Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Evocaciones en las representaciones de la Epifanía

04/01/19 Publicado en Diario de Navarra

Si alguna escena de la infancia de Cristo se desarrolló, en las artes figurativas, en Occidente fue la de la Epifanía, en razón de su significado, como manifestación de Jesús que se da a conocer. Antes de que las cabalgatas se popularizaran en el siglo XX, los relieves y pinturas de la Adoración de los Reyes, presentes en claustros, portadas y retablos de los templos, cobraban especial significado y proyección en las celebraciones navideñas. La palabra, glosando el evangelio de San Mateo, y aquellas imágenes se asociaban, en perfecta  armonía, para mostrar ante los fieles la manifestación de Cristo a todo el mundo, significada ante aquellos singulares adoradores.

La indumentaria primitiva de los magos fue vistosa y colorista, propia de los sacerdotes y sabios orientales: Más tarde, en los siglos del Románico se hizo más sencilla, al mismo tiempo que su tocado se sustituyó por la corona real. Al respecto, hay que tener en cuenta que el concepto de mago había ido adquiriendo un tono peyorativo, equiparándose al de brujo, y se quiso dignificar su imagen atribuyéndoles una posición real. En el arte de los siglos de la Edad Moderna, los Reyes Magos aparecen a caballo, con hermosos cortejos, vistiendo como monarcas occidentales, con armiños y ricas capas, acompañándose de coronas y cetros. Los tres Reyes se asociaron durante algún tiempo con los tres continentes conocidos, aunque también se  relacionaron con las tres edades del hombre.

 

Coronas, joyas, cetros y vestimenta real

Un conjunto de ricas piezas distinguirán a los Reyes Magos en sus representaciones en las artes figurativas. Sus vestimentas contrastan con las atemporales de pastores y otros protagonistas de las escenas del nacimiento e infancia de Cristo. Túnicas elegantes de brocado y adamascadas, capas frecuentemente forradas de armiño, bandas, botonaduras, cinturones, medias y otras prendas de vistosos colores llaman siempre la atención en sus representaciones. El armiño, tan generalizado en las capas y mucetas, simboliza la pureza y la castidad y es atributo del tacto en la representación alegórica de los cinco sentidos. En el siglo XV encontramos cuidadas vestimentas e incluso tocados cortesanos, como podemos contemplar en los retablos de Santa Catalina y de la Virgen de la Esperanza de la capilla de los Villaespesa de la catedral de Tudela.

Las coronas, solas o sobre coloridos turbantes, destacan por los brillos dorados de sus metales. A veces, ricas pedrerías las enriquecen todavía más. Frecuentemente las ciñen sobre la cabeza, en otras ocasiones ya se las han quitado, depositándolas en el suelo del portal de Belén o en manos de sus pajes. En cualquier caso, siempre son transmisoras de la dignidad, honor y autoridad de sus portadores, aunque tipológicamente no se adapten a las características coronas reales, sino que mezclan elementos de otros tipos de coronas nobiliarias.

Broches, collares e incluso veneras forman parte también de su alhajamiento como monarcas en aras a ensalzar su posición y rango. Algunas veces portan cetros, como atributos de poder. Más excepcionalmente pueden llevar espadas que aluden a la justicia, virtud por antonomasia que se atribuía a los monarcas en la literatura y las artes visuales.

 

Ricos recipientes para el oro, el incienso y la mirra

Los dones de los Magos se asocian al Niño rey (oro), Dios (incienso) y profeta (mirra). Ésta es la interpretación más generalizada, si bien no faltan otras, como la de San Bernardo, que señala, de modo más prosaico, que el oro estaba destinado a socorrer la pobreza de la Virgen, el incienso a eliminar el mal olor del establo, y la mirra a desparasitar al Niño, librándolo de insectos y gusanos. El obispo-virrey Juan de Palafox los interpreta así: “Ofrécenle oro, incienso y mirra y el Niño Dios le volvía por el oro caridad, por el incienso una instante y fervorosa oración y por la mirra la virtud de la mortificación”. Los dones se contienen en las representaciones de la Epifanía en ricos recipientes, generalmente arquillas y vasos sagrados.

La pintura gótica y renacentista en Navarra, más que el resto de las artes figurativas, presenta modelos de cálices, copones y arquetas, en donde los Magos depositan sus dones, realizados con elegantísimos diseños, en general procedentes de grabados. Naturalmente, los distintos ejemplos se adaptan a las tipologías y modelos de ambos periodos.

Grandes copas doradas y afiligranadas con pináculos de arquitectura ojival lucen algunas obras, como la Epifanía del retablo de la capilla de los Villaespesa de la catedral de Tudela, obra de Bonanat Zahortiga (1412) y del retablo mayor del mismo templo, obra de fines del siglo XV realizada por Pedro Díaz de Oviedo. A lo largo del primer tercio del siglo XVI aún permanecen los modelos tardogóticos como se pueden ver en las Adoraciones de los Reyes del retablo de los Caparroso de la catedral de Pamplona (1507) o en el mayor de Huarte-Pamplona, obra de Juan de Bustamante (1535).

Los modelos renacentistas con copas de gallones se popularizaron en los relieves de los retablos del segundo tercio del siglo XVI y a lo largo de los últimos años de la citada centuria encontramos sobresalientes modelos manieristas en los retablos mayores de los monasterios de La Oliva y Fitero, obras de Rolan Mois. En ambos casos Melchor trae el oro en un bellísimo cofre de triple cubierta, Gaspar ofrece el incienso en una copa sin pie, mientras que Baltasar sostiene una elegantísima naveta de cristal de roca para la mirra. Los personajes reales y de su cortejo se avienen a lo que se pedía al pintor en el contrato suscrito en 1590, en que se exigía “que las figuras sean como naturales como lo muestra en la traça ….. toda la pintura a de ser al óleo y de muy perfectos y finos colores y todo de buena gracia”.

