de Dios, a quien amó toda su vida, me salió un “gracias don Francisco”, por haberse dedicado hasta el final a servir a la Universidad, y por haberlo hecho con un estilo tan amable, discreto y sencillo.

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