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Julia Pavón, medievalista española doctorada en historia, escritora y profesora de universidad especialista en Historia de Navarra Altomedieval en la Universidad de Navarra

El significado espiritual de Notre Dame

17/04/19 Publicado en La Razón

Esta mañana cuando he recibido la llamada de una amiga periodista y me ha relatado cómo ha contado a sus dos hijas los sucesos de antes de ayer por la tarde-noche en París, me he sentido profundamente interpelada como cristiana. Ante el comentario de su madre, que les indicaba cómo había ardido Notre-Dame, las niñas respondían traduciendo literal e inocentemente “Nuestra Dama”, como colegialas de Primaria en el Liceo francés. Sin embargo, lejos de abandonar un tema que quizá nos pueda parecer les podría quedar grande, su madre les ha insistido que la Dama se refiere a la Madre de Dios. Rápidamente la mayor de las niñas ha preguntado: “¿Se ha quemado la Vírgen?”

El incendio también se ha desatado alegóricamente en los medios de comunicación, presurosos por dar protagonismo a la impactante noticia, dando pie a columnistas y otros especialistas, quienes en todo tipo de estilos han publicado docenas y docenas de columnas de opinión, cuyo denominador común ha sido el lamento por la pérdida de un icono cultural de todos los católicos y franceses, según Emmanuel Macron . Pero igual que la columna de humo que atraía las miradas del mundo sobre la capital del Sena y se elevaba al cielo quemando la techumbre de uno de los templos góticos más significativos del Viejo Continente, cabría pensar que dichas crónicas eran como esas llamas ascendentes. A pesar de la transcendencia simbólica de Notre-Dame, las noticias generadas, muchas de ellas emanadas lícitamente por profundos lamentos de pérdida patrimonial, eran como el humo, que al expandirse libremente, no guarda forma ni volumen definido debido a la desunión de su composición molecular.

¿Qué patrimonio común nos apena perder? O mejor, ¿por qué ese clamor en el imaginario colectivo de Occidente, e incluso, mundial? Alejados del consumo turístico cultural de masas, y echando la vista atrás, no encuentro en la Historia, mejor símbolo material de los fundamentos de Europa que un templo, ya sea en lo alto de un monte de su variada geografía o en un pujante o pequeño centro urbano. Lugares consagrados bajo la advocación de Cristo, su madre, o seres elegidos como modelos de vida para superar los obstáculos en nuestro andar terreno como creyentes: los santos. Pero ¿Cuál es la razón de que sea un templo?

Sin lugar a dudas, la cultura predominante de la civilización occidental fue de naturaleza cristiana, por influencia eclesiástica y, por ende, con un profundo contenido teológico. La doctrina y la legislación canónicas vertebraron un espacio discursivo en el plano de las ideas que influyó en una amplia capa de la sociedad, formando unos modelos de comportamiento para todo el arco vital de las trayectorias humanas. Nacer, vivir y morir formaban parte de un complejo universo simbólico cristiano en el que cada ser había de situarse, identificarse y dotar de contenido trascendental. Ninguna de estas realidades esenciales y tangibles es lo que quedaba desprovista de una proyección o representación alegórica y a la vez superior. La gestualidad que las rodeó, fue algo más que una puesta en escena anclada en las tradiciones, ya tuvieran un origen pagano o formaran parte de la pedagogía de la Iglesia. Cada hecho vital había de codificarse en un conjunto de imágenes simbólicas o ritos que respondía a un programa con profundas implicaciones morales o a una finalidad en el conjunto de la sociedad. Y en el centro de esta semántica ritual, no lo olvidemos, estaban esos espacios sacros.

La cruenta destrucción del fuego de estas últimas horas no ha calcinado sólo una parte de un templo, patrimonio material disfrutado por los amantes de lo bello, de la historia o curiosos ante culturas pasadas, sino que es el emblema de la conversión en cenizas de un patrimonio inmaterial horadado desde hace centurias bajo la bandera de todo tipo de ideologías y mal entendidas “libertades”. Como en su día recordó san Juan Pablo II, sería injusto olvidar ese legado inmaterial, trenzado alrededor de los templos y conformado por la inquietud intelectual de grandes eruditos, por la tensión de líderes y personas anónimas al servicio de la iglesia con el objeto de reformarla -la “revolución papal” de Philippe Nemo-, por el sueño de recuperar y enseñar la cultura helénico-latina a partir de las universidades, y por afanarse en la tarea de embellecer los lugares del culto a Dios desarrollando una singular creatividad artística..., y un largo etcétera de iniciativas que han ahormado las raíces e identidad europeas. Una identidad en la que ha tenido y tiene un especial protagonismo, la “dulce” Señora, la medianera de Gracias, la figura de una madre que protege y ampara. Una madre que se quema por dentro de Amor.

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