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Imagen satelital de América del Norte que recoge el intenso humo de incendios en Canadá [NASA]
PRESENTACIÓN
‘Donroe’: Doctrina, mapa y ejecución
El entorno americano de Estados Unidos se ha convertido oficialmente en prioridad geopolítica para Washington. Tras su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Donald Trump comenzó a adoptar medidas de intervención en el vecindario geográfico de Estados Unidos. En noviembre fue publicada la Estrategia de Seguridad Nacional, que al proclamar el ‘Corolario Trump’ de la Doctrina Monroe establecía un marco doctrinal, de recobrado interés por el hemisferio occidental, que daba razón del despliegue militar en el Caribe, los ataques a las narcolanchas, la agresión a Venezuela y la detención de quien ejercía de pareja presidencial, el bloqueo petrolero a Cuba y también el deseo de incorporar dentro de Estados Unidos tanto Canadá como Groenlandia. Esa delimitación geográfica dibuja un mapa: el de la Gran Norteamérica, como lo ha denominado la Administración Trump, presentado como un perímetro de seguridad —del Polo Norte a la línea del ecuador— cuyo control, más o menos directo, reclama Washington.
Se trata de un cambio sísmico para la seguridad regional americana, de la que se ocupa este informe. Gran parte de lo sucedido en este ámbito en el último año tiene que ver justamente con esa actitud de la Administración Trump, que ha sido califica de ‘imperial’. Además de lo que afecta a Groenlandia (definitivamente incorporada a la cartografía de Norteamérica), Canadá, Venezuela y Cuba, la mayor asertividad de EEUU en el norte del hemisferio occidental (el semihemisferio noroccidental) tiene implicaciones directas también para el resto de los países. Es el caso de Puerto Rico, que ha recobrado valor estratégico y tal vez tenga opciones de devenir en el estado número 51 de EEUU; de Haití, para el que Washington ha impulsado una Fuerza de Represión de las Bandas, en el marco de la ONU; y de Ecuador, que en su lucha contra el crimen organizado cuenta con el apoyo militar estadounidense. Todo esto son componentes de la ‘Doctrina Donroe’, que China, contra la que especialmente se articula, ha querido contestar publicando su propio documento sobre su apuesta de cooperación con la región, aguantándole la mirada a Trump.
GEOPOLÍTICA / La Gran Norteamérica: Un cuarto de esfera terrestre como ‘dominio’ de EEUU—Emili J. Blasco
EXTREMO NORTE / Groenlandia pasa de la periferia estratégica al centro de la disputa por el Ártico—Andrea Marsch
ÚLTIMA FRONTERA / Canadá acelera el refuerzo militar en sus territorios árticos para apaciguar a Trump—Naia Velasco
PLATAFORMA CARIBEÑA / Puerto Rico recobra valor estratégico para EEUU por el despliegue en el Caribe—Manuela Recio
POTENCIA EXTRAHEMISFÉRICA / La Doctrina de China para América Latina: Pekín aguanta la mirada a Trump—Isabel Borst
SEGURIDAD PERSONAL / La ‘extracción’ de Maduro no libera a Venezuela del régimen autoritario—María Núñez
BANDAS ARMADAS / Haití avanza hacia elecciones en medio de violencia de pandillas que la ONU no logra atajar—Camila Chame
FRONTERA CALIENTE / Noboa y Petro se acusan de la inseguridad en la frontera entre los dos países—Nicolás Estévez
RESUMEN EJECUTIVO
Primero fueron los reclamos, en los primeros meses de presidencia —exigencia de retomar el control del Canal de Panamá, propuesta de adquirir Groenlandia, deseo de incorporar Canadá...—, y luego llegó la doctrina: el Corolario Trump de la Doctrina Monroe, expresado en los documentos estratégicos de seguridad y de defensa nacional publicados en noviembre de 2025 y enero de 2026, respectivamente. Finalmente, el pasado mes de marzo todo eso se visualizó en un mapa: el de la Gran Norteamérica. El ‘América para los americanos’ de la ‘Doctrina Donroe’ se concreta en un anhelo de control, más o menos directo, de la mitad norte del hemisferio occidental: el semihemisferio noroccidental. El mapa no cuenta con una versión gráfica oficial (su plasticidad revelaría una pulsión imperial para la que aún parece haber cierto pudor), pero la Administración Trump ha comenzado a hablar de un “perímetro de seguridad” que resulta vital para sus intereses nacionales que va “desde Groenlandia hasta Ecuador, desde Alaska hasta Guyana” (cabría decir que desde el Polo Norte a la línea del ecuador y desde las islas Hawái a la proximidad de las Azores).
