Marta Rebolledo de la Calle, Profesora de la Facultad de Comunicación

'Outsiders' y populismos en Francia

La autora analiza las circunstancias excepcionales de estas elecciones galas, con Marine Le Pen y Macron disputándose la Presidencia este domingo. Considera muy serio el asentamiento del populismo

04/05/17 Publicado en El Mundo

DE 'OUTSIDERS', populismos y movimientos. De esto va la campaña electoral francesa, campaña singular donde las haya también por su contexto debido a una confluencia de factores. Por un lado, es la primera vez en el país galo en que un presidente no se presenta a la reelección. Seguramente, el 4% de nivel de aprobación de François Hollande por parte de la ciudadanía francesa influyó en esta decisión. Por otro lado, el 30% de indecisos es un porcentaje aún más elevado respecto a anteriores citas electorales -hay que tener en cuenta que hay 3,3 millones de jóvenes con derecho a voto por primera vez; el 7,4% del cuerpo electoral-. Sin embargo, este alto número de indecisos no significa que esta campaña no suscite interés. Según una encuesta elaborada por el centro de investigación CEVIPOP de Sciences Po, un 82% de los franceses estarían interesados en estas elecciones presidenciales, de entre los cuales, el 57% se mostrarían incluso muy interesados. Los datos relativos al número de indecisos, electores primerizos e interés por este acontecimiento refuerzan la importancia y necesidad de las campañas en cuanto a captación del voto por parte de las opciones políticas.


Pero estas elecciones serán recordadas especialmente por el protagonismo de candidatos outsiders, el reforzamiento de los populismos y el vuelo de movimientos políticos frente a las estructuras de los partidos.


Varios candidatos se han presentado como outsiders; dos de ellos, los candidatos que se enfrentan en ballotage. Emmanuel Macron ha hecho carrera profesional fuera de la política y si bien ocupó la cartera de Economía en el Gobierno Hollande, permaneció sólo dos años para después salirse, preparar el asalto al Elíseo y alejarse de todo lo que tuviera que ver con la gestión del actual Ejecutivo, un tanto denostada. En este sentido, el líder centrista achaca a la candidata por el Frente Nacional que no es una outsider en tanto que su partido y sus ideas le han venido dadas por su padre y fundador del partido, Jean-Marie Le Pen. A su vez, Marine Le Pen se desmarca de todo aquello considerado como perteneciente al establishment. Desde luego, su principal éxito ha sido suavizar y normalizar la imagen del Frente Nacional, alejándolo de ese aire de empresa familiar que tuvo durante años, así como consolidar un núcleo de votantes fieles.

El populismo se ha consolidado. Las presidenciales francesas siguen la línea de otros países europeos donde partidos considerados populistas han protagonizado las últimas campañas. Que Le Pen no sea elegida presidenta en la segunda vuelta del domingo no significa la caída del populismo. Si miramos la distribución del voto en la primera vuelta, el voto populista ascendió casi a un 50%, representado éste principalmente por el Frente Nacional de Le Pen y el movimiento La France Insoumise de Mélenchon, que se quedó a cuatro puntos de Macron. El posible escenario entre dos populismos en segunda vuelta, uno de izquierda y otro de derecha, no era descabellado. Contrasta todo ello con el declive de los partidos tradicionales: el Partido Socialista y los Republicanos han pasado de casi un 60% de voto conjunto en el 2012 a un 26% en estas elecciones.

Una de las causas del desinfle es precisamente la emergencia de nuevos movimientos políticos: En Marche!, liderado por Macron, y La France Insoumise, por Mélenchon. Si bien, según cómo se mire, el éxito de estas plataformas puede entenderse a su vez fruto del hastío de los franceses por su clase política. Llama la atención de estos movimientos el espectro político que aglutinan. El primero representa el centro y se ha beneficiado del voto de una gran parte de votantes que en su día votaron por Hollande, además del de antiguos votantes del centrista Bayrou y algunos flujos de los Republicanos. En cuanto al segundo, se sitúa a la izquierda de los socialistas, y ha sabido recoger el voto también de una parte del socialismo decepcionado por la gestión del actual gobierno. Lo curioso de cara a la segunda vuelta es que probablemente el voto de La France Insoumise sea capitalizado tanto por Macron como por Le Pen; esta última aspira a hacerse con ese espectro del electorado mediante sus promesas relativas al proteccionismo económico para crear empleo y proteger el Estado de bienestar, así como por sus propuestas ecológicas. Esto es un indicio más de cómo el eje ideológico clásico izquierda-derecha pierde vigor y las divisiones ideológicas, tal y como se entendían hasta ahora, se difuminan.

