La
"escultura habitable"
Alfonso Sánchez-Tabernero
A
la Facultad de Comunicación
la han hecho grande sus gentes: sus alumnos, llenos de
ingenio y creatividad; los profesores, con su capacidad
innovadora, su afán
de enseñar los aspectos relevantes del mundo en
que vivimos y… sus grandes dosis de paciencia; y
los antiguos alumnos –siempre dispuestos a colaborar
con su alma Mater–, que son ejemplo de excelencia
profesional. Los aspectos materiales son secundarios, pero
un buen regalo no se merece un mal envoltorio. Por ese
motivo, la Facultad dio un gran salto adelante –de
verdad, no como el de Mao– cuando estrenó su
edificio en 1996. Hasta entonces vivíamos “de
prestado” en
el Edificio Central. Ahí nos repartíamos
aulas y despachos con las facultades de Derecho y de Filosofía
y Letras, y con los servicios generales de la Universidad.
Algunas zonas, como los estudios de radio o el antiguo
Decanato, se parecían bastante al famoso camarote
de los hermanos Marx: había que hacer juegos malabares
para sacar partido a esos espacios tan reducidos. También
hemos usado las aulas de Arquitectura y de Económicas
en el ala Oeste del antiguo edificio de Bibliotecas.
Pero
el Central ha dejado paso al edificio de hormigón
que se levanta sereno y atrevido en medio del campus, flanqueado
por la nueva Biblioteca y la Facultad de Derecho; con la
plaza del olivo –lugar de encuentro en las frecuentes
idas y venidas de la Biblioteca a la Facultad–, que precede
a una tranquila pradera, que acaba en la carretera paralela
al Sadar.
Como cualquier obra singular y emblemática, el
edificio ha suscitado polémicas; las más
recurrentes se refieren a la ausencia de percheros en las
aulas o a la dura madera de las sillas. Alguna vez preguntaron
al arquitecto, Ignacio Vicens, por qué había
construido un edificio tan minimalista, dominado por el
gris y con muy poca decoración. Vicens contestó que
la Facultad de Comunicación era una escultura habitable,
en la que el color lo ponían sus alumnos.
En efecto,
cuando el edificio está vacío,
parece que no tiene alma: sus líneas rectas producen
sensación de desamparo y frialdad, que sólo
el inmenso mural de Fernado Pagola es capaz de mitigar.
Pero, en pleno rendimiento, el edificio es un espectáculo
deslumbrante: alumnos y profesores en aulas, laboratorios,
Nuestro Tiempo, Euroview, la radio, el oratorio, los seminarios,
el bar… Ahí se ven proyectos compartidos,
planes, ideas y sueños (a veces… en todos
los sentidos).
Mi lugar preferido del edificio es
lo que podría
denominarse la “barandilla de los curiosos”:
me refiero al pasillo del primer piso, desde el que se
ve el gran hall de la planta baja. En ese centro neurálgico
de la Facultad tienen lugar cada día cientos de
conversaciones; por ejemplo, desde la citada barandilla
no es difícil ver alumnos que sugieren a sus profesores
posibles incrementos en la nota del examen (este eufemismo
académico se traduce en el lenguaje normal como “hacer
descaradamente la pelota”).
La Facultad cuenta con
un edificio que refleja su personalidad: es lugar de estudio
e innovación, ámbito
para compartir proyectos, entorno para comprender e interesarse
a fondo por los demás. En el próximo medio
siglo, quienes estudien y enseñen en la Facultad
de Comunicación tendrán muy claras –esculpidas
en… hormigón– sus señas de identidad.
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Alfonso Sánchez-Tabernero [astabernero@unav.es]
fue decano
de la Facultad de Comunicación de la Universidad
de Navarra. |
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El
edificio de hormigón de la Facultad se levanta sereno
y atrevido en medio del campus |
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Los
pasillos del edificio registran mucho tráfico
humano, sobre todo en los descansos entre clases. |
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