Gerardo Castillo Ceballos, Profesor de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

El precio de seguir separando aprendizaje y memoria

01/06/18 Publicado en El Confidencial

La memoria ha sido juzgada históricamente según la ley del péndulo. Durante mucho tiempo fue subestimada como factor de aprendizaje; sólo en momentos puntuales fue valorada. Todavía sigue siendo la cenicienta del cuento debido a algunos prejuicios proverbiales; el principal es equiparar memoria y memorismo.

Para descubrir la importancia de la memoria bastaría mencionar  lo disfuncional que suele ser el olvido en cualquier edad. Una viñeta humorística muestra la sorpresa de un hombre al ver a un amigo con el rostro cubierto de vendajes. Entre ambos se produce el siguiente diálogo:

-¿Accidente?

-No, olvido de un aniversario.

Frente a quienes separan artificiosamente aprendizaje y memoria debe subrayarse que entre esos dos factores existe una estrecha relación; son como las dos caras de una misma moneda.  Aprender es un proceso mediante el cual obtenemos información que es procesada y almacenada por la memoria para que después pueda ser evocada y utilizada.

Aristóteles vinculó la experiencia a la capacidad de recordar: “Gracias a la memoria se da en los hombres lo que se llama experiencia.”

Desde mi lejana infancia he visto que bastantes profesores son partidarios de que los alumnos memoricen por repetición todas las lecciones. A favor de este método hay que decir que todavía podemos recitar de carrerilla todo lo aprendido; también, que mereció ser inmortalizado en un poema de Antonio Machado: “Recuerdo infantil”, del que copio algunos versos:

“Una tarde parda y fría/ de invierno. Los colegiales/estudian. Monotonía/de lluvia tras los cristales/ (…) Y todo un coro infantil/va cantando la lección:/mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón”.

¿La memorización es absolutamente necesaria para aprender? Lo es, porque la experiencia dice que “tanto sabemos cuanto recordamos”. Pero no es auténtica la memorización que se  concibe como un fin en sí misma; tampoco la que aspira a aprenderlo todo, o la que recurre a una incesante  repetición en la que la comprensión ni está presente ni se la espera. Esas formas de memorizar son  simple memorismo puro y duro.

El mal uso y abuso de la memoria adquirió especial relieve en el siglo XVI en el seno de la llamada Escuela Tradicional: aprender era sólo  memorizar al pie de la letra los textos escritos y/o las palabras del profesor. Se ve que sus inspiradores no habían leído a Séneca: “aprendemos no para la escuela, sino para la vida”.

El memorismo acabaría provocando una reacción hostil e injusta contra la facultad de la memoria (por la confusión entre ambos conceptos).  La memoria  fue condenada al ostracismo social durante muchos años, por su supuesta degradación del aprendizaje (aprender sin entender, de forma no reflexiva).

Una investigación de David Bennett, profesor de la Universidad de Chicago, halló la “reserva cognitiva” que se almacena al ejercitar la memoria entre los 6 y18 años, que puede servir de prevención, años después, contra la degeneración de la mente.

Una cosa se aprende no simplemente cuando se conoce. Tras la fase receptiva del aprendizaje (observar, leer, escuchar…) viene la reflexiva (analizar, juzgar, relacionar…) Y, a continuación, la adquisitiva (memorizar).

 El aprendizaje es modificación de la conducta a través de la experiencia. El niño pequeño que, llevado de la curiosidad, mete el dedo en el enchufe, dejará de hacerlo tras recibir un calambre. De la experiencia del calambre ha surgido una nueva conducta con mediación   de la  memoria: mirar sin tocar.

La teoría de David Ausubel sobre el aprendizaje significativo, en el marco del constructivismo, fue decisiva para probar que memoria y aprendizaje son dos procesos interdependientes. Memorizamos aprendiendo y aprendemos memorizando. La pretendida disociación de esos dos procesos desemboca siempre en un aprendizaje deficiente y sin sentido o significado.

El aprendizaje significativo no se produce por la suma o acumulación de nuevos conocimientos a los que ya  posee la persona que aprende, sino por el establecimiento de conexiones y significados entre lo nuevo y lo que ya se sabe o se ha experimentado o vivido. El verdadero aprendizaje ocurre cuando la información nueva se conecta con un concepto relevante ya existente en la estructura cognitiva. Esto sería imposible sin el concurso de la memoria.

El aprendizaje significativo ha sido invocado en la teoría de la últimas Reformas educativas de España, pero apenas ha llegado a las escuelas, a causa de algún cortocircuito que habrá que descubrir. Sugiero uno: a los profesores no se les suele dar formación específica teórica y práctica para aplicar el nuevo modelo.

Tanto los que identificaron memoria con memorismo, como quienes desterraron la memoria por “obsoleta” tienen una seria responsabilidad: la de  los miles de estudiantes que, a pesar de su esfuerzo, no aprendieron de forma integral e incrementaron el índice de fracaso escolar. ¿Quién se atreve a darse por aludido?

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