Ricardo Fernández Gracia, director de la Cátedra de Patrimonio y Arte navarro

Con San Miguel: otros arcángeles en el arte navarro

30/09/16 Publicado en Diario de Navarra

Desde hace unas décadas, concretamente desde la implantación del novus ordo, en 1969, la celebración de la fiesta de los tres arcángeles San Miguel, San Rafael y San Gabriel es conjunta, el 29 de septiembre. Sin embargo, hasta la citada reforma, cada uno tenía su propia conmemoración. San Rafael se celebraba, en el vetus ordo, el día 24 de octubre y San Gabriel el 18 de marzo.

Frente a la popularidad de San Miguel, con un sinnúmero de representaciones en el arte navarro y tantas advocaciones de parroquias (46) y ermitas (120), las imágenes particulares de los otros dos  resultan escasas.

En la mayor parte de los casos, San Miguel aparece como guerrero y triunfante sobre Lucifer. A veces lo encontramos como psicopompo, conduciendo las almas y también pesándolas en el juicio (psicostasis), especialmente en el arte medieval. Un resumen de todo ello hicimos en este mismo medio hace cuatro años, por lo que en esta ocasión nos referiremos a los otros dos y a los conjuntos arcangélicos.

En el caso de San Gabriel, su aparición es constante en todas las escenas de la Anunciación, por obvios motivos. Sin embargo, de forma solitaria, no es usual encontrarlo, aunque conocemos algunos lienzos y esculturas. El tema de la Encarnación, lo dejamos para otra ocasión, por su riqueza iconográfica, diversidad estilística y amplitud cronológica.

Junto a los tres arcángeles, se difundió abundantemente desde el siglo XVI, la presencia de otros cuatro de carácter legendario e incluso apócrifo, en base al descubrimiento de un conjunto pictórico en Sicilia, en el que figuraban los siete, tras lo cual se edificó en Palermo un templo en honor de todos. Un sacerdote de aquellas tierras, Angelo del Duca, difundió en Roma la nueva devoción y se convirtió en verdadero apóstol de la misma. Su perseverancia logró que Pío IV consagrase la gran sala de las termas de Diocleciano, en 1561, a los arcángeles, tomando como modelo iconográfico lo representado en Palermo. Desde entonces, numerosos grabados difundieron aquella particular iconografía, singularmente uno de Jerónimo Wierix.

 

San Rafael en la Enseñanza de Tudela y en la parroquial de Sesma

El culto a San Rafael tuvo su referencia, en tierras navarras, en el colegio de la Compañía de María de Tudela. La Madre Puig y Arbeloa en su monografía sobre esa institución, conocida como la Enseñanza, nos refiere la secular devoción al arcángel, al tratar del viaje de las fundadoras, desde Barcelona, en 1687. La religiosas que venían a la capital de la Ribera y su priora y fundadora, la Madre Eulalia Argila, deseaban contar con un santo protector, para lo cual escribieron “los nombres de algunos santos ángeles, y echando luego suertes sobre ellos, por tres veces consecutivas, salió el de San Rafael arcángel, aunque ella hubiese querido que saliese el de San Miguel, por la mucha devoción que le tenía”.

La protección del arcángel fue ininterrumpida y las crónicas conventuales relatan numerosos favores, incluido uno en la Francesada por el que el colegio y convento se vieron libres de una depredación segura. Por tales motivos, su fiesta era la mayor de las de la Compañía de María de Tudela.

Las fuentes manuscritas señalan siempre la solemnidad y pompa de la celebración, en la que no faltaban todos los elementos de la retórica, metamorfosis, y maravilla buscada del Barroco: música, olores, campanas, asistencia de autoridades y órdenes religiosas, sermón a cargo de un destacado orador, pólvora, luminarias y adornos varios en la iglesia …etc., todo en aras a cautivar y enervar los sentidos. Para costear tales festejos, se contaba con los fondos de una fundación de don Francisco Garcés del Garro, que ayudó decisivamente al establecimiento de las monjas en la ciudad.

Junto a pintura de la época fundacional de Vicente Berdusán del retablo colateral de la iglesia que representa al arcángel con Tobías, las religiosas encargaron fuera de la ciudad, posiblemente a Zaragoza o Madrid, la talla dieciochesca de San Rafael, que se custodiaba a lo largo del año en el mismísimo camarín de la titular del templo, como lugar más especial y sagrado para tan preciado tesoro.

Sin embargo, la escultura más destacada de San Rafael en Navarra es la que se venera en la parroquia de Sesma, obra de mediados del siglo XVIII, atribuida por la profesora García Gaínza a Luis Salvador Carmona. Debió ser un encargo de don Juan Antonio Pérez de Arellano, uno de los cuatro hijos de la localidad que alcanzaron la mitra episcopal. Un eco de la bellísima escultura de Sesma se encuentra en un relieve rococó de la puerta del coro alto de las Clarisas de Estella, obra de Lucas de Mena y Martínez. Otras imágenes del arcángel se conservan en diferentes localidades, como Santa María de Tafalla, la sillería de Lerín e Iturmendi. En una pintura de Olite y en un relieve del retablo de San Miguel de Lumbier encontramos a San Rafael con el joven Tobías, al que acompañó para buscar una piadosa esposa y curó la ceguera de su padre con las vísceras de un pez, que pasará a ser el atributo iconográfico del arcángel.