En esta segunda vuelta, los candidatos finales juegan sus últimas cartas intensificando los ejes de su estrategia. En los últimos actos de campaña, Macron sigue defendiendo su posición europeísta y avisa de las negativas consecuencias que supondría para el país la salida de la Unión Europea. En cuanto a la candidata de la ultraderecha, su mensaje se asienta en la defensa de los intereses de los franceses y hace de la inmigración y la seguridad sus consignas de campaña. Desde el punto de vista de la comunicación, Le Pen es una alumna aventajada y sabe cómo orquestar golpes de efecto. Ejemplo de ello es la visita que hizo a los trabajadores de una empresa en apuros en Amiens, mientras su rival se reunía a puerta cerrada con representantes sindicales. Dicha visita le ha servido para escenificar que es «la candidata del pueblo» y repuntar en las encuestas, si bien el margen entre uno y otro sigue siendo importante -algún suceso muy grave e inesperado tendría que ocurrir, como un atentado terrorista, para que se produjera un vuelco electoral-. La escenografía en sus actos refleja su importancia como candidata junto con el país de Francia: no es de extrañar que las siglas del partido queden relegadas a un segundo plano y su vestimenta se limite a los colores de la bandera nacional.

En cuanto a Macron, varios hechos han desconcertado a la opinión pública fruto de varios errores comunicativos debido a su inexperiencia en estos menesteres. Tras conocer los resultados de la primera vuelta, mostró demasiado triunfalismo: celebró su pase a segunda vuelta como si se tratase de la victoria final.

LA COMPARACIÓN de esta celebración con la fiesta de Sarkozy tras ganar las presidenciales en 2007 por todo lo alto en un local distinguido de París ha hecho mella en su imagen de candidato serio y preparado con la que pretende convencer, dejando ver a una persona alejada de la realidad. Además, se percibe una excesiva visibilidad de su mujer en esta campaña como quedó de manifiesto esa misma noche, como si ya fuera la Primera Dama de Francia. Este rol protagonista de su cónyuge no hace más que fomentar el interés de medios people por su intimidad y dedicar portadas a su vida personal. Una mala gestión de su privacidad puede pasar factura en su imagen de político a largo plazo.

A pesar de que Emmanuel Macron sea elegido vigésimo quinto presidente de la República Francesa, como indican todas las encuestas de manera clara, esto no significa el final de los problemas y de incertidumbre que acecha al país galo y por extensión Europa. El 7 de mayo simboliza una puerta abierta ante una maraña de problemas e interrogantes a los que la clase política y la sociedad francesa tendrán que hacer frente desde el primer momento para evitar consecuencias duras e irreversibles en un medio largo plazo para el país. Macron tiene ante sí dos grandes retos tras su victoria. El primero será mostrar su valía y credibilidad como político, y esto sólo pasa por ser capaz de configurar su movimiento en una verdadera estructura política de cara a las elecciones legislativas del próximo mes de junio. Macron necesita una mayoría parlamentaria o un buen resultado para poder gobernar con cierto margen. En caso de que no fuera así, se vislumbra una posible cohabitación. El segundo reto tiene que ver con la gestión de expectativas. Si los franceses esperan demasiadas cosas del futuro presidente, pueden sentirse muy defraudados si finalmente no las cumpliera. Esta decepción minaría aún más a la sociedad francesa y dejaría más cancha a los populismos.

El próximo domingo no es el fin de unas elecciones, sino el comienzo de un nuevo período político.

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