Monseñor Javier Echevarría, don Javier, ha sido Gran Canciller de nuestra Universidad entre 1994 y 2016. Durante esos 22 años ha estado pendiente de nosotros, nos ha alentado con su esperanza contagiosa, nos ha acompañado en momentos particularmente difíciles y ha rezado para que el proyecto de la Universidad de Navarra con el que soñó san Josemaría, poco a poco se fuera haciendo realidad.

Pero el vínculo de don Javier con la Universidad era mucho más antiguo. Él mismo nos contó que desde 1960 acompañó primero a san Josemaría y después al beato Álvaro en sus frecuentes viajes a Pamplona. Son más de 55 años de conversaciones, visitas, reuniones, tertulias. Ha compartido nuestras penas y nuestras alegrías, nuestros progresos y nuestros problemas. Conocía muy bien la Universidad y la quería con todo su afecto.

Lo hemos podido comprobar en el vídeo que acabamos de ver.

He tenido la suerte de estar con él en numerosas ocasiones, primero como decano de la Facultad de Comunicación y después en Rectorado. Conservo en mi memoria muchas de esas conversaciones, unas formales y otras sin ningún tema previsto ni orden del día: esos encuentros en los que acaban saliendo los temas que se llevan en el corazón.

Muchos de vosotros podríais relatar hechos muy variados que reflejan la ayuda de don Javier a la Universidad de Navarra como Gran Canciller. Seguro que, en su momento, los historiadores se encargarán de realizar esa tarea. Pero la brevedad de este acto in memoriam me obliga a poner el acento solamente en algún aspecto particular. Me vais a permitir que me ciña a tres recuerdos, que están unidos a otros tantos rasgos de su forma de ser: con nosotros don Javier ha sido siempre cercano, magnánimo, agradecido.

Don Javier era cercano. Junto a él no importaban las formalidades ni los protocolos. No marcaba las distancias: de manera natural establecía una sorprendente proximidad. Ese modo de ser se percibía en cualquier circunstancia: por ejemplo, cuando le recibíamos antes de un acto académico solemne, o con motivo de un almuerzo familiar. Siempre se interesaba por las personas, hacía un comentario sobrenatural, o evocaba algún episodio divertido, con esa memoria suya que nos sorprendía con tanta frecuencia.

Recuerdo que, en el verano de 2012, poco antes de mi nombramiento como rector, me dijeron que don Javier quería verme. Se encontraba esos días en Artacea, a pocos kilómetros de Pamplona. En mi breve recorrido hacia el lugar en el que se alojaba, iba pensando qué decir, qué preguntar, qué dudas aclarar; y también suponía que el Gran Canciller me transmitiría algunas ideas esenciales, una especie de plan estratégico. Me había preparado, por tanto, para escuchar una gran revelación que me ayudara a hacer bien mi nuevo cometido. En cuanto llegué a la casa apareció don Javier y me preguntó a bocajarro: hijo mío, ¿te parece lógico que alguien que va a ser rector se dedique a jugar al fútbol? Obviamente, mi respuesta fue afirmativa. Pero lo interesante de esa historia quizás no sea tanto la demostración de que las dos tareas –gobierno universitario y fútbol- sean compatibles como el hecho de que don Javier tuviera el hábito de ponerse en el lugar de sus interlocutores: por ese motivo, generaba desde el principio un entorno de confianza y buen humor, ajeno por completo a cualquier formalismo o artificiosidad.

Otra muestra de esa cercanía fue el viaje que hizo a Pamplona en noviembre de 2008, poco después del último atentado terrorista que sufrió la Universidad. Nos había escrito el mismo día en que explotó aquel coche bomba aparcado junto al Edificio Central; pero quería venir a vernos, deseaba saber cómo estábamos, acompañarnos y confortarnos. En aquellos momentos, que muchos de vosotros recordaréis, el cariño se agradecía especialmente. Y la Universidad recibió muchas muestras de afecto, de modo muy particular de su Gran Canciller.

Esos días, los miembros de la Comisión Permanente mantuvimos una reunión con él en la sala de juntas del Edificio de Ciencias, donde se instaló el Rectorado mientras permaneció cerrado el Central. Nada más empezar, don Javier se refirió a los estudiantes: “que queráis mucho a los alumnos”, nos dijo. Y añadió: “debemos ayudarles a preparar su futuro como profesionales honrados, honestos, que quieran cumplir con sus deberes cívicos”. Siempre tenía presentes a los alumnos.

A esa reunión asistía una vicerrectora, que había escrito poco antes a don Javier. En su carta le contaba que, durante la masiva concentración de apoyo a la Universidad, que tuvo lugar el día posterior al atentado, bajo la lluvia insistente en la explanada del edifico de Comunicación, una persona se le había acercado y le había dicho: “por favor, no os vayáis de Navarra”. 

Don Javier se dirigió a la vicerrectora y le encargó que comentara a esa persona que no se preocupara, que la cabeza y el corazón de la Universidad estaban y estarían siempre en Navarra: así lo había querido san Josemaría, al que le gustaba decir que dejaba su corazón a los pies de la Madre del Amor Hermoso que vela por la Universidad desde su Ermita.

