Ricardo Fernández Gracia, Profesor de Historia del Arte, Universidad de Navarra

Tradición franciscana y Navidad en Navarra

07/01/10 Publicado en Diario de Navarra

En el origen del belenismo y de algunas tradiciones navideñas en Europa destaca la figura de San Francisco de Asís.

En una biografía del santo escrita en la segunda mitad del siglo XIV que se conoce como las Florecillas (Fioretti), se relata cómo el poverello preparó el pesebre en Greccio la noche de Navidad, escenificando el nacimiento de Cristo para experimentar con sus propios ojos "lo que sufrió en su invalidez de Niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno".

No faltaron en aquella ocasión, que se sitúa en 1223, ni el pesebre, ni el heno, ni los animales. En aquel ambiente, Francisco se desbordó en suspiros y "traspasado de piedad, se derretía en inefable gozo". Asimismo predicó, como diácono, al pueblo y alguno de los presentes gozó de una inefable visión. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría. Aunque no fue la primera celebración de este tipo, es considerada un importante evento religioso, una fiesta única.

Ni que decir tiene que con el carisma franciscano, tanto en la rama masculina como femenina de la Orden, todo lo referente al belén y la Navidad ha poseído siempre una gran significación. Franciscanos y Clarisas difundieron costumbres navideñas por la cristiandad para que Jesús despertase durante la Navidad en el corazón de las almas devotas. En algunas ocasiones se representará a San Francisco y Santa Clara junto al pesebre y el Niño Dios. La contemplación de la humanidad de Cristo, como un niño desnudo, fue un tema muy popular durante los siglos del Barroco.

Franciscanos de Tudela

La Nochebuena popular tenía en Tudela una especial cita en el convento de Franciscanos, con una procesión del Niño Jesús para ser colocado antes de la Misa del Gallo en el presbiterio, en el interior de una gran cueva, en la que ya estaban dispuestas las imágenes de la Virgen y San José. Por unas diligencias judiciales sabemos que, en 1795, un grupo de hombres que se habían pasado con el vino, organizaron ciertos desmanes en el interior de la iglesia conventual, con silbatos de los que utilizaban los capadores por las calles, una vihuela y una corneta, a la vez que intentaron procesionar con algunas imágenes y soltaron unos cohetes de serpentinas por el suelo.

Un testigo, llamado José Puyo, además de informar de los excesos, nos cuenta cómo ayudó al sacristán a preparar entre otros objetos la cueva para la adoración del Niño Dios, así como los hacheros para su iluminación. Asimismo indica que los borrachos que entraron en el templo intentaron coger las imágenes de la Virgen y de San José que estaban en la cueva. Otro de los llamados a declarar, Joaquín Añón, da más detalles del ceremonial de aquella noche, en la que los frailes franciscanos realizaban una procesión alrededor del templo portando al Niño Jesús para colocarlo en la citada cueva o portal que se encontraba dispuesta y preparada al lado del altar mayor, cobijando a San José y la Virgen.

Un sacerdote francés exiliado, José Branet, nos describe en 1797 la función que tenía lugar en la misma iglesia de los Franciscanos, durante el día de Reyes, del siguiente modo: "Tres hermanos grandes singularmente vestidos, y uno de ellos con la cara embadurnada de negro, entraron en la iglesia al principio de la misa. Iban precedidos de un farol, o linterna de cristales muy brillante, colgando en el aire, que imitaba la estrella, y la seguían. Llevaban en sus manos los presentes oportunos que iban a ofrecer al Niño recién nacido. Bailaron parte de la misa, lo mismo que otros muchos niños, al son del órgano, en el cual se tocaba una gallegada o contradanza. Terminaron por comulgar en dicha misa. Así terminó esta ceremonia donde había muchos espectadores".

Tafalla y Olite

En el convento de los Franciscanos de Tafalla, Ángel Morrás en sus Memorias-Escenas de la vida tafallesa, refiere cómo a principios del siglo XIX y durante el ofertorio de la Misa del Gallo, salían a bailar un ganadero, apellidado Flamarique, y una mujer, barbiana y desenvuelta, muy popular en la ciudad, apodada "la Chula". Un fraile montañés, el Padre Gorriti, salía a la mitad de la iglesia conventual, tocando el chistu y el tamboril, e invitaba a los bailarines con esta copla, más propia de una zambra que de una misa: "Salga la Chula / con Flamarique; / salga la Chula, / salga a bailar".

