Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

En torno a la Navidad tradicional: belenes, villancicos y turrones

21/12/18 Publicado en Diario de Navarra

La navidad ha contado con costumbres y tradiciones diversas, entre las que destacan los belenes, villancicos y turrones. En Navarra podemos rastrear sobre ello, siempre teniendo en cuenta que, como fiesta, atesora pluralidad de constantes en torno a la diversión y el entretenimiento: reuniones familiares, festejos en las calles y plazas, ruptura del orden social con el levantamiento de ciertos vetos, despilfarro, danzas, canciones y excesos en la comida y la bebida. Como todas las fiestas, las navideñas, también han constituido un fenómeno dinámico, con tradiciones que se mantienen, otras que se pierden,  e incluso otras que reaparecen o se crean con el paso de los años.

A través de estas líneas trataremos, en esta ocasión, sobre algunos aspectos de los tres componentes antes citados: belenes, turrones y villancicos. Tres elementos de distinto origen, pero ensamblados perfectamente en las celebraciones festivas del periodo navideño con singular armonía.

 

Tres percepciones sobre belén: Caro Baroja, Iribarren y Uranga

Bien entrado el siglo pasado y cuando los belenes historicistas ganaban terreno a los populares y tradicionales, tres relatos de Julio Caro Baroja, José María Iribarren y José Javier Uranga dejaron constancia de sus opiniones y vivencias en torno a los conjuntos que habían contemplado en su niñez, antes de que los talleres de Olot inundasen el mercado de figuras con sus modelos de raigambre historicista con paisajes y figuras orientalizantes, junto a las estudiadas perspectivas de sus dioramas.

Julio Caro Baroja incluyó su texto en el libro de Memorias familiares, publicado por primera vez en 1972, evocando el mercado de la Plaza de la Santa Cruz de Madrid allá por los años veinte, con los puestos de casetas, figuras e instrumentos navideños. Distingue las procedencias de la figuras, con una mayoría de Murcia y otras finas de Granada, herederas de los barros andaluces decimonónicos, “desde las mas atarugadas y groseras, pintadas con colorines brillantes, a las más delicadas, había también diferencia de precio sensible”. Además de los personajes de los Evangelios, enumera a “la castañera, la mujer que hila con su gato aislado, el hornero, la vieja con la zambomba, el pastor solitario, o los grupos: la Sagrada Familia frente a la posada, el molinero, la Anunciación a los pastores, el hombre con su yunta. Toda la vieja sociedad campesina del Sur se podía encontrar representada en figuras y grupos, con independencia de la formación física o de acuerdo a un canon del Nacimiento navideño”. Reconoce que es en estos últimos tipos en donde se deleitaba: “Pero a mí, me interesaban más que las figuras centrales, que los Reyes magos o que Herodes con sus soldados (que recordaban a los “armaos” de las Procesiones de Semana Santa del Sur), los humildes personajes que en la sociedad meridional, católica de Italia, de España, de Provenza o de la Alemania del Sur, había imaginado que habían ido a rendir homenaje al niño-Dios, en un momento. Tampoco me interesaban porque creyera que eran humildes o pobres de espíritu, sino porque me divertía pensar en sus trabajos cotidianos, en sus yuntas, pozos, fuentes con cántaras y borriquilla con albardas o aguaderas, en los aparejos para hilar o efectuar otra tarea. Jugaba largas horas ajustando su vida. Mi tío Pío colaboraba en esto, dando interpretación a los personajes creados por los imagineros populares”.

Con esta vivencia personal termina el relato: “Se comprenderá, pues, la alegría e ilusión que tenía yo, a los nueve y diez años, cuando mi abuela y mi padre me daban una cantidad de pesetas en plata muy respetable según mi cuenta y acompañado y aun asesorado por la Julia iba calle Mayor arriba, a ver nacimientos, y llegaba al mercado de Santa Cruz, a completar, a ampliar mi colección de figuras. Los grupos eran lo que más me tentaban, y así llegué a tener muchos que me servían de juguete durante el invierno, aunque mi abuela solía querer que cerrara el ciclo, con arreglo a las fechas canónicas y que guardara las figurillas protocolariamente”.

