Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (11). Lo sagrado: santoral y grandes advocaciones marianas

15/03/19 Publicado en Diario de Navarra

La identidad de Navarra también ha estado relacionada, tradicionalmente, con algunos santos de distinta proyección y algunas advocaciones de la Virgen, cuyos ecos traspasaban las fronteras forales por pertenecer a sobresalientes santuarios. A lo largo de las siguientes líneas realizaremos algunas reflexiones y consideraciones sobre esos aspectos relacionados con las creencias, las mentalidades y lo sagrado.

 

Los santos de los grandes monasterios

Leire, Irache y Fitero tuvieron como auténticos signos de identidad a las santas Nunilo y Alodia y San Virila, en el primer caso, y a San Veremundo y San Raimundo en los dos últimos. San Virila no parece haber tenido gran proyección fuera de los muros legerenses y su localidad natal de Tiebas. No así las mártires Nunilo y Alodia, cuyas reliquias conservaba el monasterio junto a un elegante retablo tardorromanista y fueron objeto de rogativas y peticiones por parte de la localidad oscense de Adauesca. Eulate y Allo conservan imágenes de las mismas de excelente factura.

San Veremundo, no sólo recibió veneración especial en Irache, sino también en los pueblos que se disputaban su nacimiento: Villatuerta y Arellano. Imágenes, retablos y relicarios dan buen testimonio. Un hecho importantísimo para su culto e iconografía tuvo lugar en el último tercio del siglo XVI, en plena fiebre de culto a las reliquias de los santos propiciada por la iglesia y ejemplarizada por Felipe II en El Escorial. El abad de Irache fray Antonio de Comontes, en 1583, agradecido por la salud recuperada, mandó hacer un arca de madera policromada con escenas de la vida del santo para sus reliquias. En 1657 se construyó su hermosa capilla y una urna de plata. Durante el siglo XVIII su culto tuvo dos momentos especiales ligados a la extensión de su rezo, primero para todo el obispado de Pamplona a instancias de su prelado, en 1746, y dos décadas después para todo el reino de Navarra.

Por lo que respecta al abad Raimundo de Fitero, fundador de la orden de Calatrava, su culto en el monasterio navarro no fue sino un apéndice de una veneración en numerosos lugares de la península ligados a la citada orden de caballería y, muy particularmente, de otros monasterios cistercienses y de monjas calatravas. Grabados como los de fray Matías Irala y Juan Bernabé Palomino dan buena cuenta de la relevancia que adquirió a lo largo del siglo XVIII, cuando la Congregación de Ritos fue autorizando su culto paulatina y escalonadamente para los cistercienses (1702), el Consejo de Órdenes Militares (1718), ciudad y diócesis de Tarazona (1727), trinitarios (1728), reino de Navarra (1766) y para todos los dominios hispanos (1800).

En referencia a los dos santos, Veremundo y Raimundo hay que recordar la iniciativa de los abades de Irache y Fitero pidiendo a las Cortes de Navarra, en 1765, que se instase a la Congregación de Ritos para la extensión a todo el reino de los Oficios de San Veremundo y San Raimundo. La Diputación del Reino dio cuenta en la siguiente reunión de las Cortes, en 1780, de cómo se había resuelto positivamente el mandato de las Cortes precedentes y ya se habían impreso los Oficios litúrgicos de ambos santos.

 

Los copatronos: Javier como nuevo modelo de santidad

Todo el problema suscitado en Navarra en torno al copatronato de San Fermín y San Francisco Javier hay que contextualizarlo en pleno periodo de la Reforma Católica, cuando corrían renovados ideales de santidad y la Diputación del Reino de Navarra, en 1621, recibió como patrón a Javier, proponiendo que las Cortes, como institución que encarnaba al propio Reino, ratificara el patronato, algo que sucedió en 1624.

Los pleitos  por los patronatos fueron frecuentes en la España del seiscientos, destacando lo sucedido con Santiago y Santa Teresa. En Navarra, los javieristas, muy influenciados por los jesuitas, estuvieron sustentados por las propias instituciones del Reino -Cortes y Diputación-, entre cuyos miembros había ex-alumnos de la Compañía, en tanto que los ferministas fueron apoyados por la ciudad de Pamplona y el cabildo de su catedral, junto a  un clero bastante receloso con el poder e influencia que los hijos de San Ignacio estaban asumiendo.

El pleito llegó a la Curia Romana y finalizó con un Breve Papal de 1657, por el que se declaraba a San Fermín y San Francisco Javier  aeque patroni principales del Reino. Las celebraciones de todo tipo, de carácter religioso y lúdico, sustituyeron a los enfrentamientos con unas de las mayores fiestas vividas en Navarra. En adelante sus imágenes convivirían pacíficamente en numerosos retablos, grabados y pinturas a lo largo de Navarra, quedando el lado del Evangelio reservado a San Fermín, como mártir.