La ofensiva de Trump en relación con Groenlandia ha aminorado, pero no la importancia de esta inmensa isla para Estados Unidos. El creciente deshielo del Ártico sitúa en ese extremo norte del globo una de las eventuales futuras disputas entre grandes potencias. Washington es consciente de que debe impedir que Rusia y China extiendan allí su presencia y, desde luego, tengan acceso a Groenlandia: quien disponga de ese territorio puede usarlo a manera de portaviones contra los otros. La presión estadounidense de los últimos años ha logrado que algunas iniciativas chinas de construcción de infraestructuras no prosperaran, pero la partida, que también afecta a los recursos naturales encerrados en el subsuelo, aún está por jugar.
Canadá tiene en cierto modo la desdicha de encontrarse entre Estados Unidos y el Ártico: queda encajada entre el paralelo 49 de la larga frontera estadounidense, Alaska y Groenlandia; pero mientras las soberanías se mantengan —y así será en el tiempo previsible— esto también le permite jugar sus cartas: Washington le necesita para que priorice la seguridad en ese Alto Norte. Así, para apaciguar a Trump, Ottawa ha acelerado el refuerzo militar en sus territorios árticos, con un plan para modernizar sus bases militares y las infraestructuras viarias. Además, Canadá ha agilizado el pacto con EEUU y Finlandia para aumentar la flota de rompehielos. No ayudan los memes de Trump en redes sociales, tratando al primer ministro de ‘gobernador’, como si estuviera al frente de un estado más de la Unión, pero la realidad geopolítica obliga a los canadienses a tener que soportar cierta altanería de sus vecinos.
Si la mirada ‘imperial’ hacia el norte ha quedado de momento en meras intenciones, la dirigida hacia el sur ha contado con un amplio despliegue militar en aguas del Caribe. Con ello, Puerto Rico ha recobrado un valor estratégico que la distensión de las últimas décadas le habían restado, llevando a pensar que llegaría un momento en que Washington podría desprenderse del todo de una isla que le cuesta dinero. Puerto Rico ha pasado a constituir de nuevo una conveniente plataforma para actuaciones como la operación Lanza del Sur contra el narcotráfico y la presión sobre Venezuela o Cuba. Con ese fin, EEUU ha reactivado parcialmente la base de Roosevelt Roads, inactiva desde el fin de la Guerra Fría. Esa utilidad de la isla puede impulsar la aceptación de Washington de acomodar el deseo de ‘estadidad’ puertorriqueño (convertirse en el estado 51 de EEUU), según confían sus defensores, pero el poco aprecio previamente mostrado por Trump hacia Puerto Rico, el escaso tacto de la ‘Doctrina Donroe’ para con el entorno vecinal y el sentimiento pacifista de parte de la población también pueden acentuar el querer marcar cierta distancia o incluso empujar hacia la independencia.