José María Iribarren escribió en este mismo rotativo un artículo el 26 de diciembre de 1930 con la misma ambientación en la madrileña plaza de la Santa Cruz, “invadida de tinglados, en esqueleto de tablas, con las gradas llenas de figuricas”. Reconoce que, como un niño, se paraba en los puestos y describe a vendedores y compradores, generalmente madres con sus hijos, con simpáticos diálogos entre ambas partes.

De su texto copiamos lo siguiente relativo a los instrumentos y figuras: “Veo puestos llenos de panderos como enormes lunas de pergamino. Otros en que de una cuerda pende una hijada de estrellas rabudas, brillantes. Pero lo más curioso son los grupos de figuricas. Hay aldeanos despatarrados sobre el lomo de sus borricos, tocando muy serios un violín de oro. Y extraños pescadores alzando su caña sobre un charquito de plata mísero y somero. Me ha chocado ver unas figuras, mejor dicho, eran medias figuras de unos hombres en camisón con gorros de dormir rojos como barretinas. Del pecho les brota un alambre torcido de un candil. ¿Y estos hombres desvelados para qué son?, he preguntado a la vieja… “Son –me ha dicho- para ponerlos en una ventana del mesón cuando llama la Virgen y San José”. Me ha hecho mucha gracia ver estos “hombres malos” del belén. Pero es en las figuras de los Reyes donde resplandece la rudeza, la simplicidad primitiva del artífice. Algunos parecen idolillos ibéricos. Los hay tan estilizados en su tosquedad que se confunde la cabeza y el pecho de sus caballos rechonchos. He visto unos Reyes cuyas cabezas eran triangulares, como unas recias flores de lis rabiosamente doradas. Una señora se acercó a uno de estos puestos ¿Qué valen estos”, dijo señalando la hilera de los Magos con sus camellos de mercancía. El vendedor le ha dicho: “La Parada completa ocho pesetas”.

Por último José Javier Uranga, también desde su sección en este periódico escribió el 14 de diciembre de 1961, un delicado artículo titulado “Figuricas y belenes”, anotando que las fiestas navideñas lo eran del escaparate y de figuras de belén. Eran tiempos en que el plástico sustituía al barro y de belenes denominados artísticos o de perspectiva y lo anota, para concluir: “No sé por qué, a mí no me gustan esos belenes artísticos, ambientados en el paisaje geográfico de Palestina, sin una mancha verde donde descansar la vista. Prefiero los de antes, húmedos y suaves como el Baztán, con mucho musgo y cordilleras de corcho y harina para la nieve y serrín para los caminos y espejos rotos para las lagunas y papel de plata para los ríos. Belenes con reyes desmontables, horriblemente zambos cuando llegaba su día y los poníamos a adorar al Recién Nacido; con pastores mutilados y un cazador con trabuco al acecho de las palomas en un bosque de ollagas secas; con estrellas de abalorios y hogueras de celofán. Un belén tocable y movible, en el que las figuras cambiaban de lugar y los reyes avanzaban lentamente sobre la arpillera del fondo. Ya estamos en los días de preparar el belén. No os importe que se manche la casa, que las mujeres protesten; aunque no tengáis sitio, con poco dinero poned el belén. Con él y junto a él pasaréis los mejores días del año. No os quede duda”.

 

Los turrones

Fernando Serrano en sus sobresalientes estudios proporciona datos interesantísimos. Así, proporciona precios de comienzos del siglo XVII sobre los precios en Pamplona del turrón blanco y del de Alicante que era un poco más caro, documentando asimismo el turrón rojo elaborado con mieles más claras que el negro y el de mazapán. Asimismo, da cuenta de la denuncia y pleito en que se vio envuelto el confitero de Viana Martín de Zugarrondo, por no tener las provisiones de turrón para el abastecimiento de Viana en 1687, algo a lo que estaba obligado particularmente por Navidad, en unos momentos en que el consumo del turrón ya se había popularizado. El citado confitero fue multado dos veces “por no tener turrones para el día de Navidad, siendo su obligación de su oficio, pese a sus quejas, en las que reconoce que desde hace más de diez años que no los acostumbra a hacer, respecto de que es hombre de mucha edad y que padece algunos achaques y para hacer dichos turrones se necesita de mucho trabajo”.

