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Jorge Latorre realizando fotografías en Nueva York. Foto: J.L.

Jorge Latorre: «España nunca ha sido buena madre para sus hijos artistas»

En una entrevista publicada hoy por 'La Rioja', el profesor de Fundamentos Culturales de la Comunicación II presenta su último libro 'Tres décadas de El Espíritu de la Colmena (Víctor Erice)'

 

LA RIOJA, 11 de junio de 2006
Jorge Latorre nació en Logroño, una ciudad poco dada a la ficción, en 1969, aunque vivió su infancia y parte de su juventud en Huércanos. Comenzó a interesarse en serio por el cine en la universidad, pues fue allí donde descubrió «que era algo distinto de lo que vemos habitualmente por televisión». Como él mismo se confiesa, «tal vez yo sea un tipo raro, pero recuerdo como una experiencia inolvidable una proyección de El séptimo sello de Bergman en 16mm sobre la pared de la sala de estar del colegio mayor donde vivía en Pamplona». «En fin, que eso era arte (y yo estudiaba Historia del arte) -añade- y no lo que pensaba que era el cine hasta entonces (que no me interesaba mucho). Soy, por tanto, un descubridor tardío del apasionante mundo del cine. De hecho sólo recientemente me he metido de lleno a investigar sobre este medio como vehículo creativo de excelencia en el siglo XX». Entre sus resultados, el libro Tres décadas de El Espíritu de la Colmena (Víctor Erice) (EUNSA, 2006).

   
 
   

–¿Qué tiene el cine de Erice para que sea intemporal?

–Pues tiene un poco de lo mejor de todos los grandes directores (especialmente europeos), y mucho de lo bueno de la tradición pictórica y filosófica española; me refiero a esa que se remonta al Siglo de Oro, y que tiene en Zurbarán y Velázquez, o en la poesía de Quevedo, sus precedentes, pero que llega hasta la Edad de Plata de nuestras letras, con intelectuales como Unamuno y Ortega. De hecho, todas estas referencias están, directa o indirectamente, presentes en la película El espíritu de la colmena, y también en El Sur. Incluso El sol del membrillo, de la mano de Antonio López, se enfrenta a estas mismas cuestiones del tiempo inexorable como recuerdo de la muerte (las Vánitas barrocas), que interesan también a este gran pintor de bodegones que es López. Curiosamente, la obra de Erice adquiere intemporalidad reflexionando sobre el paso del tiempo (eso es el cine y eso es también la vida); pues es un cine que habla de las grandes cuestiones que preocupan a ese ser en el tiempo que es el hombre. En esto consiste el gran arte de todas las épocas, ese que sigue siendo contemporáneo porque continúa haciéndonos vibrar. Erice hace arte de primera fila, y por eso se puede considerar un clásico. 

–¿Existe una lectura unitaria del sentido de la película?

–Es una película abierta, y por tanto sus lecturas también lo son; pero yo defiendo en el libro que cuando se tiene en cuenta las vivencias del autor, y el mismo proceso creativo (en el que la obra le va marcando también sus pautas), el disfrute personal es mucho mayor. Esto tiene que ver con una mayor profundización en los asuntos propuestos en el relato. En todo caso, no es propio del artista aportar respuestas, sino poner sobre la mesa las grandes preguntas, que cada uno tiene después que continuar con su propia vida. El espíritu de la colmena trata sobre los difusos límites del cine y de la vida, de la realidad y de la fantasía. Al menos tal como lo vivió la generación de Erice, esa prole de niños de la posguerra, adoptados por el cine y nutridos por él. Erice lo narra de modo poético, dejando hacer a sus personajes, y también dejando margen de maniobra suficiente al espectador. Pero es muy autobiográfico siempre.

–Usted desentraña los logros del director en El espíritu de la colmena, pero ¿cree que sus trabajos han aportado algún hito?

–Es una película abierta, y por tanto sus lecturas también lo son; pero yo defiendo en el libro que cuando se tiene en cuenta las vivencias del autor, y el mismo proceso creativo (en el que la obra le va marcando también sus pautas), el disfrute personal es mucho mayor. Esto tiene que ver con una mayor profundización en los asuntos propuestos en el relato. En todo caso, no es propio del artista aportar respuestas, sino poner sobre la mesa las grandes preguntas, que cada uno tiene después que continuar con su propia vida. El espíritu de la colmena trata sobre los difusos límites del cine y de la vida, de la realidad y de la fantasía. Al menos tal como lo vivió la generación de Erice, esa prole de niños de la posguerra, adoptados por el cine y nutridos por él. Erice lo narra de modo poético, dejando hacer a sus personajes, y también dejando margen de maniobra suficiente al espectador. Pero es muy autobiográfico siempre.

–Llega incluso a comparar los méritos de la película con los de El Quijote, poniendo en relieve aspectos que hacen a ambas obras únicas.

–Sí, ambas introducen elementos de reflexión intertextual (sobre la propia creatividad literaria o cinematográfica) y de juego entre vida y ficción, historia y poesía, que les dotan de gran riqueza y complejidad; y ambas han propiciado, quizás por eso, abundantísima literatura crítica e interpretaciones de todo tipo según las modas del momento.

 
«El cine de Erice habla de las grandes cuestiones que preocupan a ese ser en el tiempo que es el hombre»

–¿Corren malos tiempos para el cine 'reflexivo' como el de Víctor Erice? ¿Está condenado al fracaso comercial o, peor, al ostracismo?

–No es éste un fenómeno reciente en España, y ni siquiera exclusivo del cine: Andrés Trapiello recoge en su famosa biografía de Cervantes que pese a la reconocida genialidad y fama mundial de Cervantes, algunos nobles franceses venidos para el casamiento de los príncipes, se maravillaban de que tal hombre viviera pobre en su vejez, y no le tuviera España «muy rico y sustentado del erario público». España nunca ha sido buena madre para sus hijos artistas. En el cine, además, entran un montón de problemas en juego, puesto que tiene enorme poder de influencia social, y la ingerencia del Estado (que siempre pone condiciones) podría ser vista como algo peligroso para el mismo desarrollo creativo en libertad. No es nada fácil llegar a un término medio entre la promoción del cine nacional (frente a la competencia americana) y la no ingerencia política-respeto a la libertad de expresión.

–¿Qué tiene El espíritu de la colmena que no tenga El Sur?

–Está terminada. Y no recurre a la voz en off para contar la historia de iniciación a la vida y el descubrimiento de sus enigmas. Se hace en presente, desde la óptica misma de una niña de seis años. Esto es excepcional, e irrepetible.

 
 
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