VIRTUDES | El protagonista de ‘Matar un ruiseñor’ es ejemplo de fortaleza y justicia
17/07/2025
Publicado en
Expansión
Sergio Clavero |
Profesor del Departamento de Ciencia Política y Sociología
Profesores de la Facultad de Filosofía y Letras publican a lo largo del verano en la serie "Líderes en la ficción", del periódico Expansión. Semanalmente, nos acercan las virtudes de distintos personajes de la literatura.
El Premio Pulitzer de Ficción de 1961 fue a parar a manos de Harper Lee por su novela Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird), publicada el año anterior y convertida casi al instante en un clásico de la literatura occidental. Parte central de la trama es la historia de Atticus Finch, narrada a través de los ojos de su hija pequeña, que ha elevado a este personaje al altar de los héroes más queridos por el público. De hecho, es habitual encontrar su nombre en los primeros puestos de las encuestas populares sobre los personajes literarios más inspiradores.
Atticus es un abogado de mediana edad, viudo y con dos hijos, que se enfrenta al mayor reto de su carrera: se le ha asignado la defensa de un joven afroamericano acusado de golpear a una joven blanca y haber intentado abusar de ella. Por muy inocente que fuera el reo, en la Alabama de finales de los años 20 y principios de los 30 del siglo pasado (donde se ambienta la novela), se trataba de un caso perdido de antemano. Pero esas nulas expectativas de éxito, aunque plenamente asumidas por el propio Atticus, no le suponen un impedimento para hacer lo correcto. Como le explica a su hija, “solo porque hayamos perdido cien años antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer”. En la misma línea, más adelante trata de enseñar a su hijo mayor que “uno es valiente cuando, sabiendo que ha perdido ya antes de empezar, empieza a pesar de todo y sigue hasta el final pase lo que pase”.
Entre las muchas lecciones que cabría extraer de la fortaleza y valentía de este personaje, aquí podemos destacar tres. La primera es que las virtudes apenas mencionadas se encarnan de muchas maneras distintas. Compárense los siguientes episodios: en un momento determinado de la historia, y a pesar del peligro que supone, Atticus se alza entre su cliente y una turba que busca apalearlo; más adelante, ya en pleno juicio, alza la voz vehementemente en su defensa, apuntando sin reservas al verdadero culpable; finalmente, en contraste con la actitud más activa de la escena anterior, es también capaz de soportar con paciente autocontrol los insultos y afrentas que recibe de otro personaje, pues considera que así protege a terceras personas inocentes. De modo que Atticus no siempre ataca ni siempre resiste, sino que lo hace como y cuando cree que debe hacerlo. El único factor común a todo su comportamiento es la negativa a abandonar una lucha justa solo porque la derrota sea inevitable.
La segunda lección que nos enseña la figura de Atticus consiste en apreciar el valor del ejemplo como fuente de inspiración para otros. Uno de sus deseos más firmes, que guía en buena medida su conducta, es el de poder servir de modelo a sus hijos: “Antes de mirar a nadie más, Jem [su hijo mayor] me mira a mí, y yo he procurado vivir de forma que siempre pueda devolverle la mirada sin desviar los ojos... Si consintiéramos en una cosa como ésta, francamente, no podría sostener su mirada, y sé que el día que no pudiera sostenerla le habría perdido”. Extrapolándolo a un contexto no educativo o familiar, si el carácter de un grupo de personas es (en un porcentaje nada desdeñable) el reflejo del carácter de su(s) líder(es), quien dirige solo puede hacerlo de manera efectiva cuando su conducta resulta coherente a ojos de sus dirigidos.
Conectando con esto último, la tercera lección que cabe sacar de la historia de Atticus se refiere a la verdadera naturaleza del liderazgo. Este no consiste esencialmente en tener a alguien que te siga u obedezca. En un nivel más fundamental, ser un líder estriba más bien en que haya alguien que confíe en ti. El seguimiento, la inspiración, etc., vienen después, se construyen sobre la base de dicha actitud. Quizás la mejor definición sobre el contenido de esa confianza la proporcione una de las vecinas de nuestro protagonista, aludiendo a la minoría silenciosa que le apoya en el pueblo: “Tanto si Maycomb se da cuenta como si no, estamos rindiendo a Atticus el tributo más grande que podemos rendir a un hombre. Ponemos en él la confianza de que obrará rectamente”. La fe en que alguien hará lo correcto (o al menos pondrá todo de su parte para hacerlo, incluso en circunstancias adversas, aunque a veces se equivoque) constituye el cimiento de la admiración, que a su vez suscita la inspiración y el seguimiento activo. En ese sentido, la figura de Atticus Finch ha sido un referente para varias generaciones de lectores, que han visto en él un modelo de fortaleza, valentía y búsqueda de la justicia.