 

San Gregorio Ostiense, San Miguel de Aralar y otros santos legendarios

Si algún santo, filiado con Navarra, alcanzó popularidad en siglos pasados fue San Gregorio Ostiense. Su leyenda le situaba como obispo de Ostia y bibliotecario de Roma, enviado a estas tierras en tiempos del rey García el de Nájera, para prevenir una plaga, falleciendo en Logroño el 9 de mayo de 1044. Colocado su cadáver sobre una mula, soltaron al animal, porque el obispo difunto había ordenado que se le enterrase donde la cabalgadura cayera por tercera vez y muriese. Esta circunstancia se produjo en Piñava, jurisdicción de Sorlada, que es donde se halla el santuario. Como protector de las plagas de langosta que asolaron al campo español, fue ganando devotos y sus reliquias comenzaron a peregrinar por distintas áreas geográficas. La salida más antigua de la “Santa Cabeza” data de 1552. En 1687 la Diputación del Reino la pidió para que recorriese las merindades de Navarra y su viaje más importante y largo data de 1756-1757, en este caso costeado por la Real Hacienda, recorriendo Aragón, Levante, Andalucía, Extremadura y La Mancha. De singular ayuda en la extensión de su culto fue la del obispo de Pamplona don Gaspar de Miranda y Argáiz.

Por lo que respecta a San Miguel de Aralar, su leyenda parece haber ido cuajando a lo largo de los siglos del Antiguo Régimen con el relato del parricida Teodosio de Goñi. A ello colaboraron de un lado algunos textos impresos y, de otro, las estampas grabadas. Con una iconografía peculiar de ángel crucífero que tiene representaciones en edificios medievales como la ermita de Villatuerta o la parroquia de Berrioplano, la imagen actual ya no es la que lucía los escudos de la familia Cruzat en el siglo XVI y se debe al platero José Yábar en 1756, que forró el icono “con más primor y decente modo que en el antiguo”. Otra remodelación se llevó a cabo en 1797, a consecuencia del robo y destrozo de la misma en 1797, en este caso a cargo del platero Francisco Iturralde. Las estampas devocionales abiertas a lo largo del siglo XVIII, desde 1735, cooperaron a su difusión y su plasmación en lienzos y pinturas.

Entre los santos legendarios citaremos a San Babil que posee sendos relatos apócrifos en Navarra, uno como obispo de Pamplona-monje de Leire y otro que lo hace natural de Cascante, invocado como abogado de cojos y reumáticos. Esta última ciudad  le ha rendido culto hasta fechas recientes y en la parroquia de San Jorge de Tudela tuvo una potente cofradía fundada en 1711. Otras localidades navarras como Falces, Puente la Reina, Artajona y Sangüesa también le tributaron especiales fiestas.

Otro santo envuelto en la leyenda fue San Simeón de Cabredo, venerado en su localidad natal y en Azuelo. Algunas iglesias alavesas también poseen imágenes suyas, aunque su escultura más importante, tanto por su categoría artística como por el lugar en donde se colocó fue la del escultor Manuel Pereira que, junto a otras nueve de santos labradores, figuró en la capilla de San Isidro de Madrid, en el siglo XVII. Más tarde, se trasladaron todas ellas a la catedral de San Isidro, perdiéndose en la guerra civil.

Por último, no podemos dejar de citar entre los santos legendarios a San Guillén y su hermana Santa Felicia, con una leyenda en torno al Camino de Santiago y un santuario en Labiano, en donde se conserva en una delicada urna barroca de plata, rodeada de exvotos con el cuerpo de Santa Felicia invocada secularmente contra los dolores de cabeza. Su leyenda tomó cuerpo literario en el Misterio de Obanos.

 

Las advocaciones de los grandes santuarios marianos

A las advocaciones con extensa historia devocional y popular desde la Edad Media, fundamentalmente de Roncesvalles y Ujué, se unirían con fuerza, durante los siglos de la Edad Moderna, otras como Nuestra Señora del Camino y la Virgen de las Maravillas en Pamplona. Todas ellas junto a las imágenes de Codés, el Villar y Araceli de Corella son las que figuran en la famosa obra del Padre jesuita Juan de Villafañe de 1729, titulada Compendio histórico en que se da noticia de las milagrosas y devotas imágenes de la Reyna de los cielos María Santísima que se veneran en los mas célebres santuarios de España- que podemos considerar como un testimonio preciso acerca de la importancia de los iconos marianos vistos a distancia por un gran erudito. En la edición de la misma obra de 1740 se añadió a Nuestra Señora del Sagrario de la catedral de Pamplona. Otros repertorios de célebres imágenes marianas del siglo XIX, como la obra del conde de Fabraquer (1861), agregaron pequeñas reseñas de otras advocaciones como las del Pero de Peralta, Yugo de Arguedas o Camino de Monteagudo.

Leyendas, prodigios y milagros de todo tipo avalaban las peregrinaciones, votos de instituciones, cofradías y el apego de las gentes. Sus apariciones fueron cantadas en sus gozos, frecuentemente musicalizados, que aportan argumentos para comprender la extensión de su culto. Algunas tuvieron su apelativo cariñoso, como la Virgen del Villar de Corella, conocida como “la llovedera” o la del Camino de Pamplona como “la farandulera”.

