06/06/2026
Publicado en
La Razón
Ricardo Piñero Moral |
Catedrático de Estética y Teoría de las artes. Director del Instituto Core Currículum de la Universidad de Navarra
Nuestros tiempos se empeñan en transmitirnos que la belleza no es más que una experiencia subjetiva, un mero like que uno ‘da’ ante un determinado acontecimiento que se nos presenta, como si cada uno de nosotros se erigiera en juez supremo de la realidad. Por un lado, vivir ‘en nuestro mundo’ nos lleva a pensar que, más allá de cualquier otro criterio, lo único que de verdad cuenta es mi propio gusto. Por otro lado, este esteticismo subjetivista, nos encierra en una especie de mazmorra sensitiva, nos devuelve a la caverna -nos hace cavernícolas-, y nos va sometiendo, casi sin darnos cuenta, a una triste y radical incomunicación, que resulta ser mortífera, porque nos hace creer que la belleza es simplemente aquello que ‘me gusta’. Pero nada más lejos de la realidad.
Toda esta deriva es consecuencia directa de un individualismo materialista que tiene su génesis en la Modernidad y, desde hace siglos, nos ha hecho perder una conexión directa con lo que, de verdad, la belleza es. Aunque, casi nada es nuevo bajo el sol… San Agustín, hace más de mil seiscientos años ya se preguntaba: “¿las cosas son hermosas porque gustan o, por el contrario, gustan porque son hermosas?” (De vera religione, XXXII 59). Si traducimos esta cuestión a nuestro lenguaje contemporáneo podemos formularla del siguiente modo: ¿se puede hablar objetivamente belleza? ¿Existe una belleza objetivamente bella para todos y cada uno de los sujetos que habitamos el mundo?; ¿o tenemos que acostumbrarnos a la vorágine del subjetivismo, del desacuerdo, de la incomprensión? Por expresarlo plásticamente, ¿somos ciudadanos encerrados en la Torre de Babel de Brueghel el Viejo o, por el contrario, podemos regresar al Jardín de las Delicias del Bosco, ese lugar que Dios Padre creó de la nada para que habitáramos sus hijos, lo cuidáramos, lo hiciéramos mejorar con nuestros trabajos, nuestros esfuerzos, nuestra inteligencia, nuestras manos? ¿Lo nuestro es destruir o construir? ¿Hemos nacido para habitar en las oscuridades del laberinto o estamos llamados a la Luz?
Las palabras de León XIV en Magnifica humanitas son iluminadoras, nacen desde lo profundo de un corazón que ha descubierto la alegría del encuentro con un Dios que se hace presente cada día, serenamente, sin estridencias ni alborotos, ante nuestra mirada atenta, si somos capaces de apreciar el valor del mundo: “con ánimo de pastor y de padre, pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar” (16).
El arte es mucho más que una habilidad, mucho más que una destreza, mucho más que una cuestión de gusto… El arte es un don con el que Dios ha gratificado al ser humano para poder seguir desplegando Su acción creadora en el mundo nuestro de cada día. Y la belleza es ese maná que se hace presente, como pequeñas gotas de rocío, en los detalles aparentemente más insignificantes de nuestra vida cotidiana. El arte es un camino que nos lleva a nuestro propio origen, es un sendero que nos recuerda que nuestra morada es habitar el corazón de Dios, y nuestro destino regresar a sus manos, de las que salimos como fruto hermoso y querido, como esplendor de un Amor que ni falla ni defrauda ni engaña ni cesa…
La belleza del arte no es una cuestión adjetiva ni subjetiva, sino sustantiva y esencial, porque la belleza es el esplendor de la verdad -veritatis splendor-, es el esplendor del amor -charitatis splendor-, es la visibilidad de lo invisible, la presencia efectiva y eficiente de un Padre bueno que jamás nos ha soltado de su mano, y, además, nos ha regalado la libertad, la creatividad, las fuerzas para buscar la verdad, el afán de actuar haciendo el bien, la capacidad de disfrutar de la hermosura.