Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (10). La imagen municipal (II). Protocolo y ceremonial

01/03/19 Publicado en Diario de Navarra

Numerosas instituciones modificaron sus usos y costumbres a partir del siglo XVII, en base a una mayor teatralidad, pompa y suntuosidad, en aras a la persuasión sensorial. A imitación de otras ciudades españolas, las autoridades municipales navarras también barroquizaron su protocolo.

 

La uniformidad en la vestimenta

Una de las leyes emanadas de las Cortes de Navarra, en 1795, establecía el uso obligatorio del traje de golilla para los alcaldes y regidores de las localidades con asiento en aquella institución. Su contenido, nos informa sobre el uso de aquel traje de uso tradicional, cuando afirma: “Que en este Reyno siempre ha sido de mucho respeto el vestido y traje de golilla, y muy propio de las personas que tienen a su cuidado el gobierno de los pueblos y la administración de su justicia; y por esta razón se conserva y estila con uniformidad en las cinco cabezas de Merindad y algunos otros pueblos exentos, no pudiéndose presentar sus alcaldes y regidores en los Ayuntamientos y Juntas públicas y de ceremonia en ningún otro traje sino en el de golilla”.

El Archivo Municipal de Pamplona conserva un dibujo de 1817, estudiado por J. L. Molins a la luz de la documentación municipal que, en 1833, argumentaba que era el traje “por ley del Ayuntamiento”, aunque ya sólo se llevaba en actos protocolarios y no  para las sesiones, por razones de comodidad que aconsejaban el pantalón y la bota “en un país húmedo y frío como éste”. El dibujo muestra al regidor con medias y zapato abierto, calzón corto, chupa con mangas acuchilladas, camisa con golilla, fajín y capa corta, sombrero de copa y espada.

Del traje de los regidores tudelanos, sabemos que consistía en unas gramallas a fines del siglo XVI, aunque más tarde se generalizó el de golilla, de paño en invierno y de seda en verano. Se componía de calzón corto, medias de seda, zapato escarpín, chupa abrochada por delante con manga abierta, vuelos de seda y paño de encaje, gorguera también de encaje blanco, capa muy corta y sombrero de copa baja y ala ancha, todo de color negro, con guantes blancos. En fecha tardía, ya en 1863, el Ayuntamiento decidió dejar de utilizar los trajes de golilla ante lo cual el cabildo catedralicio suspendió el recibimiento tradicional a los munícipes, al juzgar que el nuevo indumento no guardaba relación con el que vestían los canónigos, más acorde con la solemnidad y la ceremonia. Dos años más tarde, cuando el Ayuntamiento volvió a usar las golillas, el cabildo  les recibió en la forma tradicional.

El caso de Los Arcos posee su particular interés. La existencia en su archivo municipal de un libro de protocolo, cuyo contenido nos ha facilitado amablemente Víctor Pastor Abaigar, proporciona un sinfín de datos acerca de numerosos aspectos del protocolo municipal. En cuanto al traje, señala los numerosos días que se debía llevar, así como algunas diferencias del oficial ordenado por las Cortes y el antiguo traje de los regidores locales.

En Cascante se había establecido, en 1743, un traje uniforme para “causar el debido respeto”, usando casaca, calzón y medias negros, espadín, corbata y corbatín blanco y sombrero de tres picos. El alcalde, como signo distintivo, debía portar un bastón de junco marino. El motivo fue la celebración de las Cortes en Tudela.

 

Veneras parlantes en sus motivos iconográficos: algunos ejemplos

Falta un estudio sobre estos interesantísimos signos de autoridad e identidad. Se trata de unas medallas que los regidores llevaban colgadas al cuello. En su anverso lucían el escudo de la población, en tanto que el reverso se reservaba al patrono o culto señaladísimo que coincidía con festejo importante.

Las más antiguas conservadas son las del regimiento pamplonés que tuvieron su origen en la peste de 1599, cuando se estableció el compromiso de llevar sobre el pecho la representación de las llagas y corona de espinas de la pasión de Cristo. Tras cesar el azote, en septiembre de 1600, se acordó que los regidores las portasen, en forma de veneras de oro y esmaltes, con los citados motivos y las armas de la ciudad.

Las de Tudela tuvieron su origen en la concesión por cédula real de 1621 en aras a distinguir y diferenciar a los regidores de merinos, porteros reales y otros funcionarios que usaban varas, elementos de autoridad que también tenían otras localidades. Las veneras lucen las armas de la ciudad y la imagen de San Pedro ad vincula, por ser tradición que el día de su fiesta fue el de la reconquista de la ciudad. En cualquier caso,  en aquella fiesta, se renovaban los cargos de regidores en una jornada festiva que incluía una procesión estacional a la antigua parroquia de San Pedro que terminaba en la colegiata, así como un festejo taurino. La mayor parte de las actuales veneras de plata sobredorada pertenecen a la acuñación de 1836, momento en que se suprimieron las que quedaban de oro.

