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Gabriel Insausti, Profesor de Literatura Contemporánea de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra

Las cartas de antaño

13/04/19 Publicado en EFE

Hace algunos años un familiar mío, ya en el último trecho de su vida, recopiló todas las cartas que se habían escrito en su casa en las décadas de 1930, 1940 y 1950, las ordenó, escaneó y encuadernó y regaló el volumen a su hermana. Desde entonces ella se sienta a menudo con ese libro en su regazo, lo abre y lee.”Es como recordar la historia de la familia, día por día”, dice. Y en sus ojos asoma una mirada melancólica.

Las cartas han quedado eso: una reliquia del pasado, declaradamente obsoleta gracias a internet, el email, Facebook y el Whatsapp. Y, sin embargo, durante mucho tiempo fueron decisivas para la vida de las sociedades occidentales. Las órdenes religiosas, los humanistas del renacimiento, los intelectuales judíos de los siglos XIX y XX, construyeron auténticas redes de tinta y papel, en las que se desplegaba la conciencia y la cultura de toda una comunidad. Para los familiares ausentes, para los presos, para los soldados combatientes en un lugar remoto, para los emigrantes, existía ese espacio emancipado del espacio, en el que era posible la comunicación. Y se vivía al ritmo que imponían las cartas. Se esperaba la siguiente carta.

El crítico Philippe Lejeune, especializado en las escrituras del yo, como la autobiografía y el diario, ha estudiado recientemente este género de los epistolarios, desde los más eminentes hasta los más anónimos: las cartas serían el relato autobiográfico y sincopado de los que no escriben. Un modo de mantener vivo un rescoldo. Incluso ha analizado los epistolarios de corresponsales que han mantenido ese rescoldo durante cincuenta años ¡sin haberse visto físicamente ni una sola vez! Y, por supuesto, más allá del común de las gentes la alfabetización y la mejora en los transportes propició que en el siglo XVIII se crease un subgénero narrativo, la novela epistolar, que dio títulos tan eminentes como el Werther de Goethe o Les liaisons dangereuses de Laclos y que llegó hasta el siglo XX, con ejemplos como Carta de una desconocida, de Zweig, The Color Purple, de Alice Walker, o Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, de Delibes.

Obviamente, las nuevas tecnologías han cambiado esta situación, nos han situado en otro modo de vivir el espacio y el tiempo. ¿Ventajas? Innumerables, como la inmediatez y la velocidad. ¿Desventajas? Las derivadas de la pérdida de algo tan precioso como el aprendizaje de la lentitud: la carta obligaba a ordenar las cosas, a tomarse un tiempo y, por supuesto, a concederle lo suyo a la gramática y construir oraciones y párrafos completos. ¿Diferencias? No tantas. Decía Pedro Salinas en el primer ensayo de El defensor, “Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar”, que la carta constituía “un modo de entenderse sin oírse, de mirarse sin presencia”. Y tal cosa –baste recordar aquí al Cyrano de Rostand, que seducía a Roxanne por medio de las cartas que firmaba Christian-no queda muy lejos de la irrealidad que permiten Facebook, Twitter,  el email, etc. Perfiles falsos y personalidades fingidas eran ya parte del mundo de la escritura y, singularmente, de la escritura epistolar. La principal diferencia estaría en la confusión de las nuevas escrituras con la oralidad... y en la deficiente prosa a la que a menudo da lugar esa rapidez.

Yo, como todo el mundo, desde hace años sólo recibo en carta las multas de tráfico y las notificaciones de los bancos. Únicamente, de vez en cuando, ocurre que algún escritor amigo, adicto de la pluma y el papel,  me envía un libro y adjunta entre sus páginas una carta. Y la guardo como un tesoro.

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