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Mariano Juan Crespo Sesmero, Investigador del proyecto "Ley natural y racionalidad práctica", Instituto Cultura y Sociedad, Universidad de Navarra

Contagiar la apuesta por la vida frente al suicidio

26/09/14 Publicado en Diario Montañés, El Norte de Castilla, Las Provincias

Hace unos días, diversos medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de un documento de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el que se indicaba con fundada preocupación que 800.000 personas al año decidían voluntariamente quitarse la vida. Esto significa que cada 40 segundos se suicida una persona en el mundo. A ello hay que añadir el número de personas que intentan suicidarse y fracasan en su intento. Asimismo, se constata que el suicidio es ahora la segunda causa de muerte en los jóvenes entre 15 y 29 años de edad. 

Las cifras son, ciertamente, preocupantes, pero como señala Margaret Chan, directora general de la OMS, un solo suicido es ya demasiado. Las casi 100 páginas de este apretado informe terminan apuntando cinco elementos clave: (1) las tasas mundiales de suicidios e intentos del mismo son demasiado altas; (2) los suicidios se pueden prevenir. En este orden de cosas, los gobiernos han de liderar estrategias multisectoriales de prevención de suicidios; (3) estas estrategias preventivas han de restringir el acceso a los medios más comunes para cometer suicidios (ingesta de ciertos medicamentos, armas de fuego y pesticidas); (4) los sistemas de salud han de incorporar la prevención de suicidios como un componente central y (5) las comunidades desempeñan un papel crucial en la prevención de suicidios en la medida en que pueden ofrecer apoyo social a individuos vulnerables.

            La lectura del informe, el cual contiene no solo abundante información sociológica, sino también propuestas preventivas concretas, deja sin contestar, a mi juicio, la pregunta realmente importante: ¿por qué hay que hacer todo lo que sea posible para evitar que las personas, sean muchas o pocas, se suiciden? Ciertamente, conocer cuáles son los factores que llevan a una persona a tomar una decisión tan terrible como quitarse la vida es algo muy útil para así diseñar las estrategias preventivas más adecuadas. Por otra parte, considerar una decisión tal nos deja, de algún modo, en una suerte de "mudez" en la cual se hace patente la imposibilidad de saber con exactitud qué es lo que pasa por la mente y el corazón de la persona que deliberadamente toma una decisión de esta naturaleza. Como, entre otros autores, Dietrich von Hildebrand puso de relieve, la muerte presenta un aspecto metafísico que alude a la fragilidad de la existencia humana.

Se suele argumentar que las personas tenemos derecho a tomar autónomamente nuestras decisiones. Nadie tiene derecho a tutelar el libre ejercicio de la libertad por parte de los individuos. Pero, si esto es así, ¿por qué tanto empeño – a mi juicio, más que justificado – en que los gobiernos desincentiven el suicidio? ¿No supondría ello una intromisión ilegítima en la libertad más íntima de las personas? Son muchas las preguntas que están conectadas con las que acabo de formular. En última instancia, lo que aquí – y no sólo en la cuestión del suicidio - está en juego es si el derecho a decidir autónomamente y el derecho a la vida están en el mismo nivel o, formulado de otro modo, si los bienes que protegen, a saber, la vida y la autonomía son iguales.  

No lo parece. El derecho a la vida es el derecho básico fundamental, puesto que sin él no existiría ningún otro derecho. Por esta razón, el derecho a la vida suele sobrepasar cualquier otro derecho al que se oponga, como, en este caso, el de la autonomía a la hora de decidir. Ello explica que el Estado tenga la obligación de proteger la vida como bien humano básico desincentivando aquellas conductas –incluidas las propias– que atentan contra ella. Por eso, el derecho más fundamental de todos, el derecho a la vida, es inalienable. Y es que hay cosas que simplemente no se le pueden hacer a una persona, aunque ella consienta o aunque nadie denuncie. En este orden de cosas, el Estado no puede garantizar que todos nazcamos sanos, pero sí puede y debe garantizar que nadie atente contra nuestra integridad física. Y eso nos incluye a nosotros mismos.

Las conductas suicidas son en muchas ocasiones consecuencias de determinadas patologías mentales. No soy médico y no puedo hacer un juicio al respecto, pero pareciera que la decisión de quitarse la vida es tomada en muchas ocasiones en un contexto de soledad profunda. Resulta paradójico que en una sociedad tan "conectada" como la nuestra haya tantas personas que se sientan solas. Pareciera, a veces, que la soledad ha dejado de ser sonora… No quisiera ponerme moralista, pero los que creemos que la vida es digna de ser vivida y que en ella predomina lo bueno y lo malo deberíamos pensar en cómo "contagiamos" nuestra apuesta por la vida. Toda vida es digna de ser vivida.

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