En Olite, al poco de obtener el título de ciudad, un acta municipal determinó la entrega de las veneras a los regidores, en mayo de 1630.  Lucen el escudo de la localidad y la imagen de la Inmaculada (voto en 1624 y patrona en 1643). Tafalla, con título de ciudad desde 1636, encargó sus veneras de oro en 1639, con el escudo y la imagen del patrón San Sebastián. La documentación publicada por J. M. Esparza, las denomina “tusones”, o pequeños toisones, haciendo paralelismo con la condecoración del toisón de oro.

En el segundo tercio del siglo XVII se pueden datar las veneras de Sangüesa y Estella, que contienen por un lado los escudos heráldicos de ambas ciudades y por el otro la imagen de la Purísima Concepción, en recuerdo del voto concepcionista que hicieron en 1625 y 1620 respectivamente. Para el año 1638 las de Estella ya estaban realizadas, a juzgar por el convenio que se hizo con Tudela para ostentar recíprocamente en actos protocolarios aquellas insignias en las dos ciudades.

Corella, convertida también en ciudad en 1630, encargó la realización de las veneras en oro con esmaltes, conteniendo las armas municipales, en 1655. Según datos que me proporciona Ramón Villanueva, en 1848, se decidió sustituirlas por otras de plata sobredorada que hacían “el mismo efecto”. Se acordó que el alcalde viajase a Madrid con las diez medallas de oro para cambiarlas por diecisiete de plata sobredorada. El trabajo se encomendó al platero Mariano Roche y la corporación quedó satisfecha, mostrando al orfebre su “agradecimiento por el buen gusto de su construcción”. Son octogonales, elegantes y sobrias. Lucen al patrón de la ciudad y su escudo heráldico junto a la fecha de su realización (1848).

A fines del siglo XVIII se documentan las peticiones de algunas localidades navarras solicitando permiso al Real Consejo para utilizar veneras. A ese momento o comienzos del siglo XIX pertenecerán las de Mañeru, realizadas con un delicado diseño neoclásico con las armas del municipio y la imagen de San Pedro.

En Cascante se concedió su uso en 1633, aunque al parecer no se hicieron hasta 1692 para “mayor decencia, conocimiento y autoridad”. Su primer concejo constitucional de 1812, encargó unas nuevas al platero Manuel Ochoa, con el escudo de la ciudad y la imagen de la Virgen. Ochoa no puso la Asunción, como era preceptivo por ser la patrona, sino la Inmaculada, defecto que quedó anotado en la documentación.

Particular interés poseen las de Los Arcos, datadas en 1824 y 1825, que hemos conocido gracias al incansable investigador Víctor Pastor. Por un lado ostentan el emblema municipal del que ya hay constancia en 1280. En el reverso, figuran una cruz relicario que evoca al lignum crucis de la parroquia, obsequio del benedictino hijo de la localidad fray Juan de los Arcos, en 1601. Junto a la cruz, la inscripción HOC SIGNO VINCES. Ambos motivos figuraron en la bandera de la Regencia de Urgel, pero también se pueden encontrar otros precedentes en estandartes y banderas de otros lugares. Figuran otras inscripciones, en la primera leemos: “A LA PATRIA”, mientras que la segunda en abreviaturas reza: “F. N. R. A.”, pudiendo aludir al rey en momentos en que la villa contó con numerosos voluntarios realistas. Su lectura podría ser “Fernando nuestro rey amado”, siguiendo la costumbre de impresos y documentos del momento para referirse al monarca en aquella etapa final de su reinado, en que la constitución había sido abrogada. Estas veneras fueron realizadas, siendo alcalde Gabriel Elizondo, por el platero José Iturralde (Arróniz, 1781-Pamplona, 1842).

 

Mazas seculares

Como es sabido, los maceros que desfilan delante de cuerpos, comunidades o personas autorizadas, portan las mazas como signo de dignidad. Para su utilización por parte de corporaciones se requería permiso superior. Las Cortes de Navarra las lucieron por privilegio real de 1600, tras décadas de peticiones. Se conservan y fueron realizadas en 1604 por el platero Miguel Cerdán y su yerno García de Zabalza. Las ciudades y algunas villas con asiento en Cortes todavía las conservan. En general, su uso y traslados hicieron que se estropeasen mucho y sufriesen continuas reparaciones. La Francesada y la avidez de plata del ejército francés hizo que algunas desapareciesen.

Las tres del Ayuntamiento de Pamplona corresponden a finales del siglo XVIII y son obra del platero José Iriarte, si bien una de ellas reaprovecha el cañón de mediados del siglo XVI, realizado por Miguel de Borgoña.

Los constantes arreglos de las mazas de Tudela se anotan en las cuentas municipales a lo largo del siglo XVII. Unas nuevas hicieron en 1681, los plateros Francisco Huarte y José de Echauri, con la preceptiva licencia del Real Consejo. Aquellas mazas se enajenaron con otras piezas de plata en la Guerra de la Independencia y, poco más tarde, antes de 1833, se hicieron las actuales.