Una copa de diseño manierista con máscaras enfrentadas se puede ver en la Epifanía del retablo de la Asunción del citado monasterio de Fitero, copia seguramente de estampas de Fontainebleau.

La llegada del naturalismo en el siglo XVII parece haber olvidado en esculturas y pinturas el interés por aquellas maravillas de orfebrería, más propias de grandes mesas palaciegas. En 1650 firma una Epifanía de grandes dimensiones el pintor Lucas Pinedo que conservan las Clarisas de Olite y proviene del monasterio de Santa Engracia de la capital navarra. Su composición se basa en la conocida estampa rubeniana de Luc Vosterman. En un ambiente aún tenebrista destacan los ricos ropajes de los magos, así como la copa del oro de Melchor, un auténtico incensario con sus cadenas para el incienso de Gaspar y una delicada arquilla para la mirra de Baltasar.

 

Los cálices limosneros

En relación con esos ricos recipientes para los dones y la fiesta de la Epifanía, hemos de citar los cálices limosneros que se conservan entre los ajuares litúrgicos de iglesias y conventos. Su origen se relaciona con la etiqueta palatina de la casa de Borgoña, instaurada en España por Carlos I. Según se recoge en documentación de la época de Felipe IV, el día de Reyes, en la Capilla Real se realizaba una ceremonia desde la época del emperador. El texto nos dice: “El emperador Carlos V, ofrecía el día de Reyes en la misa tres cálices de plata dorada de hechura de copas, todos los tres de cien ducados poco más o menos de valor, el uno tenía una moneda de oro, el otro incienso y el tercero cera, y se los daba de su mano el Mayordomo Mayor estando presente, y en su ausencia o falta el semanero, o algún señor de los que allí estaban si su Majestad lo mandaba…”. Al finalizar la misa, el monarca los entregaba como limosnas a diferentes iglesias que los habían solicitado o a aquellas de su particular interés o devoción.

En las parroquias de Legasa (1647), Solchaga (1776) y  Morentin (1777) y en las Carmelitas Descalzas de Pamplona (1744) y Dominicas de Tudela (1749),  existen elegantísimos cálices limosneros. Por lo general, era el Patriarca de Indias, en tanto que capellán de la Casa Real y limosnero mayor quien podía influir en el destino de los cálices utilizados en la mencionada ceremonia. La amistad o conocimiento de personas de la Real Capilla de aquellas localidades navarras y la pertenencia de algunos integrantes a la misma institución pudo facilitar la llegada de todas aquellas piezas a Navarra. Los ejemplos mencionados cuentan con la correspondiente inscripción que avala el origen de los mismos con los nombres del Patriarca y las fechas y son todos piezas cuidadas y de elegante diseño.

 

Un escaparate excepcional en Recoletas de Pamplona

Los escaparates, se definen  en el Diccionario de Autoridades (1732) como “alhajas hechas a manera de alhacena o armario con sus puertas y andenes dentro para guardar buxerías, barros finos y otras cosas delicadas, de que usan mucho las mugeres en sus salas de estrado para guardar sus dijes”. Formaban parte inseparable y singular de los interiores nobiliarios españoles. Así lo refleja en 1690 la baronesa de Aulnoy en su Relation d’un voyage en Espagne, quien describe con entusiasmo los escaparates españoles como “una especie de armarito cerrado con un gran cristal y lleno de todo lo que es posible imaginar de más raro”, siendo éstos “lo que más bello he encontrado allí [en España]”.

Consta por tradición en algunas casas religiosas que en otras épocas, en general hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando aún había tiempo suficiente, hubo religiosas especializadas en ese tipo de trabajos: pequeñas capillas, celdas, conventinos, reproducción en miniatura de refectorios, coros e incluso oratorios. Los destinatarios de todos esos cumplimientos de las monjas eran sus familiares o los benefactores.

En la sala capitular de Recoletas de Pamplona se conservan algunos escaparates realizados por las monjas, con cabezas y manos de las figuras realizadas a partir de moldes. Entre ellos destaca el de la Adoración de los Reyes que se encuentra inventariado en 1731. El conjunto de la Epifanía quizás deba considerarse como una reducción de la escena de la Adoración de los Magos con su cortejo, del gran belén que se custodia desde el siglo XVII en la clausura de las citadas religiosas. La fecha exacta de su realización no distará mucho de su inclusión en el inventario citado. El artista que ejecutó los moldes del conjunto, con gran probabilidad algún italiano o francés, trabajó en otros modelos afines, como la campana con el mismo tema de la Adoración de los Reyes, del Museo de la Encarnación de Corella, procedente de las Carmelitas Descalzas de Araceli de la misma localidad navarra.

Como en el belén grande o monumental de las mismas religiosas, el Niño Jesús aparece sentado sobre el regazo de su madre, la Virgen María que figura como auténtico trono o sedes sapientiae. Hasta el día de Reyes, el recién nacido aparecía fajado y en pesebre para recibir la adoración de los rústicos y pastores, pero para el día de su manifestación o de la Epifanía, se le colocaba en un sillón o trono o en el regazo de su madre, para recibir a los grandes de la tierra –significados en los Reyes Magos- como un auténtico Rey de Reyes.

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