Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Patrimonio e identidad (8) Una serie grabada de los reyes pamploneses y navarros

01/02/19 Publicado en Diario de Navarra

La edición de los Anales de Navarra de 1766 con grabados de sus grandes pasajes históricos, estuvo precedida de otra malograda y destruida por la falta de fidelidad al texto original de Moret y Alesón. Sin embargo, desde el punto de vista de las imágenes, fue muy importante por contener una serie grabada de todos los reyes privativos pamploneses y navarros, en una recreación de los mismos, con sus emblemas heráldicos y alusiones a los hechos más importantes de su reinado. Hace unos años pudimos conocer la serie completa y la publicamos en el libro Reges Navarrae. Imagines et gesta (2002).
 

En sintonía con otras series dinásticas europeas

La citada edición destruida en 1757 tuvo su origen en 1750, cuando el impresor y editor Miguel Antonio Domech propuso a la Diputación del Reino la reedición de los Anales. Al año siguiente se firmó un primer acuerdo y en 1752 el convenio definitivo. Sin embargo, en abril de 1755 el mismo Domech presentó un memorial junto a un grabado de Sancho el Fuerte para que el proyecto editorial se enriqueciese con cuarenta y cuatro estampas correspondientes a los monarcas navarros, lo que supondría un coste de 1.500 pesos. Sin duda, Domech se había visto influenciado por ricas ediciones que pudo contemplar en sus viajes o en su propio establecimiento. Como ha estudiado Javier Itúrbide, Domech fue mercader de libros, hombre culto, políglota y erudito,  y, sin duda, consideró la idea de ilustrar la edición de los Anales con retratos de los reyes, al modo de lo que venían haciendo distintas monarquías europeas desde el siglo XVI. Entre los libros de monarcas y notables con retratos podemos mencionar: Austriacae Gentis Imagines de Gaspar de Oselle (Insbruck, 1569); la obra de Paolo Giovio Elogia Virorum bellica virtute ilustrium (Basilea, 1575); los Pourtraits et vies des hommes illustres de André Thevet, (París 1584); Ducum Brabantiae Chronica de A. Barlandi (Amberes, 1600), o las Effigies imperatorum Austricae stirpis (Harlem, 1644). Al respecto, recuerda F. Haskell cómo, a lo largo del siglo XVII, salieron de las imprentas de la mayor parte de los países europeos colecciones de grabados de  papas, cardenales, soldados, hombres de Estado, poetas y científicos, tanto de épocas pasadas como de aquella centuria, dirigidas a un público que obtenía de aquellas ediciones gran parte de sus impresiones del pasado.

En el memorial aludido de Domech a la Diputación afirma que la propuesta la hacía tras haber consultado “con personas eruditas” y en aras al “mayor lucimiento”, declarando que el precio no era caro. Los diputados entendieron que con aquellas imágenes incorporadas cerca de los textos que glosaban, se complementaba el conocimiento de los monarcas, a la vez que sus pretendidos retratos se acompañaban de una serie de atributos, símbolos y emblemas que hacían de su contemplación algo que excitaba la atención del lector. La propuesta fue aceptada y se firmó una escritura con la condición de hacer los grabados de medio cuerpo, incorporar el escudo heráldico de cada uno y que las “orlas, tropheos y ornato se varíen todas, así como ha de variarse los retratos de los reyes”.

Para evitar cualquier tipo de eventualidad se determinó que los dibujos preparatorios se presentarían a la Diputación, “antes de abrirse la lámina”, por si se estimaba oportuna alguna modificación. Una vez aprobado el dibujo y abierta la plancha, se había de presentar ésta última con un ejemplar estampado del grabado, para que todo estuviese a satisfacción de la institución y comprobar si era preciso reformar algún detalle, o abrir de nuevo la matriz.
 

El encargo a José Lamarca y otros grabadores

En mayo de 1755 se examinó la estampa de Sancho el Fuerte y otros dibujos, advirtiendo los diputados al editor que debía variar  “ornatos y rostros, poniendo unos a medio perfil y otros a perfil entero y que, disponiendo todos o la mayor parte que pueda, los presente juntos para la más pronta y mejor resolución y ejecución de la obra”. Se trataba de dar variedad y evitar repeticiones. A lo largo de aquel año se fueron aprobando diversos dibujos preparatorios y, a fines de febrero de 1756, había ya acuerdo firme en veintisiete casos. El grabador pamplonés de origen aragonés, Juan de la Cruz, fue llamado a emitir juicio sobre todo lo presentado, ya que en la Diputación entendían que no podían dictaminar sobre materias formales y técnicas.

