Ramiro Pellitero Iglesias, Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra

Prosperidad y fe cristiana

04/10/19 Publicado en Iglesia y evangelización

En diversas ocasiones el Papa Francisco se ha referido a una corriente actual de pensamiento, surgida en ambientes cristianos fundamentalistas y muy extendida hoy por el apoyo mediático. Es la denominada “Teología de la prosperidad”. Mantiene la convicción de que Dios quiere que los cristianos tengan por encima de todo una vida próspera, que sean ricos, sanos y felices. Según esto, el bienestar debe estar en el centro de una oración que se dirige a Dios como quien hace realidad los pensamientos y deseos del orante.

            1. Se ha observado que “el peligro de esta forma de antropocentrismo religioso, que pone en el centro al hombre y su bienestar, es el de transformar a Dios en un poder a nuestro servicio, a la Iglesia en su supermercado de la fe, y la religión en un fenómeno utilitarista y eminentemente sensacionalista y pragmático”[1].

De modo característico se señala que en estos planteamientos “no hay compasión por las personas que no son prósperas, porque, claramente, ellas no han seguido las ‘reglas’ y, por tanto, viven en el fracaso y, consiguientemente, no son amadas por Dios”[2].

Y de este modo se enfocan temas tan centrales como la Alianza de Dios con el pueblo del Antiguo Testamento o la filiación divina como doctrina central del cristianismo. Todo va reinterpretado en el sentido de la prosperidad material, física y espiritual.

En esta perspectiva, la fe resultaría como un mérito para ascender en la escala social. Mientras que el pobre se siente culpable por doble motivo: “por una parte, considera que su fe no alcanza a mover las manos providentes de Dios; y, por la otra, su situación de miseria es una imposición divina, un castigo inexorable aceptado con sumisión”[3].

Como efectos de esta forma de pensar –que llegan a millones de personas a través de sus predicadores en televisión, Internet y redes sociales–, se incrementa el individualismo, se disminuye la solidaridad y se fomenta una cierta actitud milagrera: se piensa que la riqueza estaría en relación con la “fe” personal; pero esto no influye para intentar la  superación real de las situaciones de pobreza, como en cambio enseña la Doctrina Social de la Iglesia.

            2. Desde el principio de su pontificado, el papa Francisco ha explicado el sentido cristiano de la prosperidad, alertando de la posible influencia de esta “teología de la prosperidad” en la Iglesia.

En Brasil, en un discurso al comité de coordinación del CELAM (28-VII-2013) previno contra el funcionalismo que quisiera consagrar una cierta “teología de la prosperidad” en la organización pastoral, confiándolo todo a la eficacia y al éxito, a los resultados y las estadísticas favorables.

En Corea del sur en agosto de 2014, se refirió a la “tentación de la prosperidad” que puede llevar a una Iglesia de los acomodados o del bienestar, olvidada de los pobres.

Esta preocupación del papa se ha manifestado también en algunas de sus homilías en Santa Marta. La salvación no es una “teología de la prosperidad”, sino un don que viene de Jesucristo; y el poder del Evangelio no es el de maniobrar para hacer grandes empresas sino el poder de expulsar los espíritus impuros (cf. Homilía 5-II-2015). Es un engaño típico de una “teología de la prosperidad” pensar que Dios te hace ver que eres justo y te da muchas riquezas. Al joven rico sus riquezas no le sirvieron para el bien sino que se convirtieron en cadenas que le impidieron seguir a Jesús (cf. Homilía, 19-V-2016).

Francisco ha vinculado esa mentalidad a una forma de pelagianismo, es decir, e la pretensión de una salvación por las propias fuerzas, la adoración de la propia voluntad y capacidad, la complacencia egocéntrica opuesta al verdadero amor (cf Exhort. Gaudete et exsultate, n. 57).

También la ha planteado como una forma de gnosticismo, que pretende controlar la realidad con la propia mente, usar la religión en beneficio propio, al servicio de elucubraciones psicológicas. En cambio, “Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro» (Ibid. 41).

            3. Ya Joseph Ratzinger en pleno desarrollo del Concilio Vaticano II advertía contra el avance de un “secularismo generalizado” (vivir como si Dios no existiera). A la vez observaba un excesivo optimismo por parte de los cristianos, apoyado en la Encarnación del Hijo de Dios, pero con olvido del “realismo de la Cruz”.

Ciertamente ­–señalaba– el Hijo de Dios se ha hecho carne en este mundo; pero esto no debe llevarnos al triunfalismo o al pelagianismo de pensar que la salvación se alcanza solo por nuestros esfuerzos, por nuestros logros humanos. El amor cristiano al mundo es un amor desde el corazón de Cristo traspasado por nosotros en la Cruz[4].

En efecto, y el Concilio explicó que Cristo ha resucitado y vive entre nosotros. Por eso el Reino de Dios existe ya pero todavía no plenamente, sino solo en semilla o en bosquejo. La Iglesia es semilla e instrumento para la venida del Reino de Dios[5].

El trabajo humano contribuye a proporcionar como la “materia”, como un bosquejo o “vislumbre” del Reino. Pero solo Dios consumará su Reino al final de la historia, asumiendo y a la vez iluminando y trasfigurando todos nuestros esfuerzos de manera insospechada. Por ello, el Concilio afirmó que el progreso temporal “puede contribuir a ordenar la sociedad humana”, por lo que el progreso “interesa en gran medida al reino de Dios”. Y al mismo tiempo, subrayó: “hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo”[6].

En definitiva, hoy es necesario explicar el sentido cristiano del amor al mundo, que ha sido creado bueno por Dios y redimido por Cristo. A nosotros se nos ha confiado para que lo transformemos, colaborando en la santificación de las actividades humanas, como respuesta amorosa a la acción del Espíritu Santo y en el contexto de la misión de la Iglesia.

Con otras palabras, el cristiano ama al mundo porque  ama a Cristo y a la Iglesia. Es ese amor el que le lleva a procurar mejorar este mundo y servir así a todos, especialmente a los más pobres y vulnerables, trabajando bien, con honradez y competencia y a la vez con el espíritu de las Bienaventuranzas y las obras de misericordia. Ese es el progreso y esa es la prosperidad en perspectiva cristiana.

Según las necesidades de cada época, la evangelización requiere unos acentos. Hoy implica, entre otros, la formación en la experiencia cristiana (oración, sacramentos, participación en la comunidad viva que es la Iglesia, a través de la parroquia, moviemientos u otras comunidades cristianas), la promoción de la piedad popular (y eventualmente su purificación), así como la educación de la fe en lo que se refiere a la propuesta cristiana de la salvación. Esta propuesta incluye a su vez la ordenación del mundo según Dios –trabajar bien y trabajar por amor­– y en orden a la vida eterna, y la Doctrina social de la Iglesia.

 


[1] Cf. A. Spadaro y M. Figueroa, “El peligro de un Evangelio diferente”, en www.civiltacattolica-ib.com/teologia-de-la-prosperidad, publicado el 18-VIII-2018. En el artículo se señalan autores y raíces culturales de este planteamiento.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] Cf. J. Ratzinger, “Sentire ecclesiam” (texto de 1963) en Obras completas VII/1: Sobre la enseñanza del Concilio Vaticano II, BAC, Madrid 2013, 269-276.
[5] Cf. Const. dogm. Lumen gentium, 5.
[6] Cf. Const. past. Gaudium et spes, 39.

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