Respecto a Olite, en el libro Postrimerías del Castillo de Olite publicado por el franciscano P. Celso Gónzalez, en 1915, leemos en referencia a las funciones de Nochebuena: "El Padre era el preste obligado en las grandes solemnidades y había que verle singularmente en la clásica fiesta que entonces se celebraba en San Francisco, la noche de Navidad, con asistencia del ayuntamiento y gran concurso del pueblo. Los ediles concurrían vestidos con la clásica golilla, aquella vestimenta honorable que tanto viso daba a las Justicias españolas y que hogaño está harto mal suplida con el frac y la chistera, acompañando al ayuntamiento, su macero y los ministriles tocados con puntiagudos tricornios. Después de celebrada la misa del gallo que tenía indefectiblemente el P. Morrás, descendía de la cúpula, pendiente de larga cuerda, una especie de alcachofa artificial, la cual, merced a un ingenioso mecanismo, al llegar cerca del suelo se abría en dos mitades, dejando ver en su centro al Divino Infante reclinado en preciosa cuna. Los pastores del pueblo, previamente invitados, comenzaban entonces una danza original en torno al niño Jesús, símbolo de la alegría que experimentaron sus hermanos de Belén al presenciar el misterio que salvó a los hombres, y concluía la fiesta adorando todos al niño, comenzando por los pastores los cuales se marchaban desde allí, ya comenzada la pascua y cesada la abstinencia, a comer la sopa-cana hecha de pan y adobada con sebo de capón".

Pamplona y Sangüesa

Entre los belenes que llamaban la atención en la capital navarra a fines del siglo XIX estaba el de los Capuchinos de San Pedro por su ambientación y figuras. Aquellos religiosos, hijos de la rama más joven de los Frailes Menores siguieron fieles a una tradición secular franciscana antes de que el belén entrase definitivamente en todos los hogares con pequeñas figuras, ya a fines del siglo XIX y el siglo XX. En un artículo de fray Sebastián de Goñi de la revista Pregón de 1945, leemos al respecto "El belén de Capuchinos! ¿Quién hay en Pamplona que no lo conozca? Pero he dicho poco: no creo exagerar si afirmo que la Cuenca entera ha desfilado, con el rotar del tiempo, para contemplarlo y desbordarse luego en ponderaciones encendidas. Hasta hace algunos años no había otro en Pamplona que se atreviera a hombrearse con él, ni mucho menos a hacerle competencia". En 1951 una crónica reza: "Durante muchos años el Belén de Capuchinos constituyó un importante centro de atracción para toda la ciudad en los días de Navidad; la habilidad de nuestros estudiantes, en un afán de superarse de año en año, le ha hecho acreedora de este renombre; varias veces ha sido premiado en los concursos organizados en la ciudad, si bien esta misma competencia ha hecho que descienda algo su antiguo renombre".

Si en Pamplona los Capuchinos se esmeraron en la preparación del belén como medio catequético y artístico, en Sangüesa, el Padre José de Legarda compuso el texto del auto de los Reyes Magos que comenzó a representarse en 1900, teniendo como escenario las calles de la ciudad, en las que se escenifica la llegada de los Reyes a Belén para adorar al Niño y ofrecerle sus presentes.

Clarisas y Concepcionistas

Las hijas de Santa Clara y otras ramas de la familia franciscana como Capuchinas y Concepcionistas celebraban todo el ciclo de Navidad, desde la Virgen de la O hasta la Candelaria con especiales ceremonias ligadas, en muchas ocasiones, a la colocación del belén. En la tradición de todos aquellos conventos siempre figuró como referencia el suceso milagroso que narraba cómo la mismísima Santa Clara, que estaba postrada en la cama gravemente enferma, fue transportada milagrosamente, en la noche de Navidad, a la iglesia de San Francisco para gozar de la solemne celebración, mucho más solemne que la de su convento.

En algunos monasterios de Clarisas, como el de Santa Engracia de Pamplona, en Olite desde el siglo XIX, distribuían por sorteo a comienzo de su tradicional Adviento, en el día de Todos los Santos, una papeletas con una prenda de la vestimenta del Niño Jesús asociada a una reflexión en una ceremonia que se denominaba la Ropita del Niño Jesús.