En lo que respecta a la elección de maestros para llevar a cabo todo el proyecto, hay que recordar la disputa por la realización de los grabados que el impresor Domech encargó a José Lamarca. El experimentado platero y grabador pamplonés Manuel de Beramendi se sintió agraviado, entabló conversaciones con el editor y al no llegar a acuerdo alguno, presentó un memorial a la Diputación en el que, entre otros extremos defendía la técnica del buril frente a la del aguafuerte utilizado por Lamarca, afirmando que él las abriría todas “a buril, que aunque es más laborioso, es mucho más permanente y durable que abriéndolas con aguafuerte”.

De nada sirvió la reclamación y Domech, de acuerdo con lo estipulado con la Diputación, realizó el encargo a quien estimó oportuno, mayoritariamente al aragonés José Lamarca, que rubrica en treinta y cinco ocasiones, quedando tres sin firma de grabador. Antonio Navaz, platero estellés avecindado en Pamplona, rubrica dos grabados y coloca el excudit, mientras que José Lamarca utiliza el fecit o faciebat, lo que indica no sólo la autoría del grabado sino de la composición.

El trabajo de Lamarca para los Anales lo hizo íntegramente en la capital navarra, a donde se trasladó con su familia para llevar a cabo su tarea, como haría años más tarde para realizar las cabeceras de la misma obra, en su edición de 1766, pese a que Lamarca acabó muy mal con Domech, a cuenta de los retratos de los monarcas y otras obras que había trabajado para el citado impresor.

 

Los grabados

Lamentablemente, la edición que contenía los retratos reales se mandó destruir completamente en 1757 por interponer notas y adiciones inoportunas, contrarias a las reglas de las reimpresiones. La misma suerte corrieron las estampas, las cuales  dejaban mucho que desear desde el punto de vista de quienes las analizaron con todo rigor que fueron el doctor José Ramón Miranda y el segundo un jesuita, el Padre Mateo Javier Calderón. Incluso se llegó a contar con el informe de un tercero, el del licenciado Sagardoy.

Por fortuna, localizamos una colección encuadernada de cuarenta grabados que nos sirvió para el estudio antes citado. Últimamente, también hemos tenido acceso a 13 planchas que sirvieron para la estampación de aquellos grabados. Se conservan en el Archivo General de Navarra y corresponden a los siguientes monarcas: Iñigo Ximénez II, Ximeno, Iñiguez, Fortuño García II, García el Tembloso V, Sancho el Mayor IV, Teobaldo I, Teobaldo II, Enrique, Juana I, Felipe III, Fernando el Católico y doña Juana y don Carlos. El resto se debieron de reciclar en las nuevas matrices de la edición de 1766, pues al secuestrarse la edición completa, todas las planchas se entregaron a la Diputación y se reaprovecharon en la confección de las láminas abiertas para la edición de 1766.

Una característica común a todos los retratos reales es la presencia de prisioneros, esclavos y salvajes, junto a armas y trofeos militares que evocan los triunfos de los reyes y de la monarquía pamplonesa y navarra de época medieval. Por lo demás, la organización es muy repetitiva, con el óvalo más o menos ornamentado y de disposición mixtilínea en casi todos los ejemplos, para albergar la figura o figuras de los reyes. En el caso de matrimonios o madre e hijo, generalmente se ubican en la misma cartela, a excepción de los de don Felipe y doña Juana y de don Juan y doña Blanca, en que encontramos dos óvalos independientes para cada una de las figuras. En algunos casos, en la parte inferior, a ambos lados de la arquitectura o del escudo, aparecen pasajes de hazañas de los monarcas. A veces, además del escudo heráldico, hay también divisas o empresas particulares de cada soberano.

Otra característica reiterada en todos ellos es la presencia del sol en sus retratos, a excepción de aquellos que no fallecieron de muerte natural, en cuyo caso aparecen el cuchillo, la espada o algún objeto que identifique la violencia del óbito. Se trata de auténticos reyes solares. Víctor Mínguez analizó pormenorizadamente en un magnífico trabajo la presencia del astro solar y su significación emblemática junto a los monarcas. La serie de los reyes navarros constituye un testimonio de soberanos que reinan bajo el sol, símbolo en diferentes culturas de cualidades y virtudes positivas y beneficiosas, por lo que los gobernantes, lo utilizaron para su representación.

