Alejandro Navas García, Profesor de Sociología de la Universidad de Navarra

China y la campaña 709

El autor afirma que las expectativas democratizadoras de China se han visto defraudadas y no tiene correspondencia con la liberación de la economía

09/01/18 Publicado en Diario de Navarra

Nueve de julio de 2015. El Gobierno chino comenzó ese día las detenciones de activistas y defensores de los derechos humanos, en una campaña que marcó el endurecimiento de la política oficial ante las voces críticas. Esa operación, que dura hasta el día de hoy, se bautizó como "la 709", en recuerdo del día de su inicio. Ha habido muchas detenciones, y los tribunales van juzgando a los acusados. Los procesos constituyen una farsa, pero incluso un Estado tan prepotente como el chino se ve obligado a guardar ciertas apariencias ante la opinión pública internacional. Bastantes de los activistas procesados son conocidos, dentro y fuera del país, y diversos observadores siguen de cerca el desarrollo de los juicios, que el Gobierno no puede mantener secretos. La administración judicial suele aprovechar los días navideños, en los que Occidente baja la guardia y celebra sus fiestas en familia, para hacer públicas las sentencias de los acusados más famosos. En esta ocasión, los "agraciados" han sido Wu Gan y Xie Yang.

El bloguero Wu Gan ha sido condenado a ocho años de prisión, la pena más alta impuesta hasta ahora por ese tipo de delito. En la fundamentación de la sentencia se dice que "Wu ha sacado a la luz casos judiciales delicados, con la excusa de defender la justicia pero con el propósito último de desacreditar a los organismos estatales y atentar contra el sistema socialista". Wu hizo saber en agosto, a través de su abogado, que contaba con un castigo duro, pues se había negado a reconocerse culpable ante las cámaras de la televisión, en un programa que iba a tener difusión nacional. Al conocer la sentencia, Wu ha guardado la compostura y, parafraseando unas palabras del Presidente Xi Jinping, declaró: "Me mantendré fiel a nuestros principios, me remangaré los brazos y me esforzaré más todavía". Todo un ejemplo de fortaleza e integridad.

Xie Yang es un abogado conocido por su lucha a favor de los derechos civiles. Fue detenido precisamente el día de Navidad de 2016, noticia que tardó un mes en saberse: en regímenes como el chino, los elementos molestos suelen desaparecer sin más. Ahora ha sido condenado tan solo a dos años de cárcel: el tribunal ha tenido en cuenta que, a pesar de haber instigado a la subversión, ha reconocido su culpa y ha manifestado arrepentimiento. Así, "no ha ocasionado ningún daño social de entidad". Xie había adquirido notoriedad como abogado defensor en varios juicios políticos sensibles. Su trabajo trascendió más allá de las fronteras; por ejemplo, llegó a reunirse con Angela Merkel y con su ministro de Asuntos Exteriores, Sigmar Gabriel. No sorprende que se le haya acusado de ¿colaborar con potencias extranjeras enemigas", pues se trata de la cantinela que repite el Gobierno chino con los activistas conocidos fuera del país. Los órganos de expresión afines al poder han dedicado un espacio notable al caso de Xie, algo insólito, ya que no suelen hacerse eco de los juicios a opositores. Han subrayado que el reo se ha arrepentido públicamente de sus desvaríos y que está agradecido por la suavidad del castigo. Resaltan igualmente que su confesión no fue arrancada a la fuerza y descartan con vehemencia que haya sido torturado. No conocemos las interioridades de este proceso, pero supongo que lo más prudente será desconfiar de la versión oficial.

Sociólogos y politólogos han trabajado durante años con la presunción de que las libertades constituyen un único paquete, de forma que, como las cerezas, unas tiran de las otras. Si un gobierno dictatorial o autoritario liberaliza la economía y la cultura, por ejemplo, será inevitable que la gente, una vez adquirido el gusto por la libertad, acabe reclamando también libertad política y democracia. Así ocurrió con la España de Franco o el Chile de Pinochet. Cuando la ciudadanía se ha acostumbrado a viajar, a comerciar y a leer, la exigencia de democracia resulta imparable y la dictadura tiene los días contados. China parecía el laboratorio ideal para verificar esa tesis: el país más poblado del mundo abre la puerta al capitalismo salvaje y pretende a la vez mantener la dictadura del Partido Comunista. Muchos esperábamos que el pueblo chino iba a exigir de modo incontenible la democracia como correlato del mercado, pero nos hemos visto defraudados: la exigencia de libertad política está resultando francamente minoritaria. Ni siquiera las redes sociales, promesa de libertad para opinar y debatir, están consiguiendo molestar al régimen, que controla Internet de modo refinado e implacable. Por eso es más necesario hacer eco a luchadores como Wu Gan y Xie Yang.

Si el Gobierno chino aprovecha la pausa navideña para intensificar la represión, tenemos la obligación moral de no seguirle el juego. Dar a conocer la suerte de sus víctimas es el mínimo de solidaridad que podemos ofrecerles.

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