Los factores que alimentan el odio, la última investigación de Gaizka Fernández Soldevilla

El historiador presentó su último libro, La voluntad del gudari, en un seminario el GIHRE

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Gaizka Fernández Soldevilla es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (2012) FOTO: Cedida
09/05/16 19:25 Javier Marrodán

En su tesis doctoral, el historiador Gaizka Fernández Soldevilla trató de documentar y describir cómo se deja de odiar: su trabajo recorría la trayectoria de ETA político-militar, un grupo terrorista que en 1983 decidió de forma mayoritaria abandonar las armas y trasladar su “lucha” al terreno político. De ETApm nació el partido EIA (Eusko Iraultzarako Alderdia), que después se integraría en la coalición EE (Euskadiko Ezkerra), que a su vez terminaría uniéndose al PSE (Partido Socialista de Euskadi). La tesis dio lugar al libro Héroes, heterodoxos y traidores, publicado en 2013.

De algún modo, la otra parte de aquella historia es la que se relata en La voluntad del gudari, el último título de Gaizka Fernández Soldevilla, a la venta desde hace pocos meses. Si entonces se interesó por los factores que contribuyeron a desactivar el odio, ahora se ha detenido en aquellos que lo pusieron en marcha y lo alimentaron durante cincuenta años: los que ha dedicado ETA militar a asesinar, a chantajear, a intimidar y a amenazar a miles y miles de personas.

El título tiene algo de resumen porque, a juicio del autor, los gudaris —el nombre que se dan a sí mismos los activistas de ETA tratando de recoger el testigo de los vascos nacionalistas que pelearon bajo la bandera de la II República en la Guerra Civil— siempre han ejercido la violencia de forma libre y voluntaria.

En el seminario que impartió el pasado 5 de mayo en la Universidad de Navarra, invitado por el Grupo de Investigación en Historia Reciente (GIHRE), Gaizka Fernández Soldevilla fue detallando los acontecimientos y decisiones que condujeron al 7 de junio de 1968, cuando el miembro de ETA Txabi Etxebarrieta Ortiz disparó sobre el guardia civil José Pardines Arcay, causándole la muerte. El agente había detenido a dos jóvenes que viajaban en un Seat 850 y descubrió que el número de la matrícula no coincidía con la documentación del vehículo. Al percatarse de sus sospechas, uno de ellos le disparó por la espalda y lo remató en el suelo. Fue el primer crimen de la banda.

Lo ocurrido aquel día en las inmediaciones de Tolosa —explicó el historiador— no fue algo casual o repentino: casi desde su fundación —1958—, ETA asumió que la violencia formaba parte de su estrategia, a semejanza de otros grupos “revolucionarios” de Latinoamérica o África. Ellos sostenían que era necesario recurrir a la fuerza, pero nadie de quienes también se oponían al régimen de Franco eligió ese camino, sólo ellos. Ni siquiera el PNV, que compartía las mismas aspiraciones nacionalistas. Hubo votaciones explícitas en las que se decidió por amplia mayoría “ejecutar” a algunas personas (los comisarios Laguna, en Bilbao, y Manzanas, en Irún). E incluso Txabi Etxebarrieta tuvo la oportunidad de golpear al confiado agente que los había parado, o de desarmarlo, como parece que le sugirió su compañero, pero no, optó por darle muerte, poniendo en marcha una espiral que ha sumado otros 853 asesinados, todos ellos perpetrados porque alguien eligió libre y voluntariamente actuar de ese modo.

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