Nuestro Gran Canciller confirmó entonces el compromiso de la Universidad con esta tierra que la acogió con los brazos abiertos en 1952, y que siempre la ha mirado con afecto. Tiempo atrás, el 16 de enero de 2003, en un acto conmemorativo de los primeros 50 años de la Universidad, que tuvo lugar en la sede del Gobierno foral, don Javier había comenzado su discurso recordando que “la Universidad nació navarra y, por eso mismo, abierta a todos, universal. La pasión con la que este pueblo ha sabido defender durante siglos su emblemática libertad atrajo la atención de un constante enamorado de la libertad, san Josemaría Escrivá́”.

También en otros lugares en los que la Universidad está presente, como Barcelona, San Sebastián o Madrid, se produce un fenómeno análogo: el compromiso con el entorno – al afán de prestar un servicio educativo, cultural y sanitario de la máxima calidad- recibe como respuesta el apoyo de la sociedad.

El segundo recuerdo se refiere a la magnanimidad de don Javier. Durante sus años como Gran Canciller detectó que la Universidad debía potenciar la investigación, como ha comentado el profesor Canals. Desde los primeros pasos, la investigación había estado presente en la actividad de cada profesor y en la vida de la Universidad. Pero don Javier nunca se conformaba, nunca decía basta.

Nos hacía ver que, si la Universidad quería llegar a ser, por deseo de su fundador, un “foco cultural de primer orden a nivel mundial”, había que investigar más y mejor.  Así lo expresó en el discurso del año 2003 que ya he mencionado. Desde entonces, los profesores redoblaron sus esfuerzos por cualificar esta dimensión de su trabajo. Además, la Universidad intensificó la búsqueda de recursos para crear nuevos centros de investigación. Hoy podemos enumerar seis prometedores centros: el CEIT, el CIMA, el ICS, y los centros de Nutrición, Salud Tropical y Bioingeniería, además de los muchos grupos de investigación que se han constituido en cada Facultad. Los avances señalados deben mucho a la magnanimidad de don Javier. Él no asistió a los actos de inauguración de los edificios, no se apuntaba los méritos, pero estuvo en el origen de esas iniciativas.

Su actitud, llena de determinación y audacia, es para nosotros una extraordinaria fuente de inspiración. Acabamos de oír en el vídeo que él soñaba con una “ciudad de la investigación”, que fortaleciera la docencia y ayudara a la Universidad a dar respuesta a las necesidades materiales y morales de la sociedad. Como él mismo afirmaba, parafraseando a san Josemaría, “la Universidad no precisa adaptarse a los cambios, sino que debe estar en el origen de esos cambios”. Tenía muy clara la misión de la Universidad: “servir a la sociedad”. Y percibía también que esta misión nunca encuentra su límite.

Don Javier era consciente de que, para impulsar los grandes proyectos de la Universidad de Navarra, es preciso asegurar la involucración de los antiguos alumnos. Con frecuencia me insistía en que ese protagonismo debe ser cada vez mayor. Sabía que las mejores universidades del mundo mantienen una relación permanente con los estudiantes que ya se han graduado, les siguen acompañando durante su trayectoria profesional y, a su vez, reciben el apoyo valiosísimo de sus antiguos alumnos.

El tercer recuerdo está unido a la gratitud de don Javier. De nuevo, podríamos evocar muchos momentos. La doctora Campo ha mencionado algunos relacionados con la Clínica. Reaccionaba inmediatamente ante cualquier servicio que se le prestara, con agradecimiento sincero y espontáneo. No se sentía merecedor de las atenciones recibidas. No se daba importancia.

Me gustaría destacar una ocasión en la que su habitual gratitud se expresó de un modo quizás más solemne. Fue en el año 2010, con ocasión de los 50 años de la Asociación de Amigos, que nació el mismo año en que el Estudio General de Navarra fue erigido como Universidad. Con ese motivo, don Javier quiso celebrar una misa en la explanada de la Biblioteca, donde San Josemaría había pronunciado en 1967 la conocida “homilía del campus” ante una muchedumbre de Amigos venidos de diversos lugares de España y de otros países.

En sus palabras, don Javier expresó su profundo agradecimiento a los Amigos que, a lo largo de aquellos primeros 50 años, con su apoyo, con su oración y con sus aportaciones económicas, habían prestado una ayuda inestimable –y muchas veces anónima- a la Universidad. Ciertamente, gracias a los Amigos y a los Antiguos Alumnos se han podido construir edificios como el que hoy nos acoge, se han financiado proyectos y grupos de investigación y han recibido becas decenas de miles de estudiantes. Don Javier no escatimó en esas jornadas palabras y gestos de agradecimiento que se nos han quedado grabados, como una gran lección magistral.

En el campo de la comunicación se suele hablar de los “rasgos diferenciales” que caracterizan a una persona, a una empresa, a una institución. Son señas de identidad que definen y reflejan la propia singularidad. Estoy convencido de que a don Javier no le interesaban los rasgos diferenciales para sí mismo; como Gran Canciller, deseaba seguir los pasos de san Josemaría y del beato Álvaro, a quienes miraba y en quienes se inspiraba. Por eso, creo que a don Javier no le gustaría escuchar hoy que ser cercano, magnánimo y agradecido fuesen rasgos diferenciales de su personalidad. Me parece que más bien preferiría que afirmásemos que esas cualidades son propias de la Universidad, de cuantos formamos parte de ella e intentamos seguir los pasos de san Josemaría. Cercanos, magnánimos, agradecidos.

Así la Universidad de Navarra podrá seguir siendo un “resplandeciente foco de luz”, como don Javier lo ha sido para nosotros.

 

19/01/2018
Acto homenaje en memoria de Javier Echevarría,
Gran Canciller de la Universidad (1994-2016)