A esas claves de índole más general, hemos de añadir otra relacionada con la idea del mentor de las láminas, el impresor Domech, que afirma inspirarse en Diego Saavedra Fajardo, autor de la Idea de un Príncipe político cristiano representada en cien empresas (Munich, 1640), publicación de obligada consulta entre quienes ideaban imágenes en la España de los siglos del Barroco.

 

Tres ejemplos

La representación de Fortuño García II lo presenta José Lamarca coronado y con casco. Aparece frontalmente y se acompaña de la cruz y unos cilicios que aludirán a su condición de monje, lo mismo que los dos pasajes inferiores, con un monasterio y el propio monarca con hábitos. El Padre Calderón, censor designado por la Diputación, hace gala de su sentido crítico, en este caso sobre las proporciones de personas y construcciones y la ubicación de la corona, cuando dice: “A este rey, cuando nos le representa ya monje, se había de haber puesto la corona a los pies, o como que la daba la mano. La iglesia y la ermita son mucho menores que las personas que van a entrar en ellas”. Consta efectivamente, que Fortún Garcés, caudillo que dirigió el núcleo pamplonés a fines del siglo IX, se retiró siendo muy anciano al monasterio de Leire, en el año 905, abandonando el mundo, motivo por el cual las fuentes cristianas le conocen con el sobrenombre de el monje, mientras que las musulmanas le agregan el de el tuerto.

García Sánchez III el de Nájera que fue rey de Pamplona desde la muerte de su padre hasta 1054, figura como el decimoquinto de la serie con el nombre de García el de Nájera VI. Con sus manos empuña un bastón de mando y la espada. En la parte inferior encontramos a un caballero arrodillado ante un altar con la Virgen y una ciudad amurallada, además de un jarrón de azucenas con la inscripción: “Orden de la Terraza Año 1044”. La imagen mariana alude a Santa María de Nájera, lo mismo que la población. Los desacuerdos del padre Calderón se ciñen, en esta ocasión, a la presencia del sol y a algunos otros detalles, cuando afirma: “Si en las láminas de otros reyes que murieron en guerra o violentamente se omite poner el sol y se pone en su lugar espada o saeta, habiendo muerto este don García de una lanza y entre los brazos del bienaventurado San Íñigo, que le reclinó en ellos, debiera omitirse el sol y no disimularse este lance tan para notado. También se pudo haber dispuesto alguna gente que acompañase al rey en su caza, aunque por haberse éste apartado de la comitiva, se representase a otro lado. En esta lámina ya se nota la fundación de Nájera y del orden de la Terraza año 1044, más por lo mismo se echan menos cuando se omiten en otras semejantes fundaciones, porque juzgarán lo que no son muy afectos a la nación y a sus reyes que estos no hicieron las fundaciones de que se glorían y se da motivo a algunas quejas”. La leyenda de la aparición de Santa María la Real de Nájera y la institución de la orden de la Terraza, las narra el Padre Moret.

La estampa de Sancho el Fuerte fue realizada por el platero Antonio Navaz y su dibujo fue el que Domech presentó como modelo al Reino para convencer a sus diputados en aras a incorporar los retratos de los reyes a la edición. Estilísticamente, se diferencia de las ejecutadas por José Lamarca por el horror vacui y la utilización de elementos de la tradición barroca. El soberano aparece de frente con armadura y golilla, corona real y casco, sosteniendo la espada y el cetro. En su orla destaca el escudo con las cadenas en la zona superior, mientras que en la inferior aparecen grandes armas de guerra, su espada, el escudo, una enorme maza, amén de arcos, trompetas, picas y estandartes, uno de ellos con la imagen de una Virgen con el Niño y la inscripción “TIBI VICTORIA” y otro con un fragmento de cadenas con otro texto que reza: “ANNO 1212 REGAL MANU NATA”. El Padre Calderón hizo un largo comentario sobre varios aspectos que afectan a la divisa, ya que “este rey usó de la divisa del águila negra con las alas abiertas y corriendo por ellas y el cuello una banda blanca y otra por el remate abajo, constantemente antes de la batalla de las Navas, aunque después usó indiferentemente ya de las cadenas, ya la del águila por divisa, como consta del Padre Moret en varios lugares”.
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