Como ha escrito C. Alarcón Román, muchas de aquellas imágenes, parecen objetos estáticos y dan la sensación de haber estado siempre en la misma forma. Pero no es cierto, ya que  los gustos y mentalidades cambiaron la apariencia de las esculturas medievales, sencillas y majestuosas, convirtiéndolas en vestideras. Fue entonces cuando las tallas sedentes con el Niño en su regazo fueron reconvertidas es esbeltas imágenes de pie, mutilándolas en aquellas partes que estorbaban para vestirlas con delantales y mantos y embutidas en estructuras campaniformes.

Novenas impresas, cartas de hermandad, medidas, medallas y estampas  constituyen elementos importantísimos para comprobar su impacto devocional en la sociedad. En sus santuarios los días de gran celebración y de ferias se llegaban a vender por centenares aquellos objetos a romeros y fieles. De ese modo, por un módico precio se podía satisfacer la devoción, con la adquisición de sus “verdaderos retratos” estampados, tal y como se veneraban en sus templos. Para quienes no acudían a los santuarios o porterías conventuales, siempre existía la posibilidad de comprar las estampas a quienes salían por varias rutas a realizar la demanda anual, por áreas geográficas más o menos extensas, según los permisos que se obtenían de la autoridad civil y eclesiástica.

Los grabados calcográficos en los siglos XVII y XVIII y litografías del XIX, a una con medallas acuñadas en Roma o Francia y diversas ciudades de todas aquellas imágenes, cooperaron decisivamente a la difusión de su culto. En el caso de Roncesvalles, que contó con tantas encomiendas, hay que señalar que se llegaron a hacer copias de la imagen titular. Así lo recoge el P. Roque Alberto Faci en su obra sobre imágenes en Aragón (1739). Tras anotar que había varias en España, cita la de la ermita de su nombre en la villa de Alcolea de Cinca, en donde contaba con cofradía y la del  convento de San Eloy de Lisboa, a donde la llevó doña Leonor de Aragón, hija de Fernando I de Aragón, casada con el infante don Duarte de Portugal en 1428.

Sorprenden algunos hechos en torno a algunas imágenes que no fueron aparentemente de gran proyección. Sirva de ejemplo el caso de las Vírgenes de Luquin, cuya fama traspasó lo local. Sus limosneros se desplazaban hasta la Berrueza, Valdega, la Solana, Echauri, Yerri, Orba y Araquil y pueblos como Lerín, Peralta, Artajona, Andosilla, Sesma, Cárcar, Lodosa, Falces, Milagro, Valtierra, Mañeru y Salvatierra.

Por último, nos gustaría hacer una reflexión sobre la presentación de aquellas imágenes ante los fieles. En época medieval, la cortinilla o velum formaba parte de la escenificación de la imagen. La acción de “velar / desvelar” concretaba en aquellos tiempos la dialéctica de la presentación de las imágenes, de acuerdo con la función litúrgica y la fiesta a celebrar. Resulta significativo que a finales del siglo XVI y, sobre todo, en el siglo XVII, el uso religioso de los vela desapareció prácticamente en muchos lugares, cuando los documentos atestiguan la irrupción de la cortina en la presentación de las obras de carácter privado, particularmente en los gabinetes de pintura, en los que la pieza mejor de la colección estaba cubierta para generar expectación entre los visitantes. No obstante, en ciertos lugares, como Navarra, su uso pervivió en el caso de las más célebres imágenes marianas hasta comienzos del siglo XIX.

Los nombres de las advocaciones tuvieron su eco en la onomásstica, en diferentes momentos, relacionados con la extensión de su culto. Pondremos algunos ejemplos harto significativos. Coincidiendo con el fervor de la inauguración de la capilla pamplonesa de la Virgen del Camino, se impuso el nombre de Camino a sus hijos. La primera niña que se documenta es  el bautizo de Mª Camino Sierra y Ayerra (22-IV-1769). La segunda fue Mª Camino Zamarquilla en mayo de 1773 y en los días siguientes a la colocación de la Virgen del Camino (25-VIII-1776) encontramos cuatro niñas, una hija de los marqueses de Vesolla. Desde entonces, todos los años se registraban varias niñas y algún niño con el nombre, especialmente en torno a la celebración de la famosa octava.

En Estella ocurrió algo parecido con la Virgen del Puy. El catálogo documental de la parroquia de San Juan de Estella, realizado por don José María Lacarra, recoge en el mes de abril de 1750 sendas partidas en las que por primera vez se impone a la bautizada el nombre de María Puy. Mediado el siglo XVIII la basílica del Puy estaba dotándose de obras tan importantes como el nuevo retablo, el camarín, la sacristía y el órgano, lo cual habla de hitos en la devoción secular de los estelleses hacia la imagen. Un último ejemplo serán las cuatro primeras niñas que en Fitero tomaron el nombre de la patrona, la Virgen de la Barda, con motivo del traslado de la imagen a su nueva capilla en 1918.

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