En todos los conventos de Clarisas, hasta tiempos muy recientes, se celebraba por prescripción de su propio ritual la ceremonia de "santo y alma", a continuación de la cena del día 1 de enero, fiesta de la Circuncisión del Señor. En ella se disponían tantas cédulas como religiosas había en el convento, más una para la comunidad. En cada una de ellas se anotaba el nombre de un santo, un misterio de la vida de Cristo o la Virgen, una virtud y el nombre de una difunta religiosa o de un benefactor. En otras papeletas o cédulas se anotaban los nombres de las religiosas, más otra a nombre de la Venerable Comunidad. En sendos recipientes se colocaban en una mesa con un Crucifijo y dos candelabros y, tras el canto del Veni Creador, se procedía a la elección y distribución de las cédulas, sacándolas una por una, quedando en poder de cada monja la suya para leerla con asiduidad y aprovechamiento espiritual.

De la celebración de la Nochebuena en las Clarisas de Santa Engracia de Pamplona nos han llegado noticias de ciertos excesos. Así, en 1681, hubo un gran alboroto en la iglesia conventual, llegándose a derrumbar las puertas, con "una canal o pesebre de ovejas", con grandes gritos y lanzamiento de piedras, castañas y nueces.

La Virgen de la O

En el monasterio de las Clarisas de la capital de la Ribera las funciones navideñas comenzaban con la celebración de las "O" después de las Vísperas. Precediendo al día 24 se oficiaba con gran expectación en catedrales y, de forma muy especial en los conventos de clausura, el canto de las "O". Como es sabido, se cantaban a partir del día 18 de diciembre, fiesta de la Expectación del parto de la Virgen y reciben ese nombre porque las antífonas del breviario comienzan todas por la letra "O". En la clausura tudelana esta ceremonia cobraba una especial significación cuando una religiosa tomaba una especie de estandarte con la "O" muy adornada con el Niño Jesús y ejecutaba una especie de danza con él, llamando la atención de cuantos acudían a la función que ha quedado recogida en distintas fuentes escritas.

Actualmente se han dejado de celebrar ya las Jornadas con el aparato de antaño. Comenzaban el día 16 de diciembre y terminan el día 24, con la lectura de unas consideraciones sobre las jornadas que hicieron José y María desde Nazaret a Belén. La costumbre que perdura con fuerza en países como México o Guatemala, también se practicaba en las parroquias y las casas de Navarra hasta el siglo XIX. Conocemos varias ediciones para la práctica de las Jornadas o Posaditas, y sabemos de la escenificación con imágenes de San José y la Virgen en busca de aposento.

Las Concepcionistas de Estella preparan desde hace algunos años un singular belén con distintas imágenes del Niño Jesús -tan abundantes en las clausuras femeninas-, vestidas de pastores y pastoras, todo ello en sintonía con una singular tradición franciscana que se expresa de diferentes modos pero siempre con un carisma secular muy popular, de cercanía y humildad.

En las Capuchinas de Tudela

En el convento de Capuchinas de Tudela la noche de Navidad, a eso de las once se organiza una singular procesión. La Madre Abadesa toma a la Virgen sentada en la borriquilla, la Vicaria hace lo propio con San José y las más ancianas a los arcángeles y en el orden que estaban en el altar -San Gabriel, Virgen, San José y San Miguel- se dirigen al coro bajo al son de villancicos. Allí se depositan en una mesa preparada al efecto. Tras el rezo de Maitines y el canto de la Kalenda, en plena misa del Gallo, antes del prefacio, la Abadesa baja a la Virgen del asno y la pone de rodillas, colocándole el Niño Jesús en sus brazos. Todo este ritual se ha de poner en relación con textos de sor María Jesús de Ágreda, concretamente con el capítulo IX de la II Parte de la Mística Ciudad de Dios, en donde hace alusión a los cinco días que invirtieron José y María en la jornada de Nazaret a Belén, así como a los diez mil ángeles que les acompañaron y de modo especial al "Príncipe San Miguel, que siempre asistió al lado diestro de su Reina, sin desampararla un punto en este viaje, y repetidas veces la servía, llevándola del brazo cuando se hallaba algo cansada. Y cuando era voluntad del Señor, la defendía de los temporales inclementes y hacía otros muchos oficios en obsequio de la Divina Señora y del bendito fruto de su vientre Jesús".

El día de Reyes en la misma comunidad de las Capuchinas de la capital de la Ribera, tras el canto de Vísperas y la cena, se organiza una particular procesión, denominada la "Despedida del Niño", por el claustro bajo.

Las figuras aludidas vuelven a ser recogidas del coro por las respectivas religiosas antes mencionadas. El resto de la comunidad también toma figuras de otros belenes del monasterio y con instrumentos pastoriles y campanillas, de distintos tamaños y épocas, cantan el villancico cuyo estribillo reza: "En esta noche tan tierna / es preciso lamentar / la despedida del Niño / que está ya para marchar".

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