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"Formarme en la Universidad de Navarra es una experiencia grandiosa y muy enriquecedora”

Luis Mario Reyes llegó desde México para estudiar Teología en Pamplona

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Luis Mario en el Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa. FOTO: Nelson Menjívar
04/05/18 10:26 María M. Orbegozo

Hace 26 años, en Mesón de los Sauces, una pequeña comunidad del Estado de Jalisco (Diócesis de Aguascalientes, México), nació Luis Mario Reyes. Fue en ese entorno rural donde aprendió a reconocer a Dios: “Recuerdo con cariño aquellos días en los que, siendo mis hermanos y yo apenas unos críos, deseábamos que llegara la noche para ver el brillo de las luciérnagas. Era nuestra forma de divertirnos y la ocasión que nuestros padres aprovechaban para explicarnos que toda esa belleza la había hecho Dios pensando en nosotros”. Aunque tuvieron muchas limitaciones económicas, vivió una infancia muy feliz, en una familia cristiana: “Sin darnos cuenta, mis padres nos enseñaron a reconocer la autoría de Dios en la belleza de la creación y a estar siempre en contacto con Él, para agradecerle dones tan grandes”.

La parroquia en la que creció era la antigua hacienda de un hombre con muchos recursos, que tuvo un hijo sacerdote. Luis Mario explica que “para la primera misa de su hijo, este hombre mandó construir un templo majestuoso que, más tarde, dejaría como herencia a la comunidad, convirtiéndose en el templo parroquial unos años después”. Asegura que la iglesia era un lugar de reunión, con un ambiente muy familiar, donde todos los fieles se conocían: “Los domingos, durante la Misa, se formaba una escena muy curiosa: mis tías cantaban en el coro, mis amigos ayudaban al sacerdote como monaguillos, mis primas se encargaban de las Lecturas. Asistían mis abuelas, mis tíos, mis primos, los compañeros de clase...”. Como una gran familia cristiana, tanto familiares, como amigos y conocidos le apoyaron en su decisión cuando, a los 18 años, ingresó en el seminario diocesano de Aguascalientes.

En 2014, llegó a Pamplona, por iniciativa de su Obispo: “Formarme en la Universidad de Navarra es una experiencia grandiosa y muy enriquecedora. Jamás imaginé poder estar en un mismo aula con personas procedentes de tan diversos países. Ni siquiera me planteaba salir de mi pueblo, y aquí estoy ahora. Sin duda, la generosidad que Dios tiene conmigo es mucha”. Luis Mario tiene el convencimiento de que la formación que está recibiendo será de gran ayuda para el desempeño de su ministerio sacerdotal: “Creo que es importante estar bien preparado, porque ahora son muchos y fuertes los retos a los que se enfrentan los sacerdotes. Hay que estar siempre a la altura de las necesidades del Pueblo de Dios, para comunicar lo mejor posible que su Amor, manifestado en su Hijo, sigue vigente”. Una formación impartida por unos profesores a los que admira. “Inspiran confianza y santidad. Son un verdadero ejemplo a seguir”, asegura.

Además de estudiar quinto curso del Bachiller en Teología, en sus ratos libres cultiva dos de sus grandes aficiones, salir a correr “para mantener la salud, y así ser un instrumento duradero para servir al Señor” y la música y el canto. “Desde que entré al seminario, me he interesado mucho en aprender técnicas que me ayuden a cantar mejor, sobre todo porque creo que este don resulta muy grato al Señor”, explica. Luis Mario vive en el Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa donde, asegura, se vive un milagro cada día: “Todos venimos de diversos países, hablamos diferentes lenguas, tenemos culturas muy distintas, factores que tal vez en otros ámbitos harían que la convivencia fuera imposible, pero aquí, en cambio, todos somos hermanos”. Una fraternidad que perdurará en el futuro: “De todo lo que he aprendido en España, lo que más valor tiene para mí es saber que, a pesar de no vivir en el mismo lugar, mis hermanos de Bidasoa y de la Universidad seguirán siéndolo para siempre. Estemos donde estemos, nos une un mismo ideal: llegar a ser uno con el Señor”.

Por todo ello, solo tiene palabras de agradecimiento para quienes han posibilitado sus años de estancia en Pamplona: “Me gustaría agradecerles su docilidad con Dios, por haber aceptado ser extensión de Sus manos generosas y providentes. Cada día, le pido que recompense su desprendimiento, les llevo en mis oraciones y, al mismo tiempo, me encomiendo a las suyas”.

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