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Jornada interdisciplinar sobre la familia

Líneas de reflexión

Desde los años 80 del siglo XX hemos asistido a la revalorización de la familia como tema de estudio; dicha revalorización se corresponde con la importancia que desde entonces ha adquirido la familia en las representaciones culturales  y la definición de políticas sociales.

En sí mismo, este incremento de investigaciones y acciones públicas sobre la familia es significativo de que la institución, tal y como la hemos conocido hasta mediados de siglo XX, ha entrado en crisis, pero también de que dicha crisis no nos deja indiferentes. Muy al contrario: en los últimos años se han multiplicado las producciones culturales que, por un lado, idealizan la vida familiar, y, por otro, registran con sumo realismo los problemas a los que se enfrentan las familias contemporáneas.

La naturaleza de esos problemas varía, dependiendo de una multiplicidad de factores culturales y sociales, que no cabe simplificar: expectativas más o menos compartidas sobre la naturaleza de las relaciones conyugales y familiares, modo de enfocar la relación familia-trabajo por ambos cónyuges, modo de enfocar la educación de los hijos, el cuidado de los mayores y dependientes, poder adquisitivo de los padres, expectativas de consumo, lugar de residencia, soluciones habitacionales, entorno urbano, etc. (cf. documento "Families: a summary of the situation today")

Ahora bien: más allá de la evidente variedad de circunstancias que, para bien o para mal, pueden influir en el desarrollo de la vida familiar a nivel micro, cabe identificar transformaciones sociales y culturales de gran escala, cuya correcta ponderación permite comprender las transformaciones a las que se ha visto sometida la familia, así como las incertidumbres culturales respecto a su apropiada definición.  Entre ellas cabe destacar el proceso de individualización subrayado por los teóricos de la modernidad tardía, así como su vinculación a ideales culturales de libertad, autenticidad y reconocimiento; las transformaciones del mercado laboral  y su impacto sobre la vida familiar, que, a lo largo de las últimas décadas, políticas sociales de signo diverso han tratado de nivelar con éxito desigual, y con una incertidumbre creciente respecto a la naturaleza de lo que deben proteger o promover. En este contexto se enmarca la Research agenda on the Family for the European Union (Documento elaborado por proyecto Family Platform, VII Programa Marco)..

En efecto:  aunque puede argumentarse que el proceso de globalización, por su afinidad con la cultura occidental, tiende a favorecer la adopción generalizada del modelo de familia nuclear monógamo y de dos generaciones –de suyo más compatible con la economía liberal y capitalista– de hecho, las mismas sociedades occidentales están siendo testigos de la proliferación de estructuras familiares más complejas  (familias conformadas por una pareja y los hijos de anteriores matrimonios, un nuevo protagonismo de los abuelos…), que están dando lugar a nuevas formas de familia extendida, diversas de las descritas desde hace siglos por la antropología cultural. Esta realidad plantea problemas sociales y educativos específicos, que es preciso afrontar.

Por otra parte, si adoptamos un punto de vista histórico, cabe reconocer una progresiva "esencialización" de aquel modelo de la familia nuclear heredada del siglo XIX, que vuelve difícil explicar en términos simplemente funcionales, la aportación específica de la familia a la vida social. De hecho, cabe argumentar que a lo largo de la edad moderna la unidad familiar ha ido perdiendo una por una las funciones sociales que detenta todavía en sociedades pre-modernas: ha perdido protagonismo económico en beneficio del individuo, prácticamente hasta quedar reducido a la esfera del consumo; ha perdido protagonismo social en el ámbito de la educación, que tiende a "externalizarse" progresivamente en instituciones educativas especializadas al servicio de los fines del estado; y, si bien hasta finales del siglo XIX todavía le correspondía como función indiscutible la generación de nuevos seres humanos, después de Malthus y en virtud de la revolución biotecnológica del XX se ha hecho posible también desvincular sexualidad y generación. En estas condiciones, no parece posible defender la importancia social de la familia simplemente con argumentos  funcionales. A la vez, el proceso descrito coexiste en el tiempo con una valoración puramente emotivista de la unidad familiar, que lleva a comprenderla simplemente como cualquier tipo de agrupación más o menos estable, que garantice el afecto recíproco. Sin embargo, esta visión de la familia, característicamente individualista, parece igualmente insuficiente para garantizar el aprendizaje de la solidaridad entre géneros y generaciones del que depende la cohesión interna del tejido social. 

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