En las ordenanzas que se hicieron en 1819 a petición de las Cortes de Navarra para los confiteros, que no llegaron a entrar en vigor, se trata de la preparación del turrón, con todo tipo de detalles: “Que todo género de turrones, así blancos como rojos se hayan de trabajar; el blanco con la miel más blanca que se pudiere, limpiando los piñones de su casas y rancios, tostándolos muy bien y majándolos y pasándolo por una criba, echándole las claras de huevos frescos correspondientes a la cocha que fuere, dándole el punto necesario reduciéndose a tortas o barras según le pareciere, y en esta forma todas las demás cochas que se trabajaren de almendras o avellanas, a excepción del mazapán, el cual se deba trabajar dándole el azúcar clarificado a la almendra bien limpia, seca y picada. Dándole las claras correspondientes y echándole su picadillo de dulce o grajea y dándole punto correspondiente. La miel se eche al perol en donde tostándolos con la misma miel  dándoles el punto necesario que al oficial parezca antes y después de echar la fruta y teniendo prevenida la mesa lo escudille y se reduzca a tortas o barras”.

En 1818 se data el Libro de Confitura del confitero de Olite Elías Gómez, publicado por R. Ciérbide, J. Corcín y F. Serrano. En él se contienen las recetas para hacer, entre otros, mazapán, turrones de Alagón, naranja, limón, granda o canela, guirlache, de Portugal, Indiano, de nieve, de Alicante, Jijona …etc.

También las monjas de clausura tenían y tienen sus propias recetas, algunas recogidas en copias manuscritas. En los menús de Navidad desde el siglo XVIII figuran los turrones y mazapanes de la cocina conventual.

 

Villancicos: desde la música culta a la popular

El belén en los hogares, en los conventos y en los templos generó toda una explosión del alma popular en la literatura y la música, de desigual valor. Desde villancicos polifónicos a Ave Marías pastorelas, en el consabido compás de seis por ocho, un largo repertorio de auroras, villancicos populares y cantares para festejar la navidad son aún rastreables entre las personas mayores. Algunas poesías conservadas evocan, en sus diálogos, a los ancestrales textos del Oficium Pastorum. Particular interés poseen, asimismo, las versificaciones de las auroras de los pueblos que han conservado las letras y melodías seculares.

La catedral de Pamplona requería a su maestro de capilla a fines del siglo XVIII la composición de 36 villancicos, de los cuales siete estaban destinados a la navidad. Desde 1730 se vigilaban las letras para evitar que “hubiese alguna cosa no correspondiente a la gravedad de los Divinos Oficios”. En la colegiata de Tudela el maestro de capilla también estaba obligado a componer villancicos para la noche de Navidad. Recientemente, hemos podido documentar que en algunos conventos de clausura, como las Benedictinas de Estella, se solicitaban composiciones de villancicos a maestros de la ciudad o de Alfaro en el segundo tercio del siglo XVIII. En las Comendadoras de Puente la Reina, se prohibió en 1762 que “jamás se permita que por tiempo de Pascuas de Natividad y Reyes, se cante después de Vísperas villancico que llaman de chanza”. Con esta última expresión se conocían composiciones especialmente festivas, graciosas e incluso burlescas. Algunos villancicos navideños llevaban ese subtítulo “de chanza”, como ocurre en la Jácara de Fandanguillo (c. 1733) del sangüesino Juan Francés de Iribarren. En la catedral de Valencia se suscitó una polémica en torno al carácter jocoso, carnavalesco y de auténtica bufonada de un villancico en 1759.

Algunos archivos de música de las parroquias conservan partituras de villancicos, fundamentalmente de la segunda mitad del siglo XIX, algunos con arreglos para interpretar con diferentes instrumentos. Algunos perteneces a maestros locales, otros son copias de los exitosos de Mariano García Zalba y de otros organistas y músicos de la catedral de Pamplona. El siglo XX, no parece haber sido tan creativo, ya que en él se interpretaron, por lo general, partituras impresas de afamados compositores.

Los instrumentos pastoriles, zambombas, panderetas descomunales adornadas con lazadas de cascabeles, campanillas, hierrillos, panderos y tamboriles de los siglos XVIII y XIX dan testimonio de la riqueza religiosa y antropológica de las fiestas de la Navidad. Las letras de muchas melodías cantadas por calles y plazas, en muchas ocasiones, tenían como protagonistas a personas y tipos populares de los pueblos.

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