 

Retablos y conjuntos con los arcángeles

 

En algunos retablos figuran los tres arcángeles canónicos, pero tan sólo en una ocasión, aparecen los siete. Este último caso es el retablo de la Virgen de las Maravillas de Recoletas de Pamplona, sufragado en 1674 por el canónigo de Murcia don Juan Antonio Berasategui, y que sufrió modificaciones para ubicar la iconografía arcangélica. En las calles laterales y en el centro del banco se localizan Miguel, Rafael y Gabriel, en esculturas de tamaño mediano importadas de fuera de Navarra, mientras que los otros cuatro se figuran en dos pequeños bultos que rematan los extremos del ático y en sendas pinturas introducidas en los recuadros laterales de la predela. Miguel –victoriosus-, Rafael -medicus- y Gabriel –nuncius- portan sus atributos ordinarios, espada, pez y azucena, respectivamente. Los legendarios de los lienzos son Baraquiel -adjutor o bendición de Dios-, que aparece con unas rosas blancas y Jehudiel -remunerator- que se acompaña de un látigo y una corona, recordando el premio y el castigo. Las pequeñas esculturas del ático representan a Uriel, el poderoso, fuego de Dios, o fortis socius, con una espada desenvainada y a Sealtiel, el orante -orator-, sosteniendo un incensario, atributo de la oración. En la clausura del mismo convento se conservan sendos lienzos de los citados Jehudiel y Baraquiel.

De las piezas del Quinientos, hemos de mencionar los tableros de la catedral de Pamplona, las dos esculturas de San Miguel y San Gabriel en el retablo mayor de los Dominicos de Pamplona, obra sufragada por don Francés de Beaumont y doña Beatriz de Icart, y finalizada en 1574 por Pierres Picart y fray Juan de Beaubes. Dos de los arcángeles, San Miguel y San Rafael aparecen en el retablo mayor de Garde, obra del aragonés Juan Baines de 1700. En cambio, Rafael y Gabriel aparecen a los dos lados de la Asunción en uno de los retablos fingidos del convento de San Francisco de Viana, obra del aragonés Francisco del Plano, del primer tercio del siglo XVIII.

En las pechinas de la capilla de los Sartolo de los Jesuitas de Tudela –hoy parroquia de San Jorge- encontramos a Miguel (con armadura, casco y rayo), Rafael (con el pez) y Gabriel (con la vara de azucenas), junto al ángel de la guarda (protegiendo a un niño). Se trata de obras de filiación aragonesa o quizás de José Eleizegui, de las primeras décadas del siglo XVIII, realizadas para la citada capilla de la Inmaculada por iniciativa de aquella familia que a la que pertenecieron notables jesuitas, entre ellos el escritor, orador y teólogo Bernardo Sartolo (1653-1700) y los hermanos Gaspar (1687-1757) y José (1680-1734) Sartolo de la Cruz, sobrinos ambos del Padre Bernardo.

En 1742, el escultor riojano Diego de Camporredondo se hacía cargo de la ampliación con unas alas laterales del retablo mayor de Los Arcos, en donde encontramos a los tres arcángeles asociados a una devoción con apenas ecos en Navarra, concretamente el Ángel de la Guarda de la villa, en este caso de la de Los Arcos. Por último, también los encontramos en el retablo mayor de Aoiz, obra del maestro aragonés Juan Tornes, que lo llevó a cabo entre 1745 y 1748.

A pesar de esas asociaciones, lo más usual es encontrar a los tres, en distintos programas iconográficos. En el retablo mayor de la Virgen de Mendigaña de Azcona están escoltando la hornacina de la titular y en el ático. La pieza fue realizada, a partir de 1713, por los maestros del taller de Estella Juan Angel Nagusia, José González de Araya, Manuel Adán y Mateo Ruiz de Galarreta.

Los tres aparecen, asimismo, en el retablo de San Miguel de Úcar, diseñado en 1733 por José Pérez de Eulate, si bien el titular es obra renacentista. También están  en el ático del retablo mayor de Araceli de Corella, obra carmelitana de colaboración de los tracistas fray Marcos de Santa Teresa y fray José de los Santos, en el segundo cuarto del siglo XVIII.

Asimismo, se dan cita en el retablo mayor de la parroquia de San Miguel de Estella, si bien el titular es obra del último Gótico, de maese Terin. Rafael y Gabriel son obras coetáneas del retablo, realizado por Juan José Velaz, siguiendo las trazas diseñadas por el maestro estellés Juan Ángel Nagusia, en 1734.

 

Miguel y Gabriel en algunos belenes en sintonía con los textos de la Madre Ágreda

La presencia de San Miguel y San Gabriel en el nacimiento de Cristo es algo que difundió sor María Jesús de Ágreda. En el belén de Recoletas de Pamplona, como en el belén de Salzillo y algunas esculturas de La Roldana, figuran los dos. En el convento de Capuchinas de Tudela, la noche de Navidad, a eso de las once se organizaba una singular procesión con las imágenes de ambos, camino del coro bajo y al son de villancicos. La Abadesa tomaba a la Virgen sentada en la borriquilla, la Vicaria hace lo propio con San José y las más ancianas a los arcángeles. Allí se depositaban al cortejo en una mesa preparada al efecto. Tras el rezo de Maitines y el canto de la kalenda, en plena misa del Gallo, antes del prefacio, la Abadesa bajaba a la Virgen del asno y la ponía de rodillas, colocándole el Niño Jesús en sus brazos. Todo este ritual se ha de poner en relación con el capítulo noveno de la segunda parte de su Mística Ciudad de Dios, obra de la Madre Ágreda.

 
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