Las antiguas de Corella, no conservadas, fueron obra del platero Elías Gil, con taller muy activo en las décadas centrales del siglo XVIII. Las de Sangüesa son doradas,  de estética neoclásica y las de Estella, más tardías, neogóticas, según anota I. Miguéliz en su estudio. Además de estos ejemplares, conserva Olite una maza realizada por Hernando de Oñate el menor hacia 1579, anterior a ser reconocida como ciudad, pudiendo ser aprovechada a partir de algún cetro parroquial. Puente la Reina también guarda una delicada maza de la segunda mitad del siglo XVII, en virtud de su condición de buena villa con asiento en Cortes.

    

El acompañamiento festivo: banderas, música y comparsas de gigantes

La música siempre fue un componente fundamental en el acompañamiento de las corporaciones, siendo abundantísima la documentación sobre gaitas, clarines, timbales, danzantes y, finalmente,  bandas de música. Danzas valencianas, castellanas y aragonesas y gaitas tuvieron un gran predicamento hasta comienzos del siglo XX. Junto a los vistosos trajes de los músicos destacaban los paños de timbales y clarines. Se conservan los bordados de 1768 para el Ayuntamiento de Pamplona, obra del bordador aragonés Francisco Lizuain, uno de los más prestigiosos de la España de su época y autor de numerosos ornamentos en tierras navarras. El acompañamiento del grupo municipal de danzas del Ayuntamiento pamplonés data de 1949, contando con los diseños de sus vistosos trajes, realizados por Pedro Lozano de Sotés y Francis Bartolozzi.

Las banderas y su evolución también está por realizar. El Ayuntamiento de Pamplona conserva una realizada hacia 1830 bordada y pintada. De particular hermosura, diseño y color resultan las de Baztán y algunas localidades de Cinco Villas. Su uso y soporte hizo que se sustituyesen con frecuencia, aunque los modelos se solían copiar.

En cuanto a las comparsas de gigantes, hay que distinguir las primeras documentadas en los siglos XVII y las que surgieron tras un largo paréntesis a causa de la prohibición de Carlos III, en 1780, en procesiones y diferentes actos religiosos, por considerarlos una distracción ante la fe.

En Pamplona se documentan sus gigantes desde los inicios del siglo XVII. Entre las figuras destacables destacan las realizadas por el escultor Gaspar Ramos del taller de Sangüesa en 1640, así como las cabezas de 1657, obra del presbítero guipuzcoano Francisco Azpillaga, estrenadas en aquel año de la sanción pontificia del copatronato de San Fermín y San Francisco Javier. Tudela contó con comparsa desde 1614, por iniciativa del platero Felipe Terrén, con una justificación en el regocijo de las gentes, a imitación de lo que se hacía en otras ciudades españolas. En el último tercio del siglo XVII su dirección de la corría a cargo del más famoso retablista del taller tudelano, Francisco Gurrea. Estella contó, asimismo, con gigantes en el siglo XVII que surgieron, como en otros lugares, a partir de la tarasca del Corpus.

Estas ciudades volverían a introducir las comparsas a lo largo del siglo XIX para sus actos festivos: Pamplona en 1860, Estella en 1857 y 1905, y Tudela en 1902. Otras localidades lo harían a fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, muchas de las cuales figuran en la monografía de U. Lako y A. Calleja. Sirvan de ejemplos los casos de Corella, que bailaban hace más de un siglo con los gaiteros de Viana y los bailadores de Calatorao, y cuya existencia se remonta al menos a 1878. Hasta mediados del siglo XX se documentan, entre otros, los gigantes de Muruzábal (1906, donados por Esteban López Tafalla), Goizueta (1914), Sangüesa (1917 por iniciativa particular y 1919 municipal), Tafalla (1919), Cascante (1926 por iniciativa particular y 1941 municipal),  Cintruénigo y Lodosa (1944), Olite y Lerín (1946), Peralta y Elizondo (1947), Falces y San Adrián (1948), San Martín de Unx (1948-1949), Huarte-Pamplona (1951), Villafranca (1953), Los Arcos (1954), Fitero (1955) y Andosilla (1957).

La hemeroteca de Diario de Navarra da cuenta de la presencia de gigantes en algunas localidades en acontecimientos puntuales, en ocasiones llevados de otros pueblos, como las fiestas de Viana en 1905 y 1907, las inauguraciones del monumento a San Raimundo de Fitero en 1916 con los gigantes de Corella y de la casa consistorial de Leiza en 1917, la coronación de la Virgen del Romero de Cascante (1928), o las fiestas de San Blas de Ribaforada en 1927, anotándose en este último caso el disfrute de las gentes ante un espectáculo desconocido. Los autores de los textos señalan, una y otra vez, la “prosopopeya mayestática” con que paseaban los gigantes por las calles.

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