Carlos Soler, Profesor de Relaciones Iglesia-Estado

Los acuerdos Iglesia-Estado

   

07/12/13 Publicado en Diario de Navarra

A raíz de la noticia publicada el día 3 de diciembre en Diario de Navarra sobre la petición del PSOE al Gobierno de romper los acuerdos con la Santa Sede, me pregunto si están o no obsoletos. A mi parecer no lo están; siguen siendo válidos y es de desear que sigan vigentes. Personalmente, me cuestiono la validez de algunos puntos concretos. Pondré dos ejemplos: la desaparición del servicio militar obligatorio dejó sin objeto algunas partes. Y actualmente hay una gran diferencia entre el matrimonio canónico y el español; en consecuencia, quizás ya no interesa que el matrimonio canónico sirva como forma de contraer matrimonio civil. Pero estos y otros puntos no obstan a la validez general de los Acuerdos como instrumento de convivencia. Quizás merezca la pena estudiar pequeñas modificaciones puntuales, pero no una revisión general.

Vayamos al background de los Acuerdos y situémonos en la época de la transición. El sentir común de los españoles al morir Franco se podría formular así: ¿otra guerra no, por favor"; y esto significa ¿otra vez las dos Españas, no", ¿tenemos que ponernos de acuerdo". Por eso se buscó la reconciliación. Y se consiguió mediante una obra de arte compuesta por muchos elementos. El principal fue la Constitución. Otros, a los efectos que aquí nos interesan, fueron la Ley Orgánica de Libertad Religiosa y los Acuerdos con la Iglesia católica (más adelante, también con otras confesiones). Los cuatro acuerdos de 1979 fueron aprobados por una amplia mayoría, incluido el voto del PSOE (excepto uno de ellos: el relativo al servicio militar).

Estos tres elementos Constitución, Ley Orgánica y Acuerdos conforman una base bastante conseguida que facilita la convivencia. Quisiera remarcar que esto es lo importante: no se trata de conseguir un estatus jurídico ¿en el que la Iglesia católica se sienta cómoda", sino una buena base de convivencia ¿para todos", un orden social en el que todos nos sintamos razonablemente cómodos. Porque esta es la tarea de la legislación.

Volvamos a lo dicho anteriormente. Toda reconciliación es frágil, puede romperse y debemos hacer esfuerzos por alimentarla. Creo que tanto la Iglesia como los políticos podemos aprender de la experiencia vivida el siglo pasado.

Empecemos por la Iglesia. A mi parecer, la española se politizó demasiado el siglo XX. Simplificando mucho: se identificó primero con la monarquía, después con la derecha republicana, luego con el régimen de Franco. En el postconcilio, con la oposición a Franco; después, con la tarea de la transición; más adelante hizo sus guiños a la izquierda; finalmente, volvió a mirar a la derecha para comprobar, desconcertada, que ya a nadie le resultaba rentable su compañía.

Creo que la Iglesia debería hacer un esfuerzo por "llevarse igual de bien con todos": con la derecha y con la izquierda, con los independentistas y con los partidarios de una España unida. Estos temas no le son totalmente ajenos, pero no son su competencia específica. A veces tendrá que pronunciarse, pero debe evitar el peligro de convertirse en una ONG de servicios sociales, o en una Internacional antiaborto (o de ser percibida como tal). No es sano que veamos a una facción política como "nuestros potenciales amigos" y a otra como "nuestros potenciales enemigos".
Pasemos ahora al otro lado. Sería de agradecer que los políticos nos faciliten ese "difícil equilibrio". No solo a la Iglesia católica, sino a todas las confesiones. Por una parte, el anticlericalismo no hace daño solo a la Iglesia, como todos los ¿anti" produce daño a toda la sociedad. Por otra, lo mismo pasa con el ¿intento de servirse de la Iglesia" para fines políticos: daña a la Iglesia y a la polis. Por eso no me parece acertado acusar de ¿sometimiento a los obispos" al partido adversario, porque eso, hoy por fortuna es sencillamente imposible. Pero menos acertado es, a consecuencia de esa acusación irreal, utilizar la revisión de los Acuerdos como ¿arma arrojadiza". España es, por desgracia, un país muy maniqueo, un país de buenos y malos. Por supuesto, los buenos son los míos, y los malos son los del lado contrario (en política, en religión, o en cualquier otro sector). Pero la realidad es que nadie es un ángel, ni un demonio. Sin embargo, los fabricamos: hacemos fantasmas y los adoramos como ángeles o los exterminamos como demonios. Por eso hay un peligro real de que la reconciliación se rompa, de volver a las dos Españas. Debemos hacer todos -las distintas fuerzas políticas, los diversos agentes sociales, los creyentes de diversas confesiones y los no creyentes- un esfuerzo por superar poco a poco este maniqueísmo.
 

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