Cuando Estados Unidos afirma su interés prioritario en garantizarse una amplia base geográfica lo hace especialmente frente a China. Quiere asegurarse directamente de que Pekín no tendrá influencia en la Gran Norteamérica y de que en la otra mitad del hemisferio occidental, la que queda al sur del ecuador, sus aliados contribuirán a mantenerla bajo mínimos. Pero China ha dado a entender que le aguanta la mirada al presidente estadounidense: pocos días después de que Washington oficializara el Corolario Trump, Pekín publicó su propio documento para intensificar su relación con Latinoamérica. La movilización de Washington contra infraestructuras gestionadas por empresas chinas no ha inducido a Xi Jinping a ningún plan de desinversión o retirada. China presiona a sus socios comerciales latinoamericanos para que no se alineen con Taiwán ante la perspectiva de un conflicto por esa isla y no se dejen ganar por la ambigüedad estratégica de EEUU respecto a ella. Frente a la unilateralidad que la ‘Doctrina Donroe’ impone a sus vecinos, China refuerza su apuesta por la cooperación y los foros multilaterales.
No hay mayor exponente de la presidencia ‘imperial’ de Trump que la arriesgada operación para apresar a Nicolás Maduro y ponerlo a disposición de la Justicia en EEUU, y lo mismo cabe decir de su interés en tomar control de la producción petrolera venezolana, así como de su aparente despreocupación por una acelerada transición democrática. En realidad, la ‘extracción’ de Maduro no ha liberado a Venezuela de un régimen autoritario que se sostiene a pesar de haber perdido con contundencia las últimas elecciones. De momento, el único paso sustancial ha sido la aprobación de la Ley de Amnistía, pero esta no ha cumplido las expectativas generadas entre la mayor parte de la población. Un análisis de la norma para la liberación de presos políticos permite concluir que no ha sido más que un instrumento de gestión política de carácter discrecional. El gobierno ha dado por concluido el proceso de excarcelaciones, pero diversas organizaciones siguen difundiendo listas de personas aún en prisión (Foro Penal habla de unas 450). La maquinaria represiva persiste en el país: gran parte de la arquitectura legal y orgánica del modelo precedente permanece de momento inalterada.
En el Caribe se perpetúa un problema que ninguna presidencia estadounidense ha logrado encauzar: Haití como estado fallido. La Administración Trump, proclive a soluciones de mayor uso de la fuerza, impulsó en septiembre de 2025 en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas una nueva iniciativa internacional, con un carácter no ya de ‘misión de paz’, como las malogradas intervenciones anteriores de la ONU, sino de combate directo de las pandillas criminales que se han adueñado del país, bautizada como Fuerza de Represión de las Bandas. Con todo, no se trata de una intervención directa estadounidense y sus perspectivas de éxito no son altas; su primer cometido es crear suficientes condiciones para la celebración a lo largo de este año de elecciones presidenciales y la formación de nuevo gobierno.
Ecuador se sitúa en el límite sur del ‘perímetro de seguridad’ de la Gran Norteamérica proclamada por la Administración Trump y muestra de esa consideración es la colaboración militar que Washington está prestando (participación de asesores sobre el terreno, suministro de medios e información) al gobierno de Daniel Noboa en su guerra contra el crimen organizado, el cual está muy vinculado a las rutas de la cocaína colombiana que atraviesan la frontera y buscan la salida por puertos ecuatorianos. A pesar de esos esfuerzos y los continuos toques de queda, la tasa de homicidios volvió a registrar otro récord en 2025. En los últimos meses, Noboa ha acusado al presidente colombiano, Gustavo Petro, de descuidar la seguridad de su frontera, mientras que Petro ha denunciado que el Ejército ecuatoriano ha bombardeado territorio colombiano. Ese cruce de declaraciones ha ido acompañado de medidas económicas: Noboa ha ido incrementando los aranceles a la importación de productos colombianos, hasta llegar al 100%, y Petro ha respondido cada vez en la misma medida e incluso suspendiendo el envío de electricidad a Ecuador, deficitario en producción eléctrica. Por primera vez, dos países latinoamericanos han entrado en una guerra de aranceles, simbolizando la era que la Administración Trump ha traído a la región.