Una graduada en el corazón de África

"Cuando, tras ocho horas de vuelo, aterricé en Kinshasa, no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. Tres semanas más tarde, aquel lugar tan diferente y exótico había conseguido robarme el corazón", así inicia su crónica esta graduada de ISSA que el pasado mes de julio se fue de voluntaria al Centro Hospitalier Monkole, en el Congo, para trabajar y formar al personal de administración y servicios.

Monkole (http://www.monkole.org/) es un centro promovido por la entidad sin ánimo de lucro Centro Congolés para la Cultura, la Formación y el Desarrollo (CECFOR) y está situado en la Mancomunidad de Mont-Ngafula, una zona semi-urbana al suroeste de Kinshasa con una población sin apenas ingresos, estimada en 220.000 habitantes. Aunque es un hospital general se ha especializado en las áreas donde hay una mayor necesidad y puede prestar un mejor servicio: maternidad, pediatría y enfermedades infecciosas.

Teresa Carlona en el centro con otras dos voluntarias y varios niñosTeresa Carlota Nuñez (ISSA'09),  que trabaja en la Secretaría de Farmacia de la Universidad de Navarra,  dejó pasar hace un tiempo dejó pasar una oferta de trabajo en Monkole, pero se le quedó la espina clavada. "Así que decidí ofrecerme como voluntaria este verano. Retomé el contacto y me aceptaron enseguida", explica. Allí compartió alojamiento con otras dos estudiantes de enfermería de prácticas. "Nos levantábamos cada mañana a las 6:45 ya con el sonido incesante de las calles, los coches, las bocinas, los cantos y voces en el mercado… y a las 8:30 entrábamos a trabajar hasta  las 17:30  en que volvíamos a casa en coche, por seguridad".

"Candelas, a quién conocí cuando surgió la oferta de trabajo, me sugirió estar en la recepción del hospital para mejorar la atención al paciente. Realicé tareas de archivo, registro de pacientes, de medicamentos y enseñe al personal a mejorar la atención telefónica y el trato con el paciente". 

Un poco más tarde, Teresa Carlota quiso trabajar en Eliba, un ambulatorio dependiente   de Monkole que está en un barrio pobre a una media hora a pie por caminos de arena. "Fue la mejor decisión que pude tomar. Me coloqué en la recepción para ayudar a Mamá (ahí en vez de Madam, les llaman "mamá") Helene, yo registraba a los pacientes, creaba fichas nuevas, archivaba las antiguas y cobraba la consulta y ella llevaba el resto de tareas de facturación. Por supuesto, es imprescindible el francés, el concepto de "si sé inglés puedo ir a cualquier parte" en el Congo no se aplica. O francés o lingala. Y todo sin ordenador, que ahí no llegaba ni la luz ni el agua. Atendíamos una media de 40 personas al día, desde niños recién nacidos hasta hombres mayores (aunque ahí no se ve a mucha gente que pase de los 50 años). Me impactó mucho un hombre que vino de 40 años que no pasaba de los 30 kg, y un anciano al que no cobrábamos porque no tenía dinero para pagar (la consulta costaba 1.5€) y, sin embargo, cada vez que venía, entraba sonriendo y nos preguntaba qué tal estábamos", relata  Teresa.

"En situaciones como esta me doy cuenta de que realmente ISSA es mi vocación, y gracias a la formación humana que he recibido y  todo lo que aprendí de idiomas, gestión, contabilidad y archivo he podido ayudar y aportar mi granito de arena".

Un país exuberante

Entre otras cosas, Teresa afirma que no olvidará nunca "los paisajes verdes y de vegetación exuberante, el sol rojizo al atardecer sobre los poblados de casas de adobe a medio constuir, los niños descalzos que te saludan a grito de "Mundele" (blanco), las mujeres y hombres espectacularmente guapos vestidos con los trajes típicos tan coloridos y alegres, el tráfico infernal e incontrolado en el que, sin embargo, nadie pierde los nervios ni se choca, la calma y parsimonia del ritmo africano… "

Afirma que recordará especialmente una excursión que hizo al río Congo. "Fuimos en coche hasta un poblado de pescadores que era de película, con casas hechas de cañas y tejado de paja, en el que tuvimos que pedir permiso al jefe para que unos chicos nos bajasen en canoas de madera (hechas a partir de un tronco de árbol) por el río Congo. ¡¡Fue una experiencia increíble!! El paisaje era espectacular, y al final del "paseo" nos dimos un baño en las aguas tranquilas del río antes de ir a comer. Estábamos preparando la comida, cuando vimos a unos niños entre 11 y 6 años que miraban nuestra comida… les dimos unas galletas saladas que se repartieron entre todos y nos sonrieron. Nos pusimos a comer y vimos que cuchicheaban, nos miraban, nos contaban y salían corriendo… ¡para volver con sillas para todas nosotras! Y cuando nosotras estuvimos sentadas, trajeron sillas para ellos y se sentaron con nosotras a hablar, nos enseñaron a bailar y, cuando les dimos unos bollos, les oímos decir c'est gentil. Como digo a todo el que me pregunta, el Congo no se cuenta, el Congo hay que vivirlo".