El
traslado al campus
Elica Brajnovic
En 1963 nos trasladamos al campus,
donde inauguramos el Edifico Central. O, mejor dicho, la
mitad del Edificio Central, puesto que las obras continuaban
casi al mismo ritmo que las clases. Atrás quedaba
la Cámara
de Comptos con su patio medieval, su pozo, su sepulcro
de piedra, su aula con bancos tapizados en terciopelo granate,
la hemeroteca del primer piso –¡cuántas
horas midiendo, recortando y analizando los periódicos
bajo la mirada de don Ángel
Benito!–, la pequeña biblioteca para la cual –dicen
las malas lenguas– el profesor Polo pidió comprar
más libros puesto que ya se había leído
todos los que había. También atrás
quedaban el bar Bilbao y las tardes de sol en la Plaza
de San Francisco.
Ahora el escenario era nuevo. Al gran
edificio de granito gris se llegaba con la Villavesa –hoy
COTUP– que traqueteaba desde los Caídos, pasando
por la fábrica
de huesos de Pío XII, que nos obligaba a retener
el aliento, hasta el valle del Sadar. Alguno se enteraba
por primera vez de que, además del Arga (en el que
don Ismael quería organizar regatas de piraguas)
había otro río en Pamplona. Bueno, de hecho
había tres: Arga, Sadar y Elorz, pero saber eso
ya era de nota; que se lo digan al profesor Ferrer.
En el
Central había mucho espacio y mucho ruido.
A veces sobornábamos a los obreros para que golpearan
más fuerte si la clase era del profesor Benavides,
quien hablaba bajito y a quien molestaba el estruendo: “Si
esto sigue así, dejamos la clase”, decía
con esa seriedad y calma típicas del hombre de números.
Las
primeras clases de la mañana aún sorprendían
a alguna señora de la limpieza intentando ganarle
la batalla al polvo. Todo ello bajo la experta y amable
dirección de Mila Báscones. A veces, incluso
nos encontrábamos en la entrada con el Rector, profesor
Albareda, quien insistía en abrir la puerta a las
alumnas y dejarlas pasar. Aunque también se le podía
encontrar en la Plaza del Castillo –donde estuvo
instalado por un tiempo el Rectorado–, en el Central, su
presencia daba a todo el entorno una dignidad nueva.
¡Cuánto barro por el campus! Ir hasta la
Venta de Andrés era toda una odisea; pero los pinchos
de tortilla lo merecían. Incluso cuando el Faustino
abrió sus puertas, la Venta de Andrés mantuvo
su popularidad. Por lo menos entre nosotros, los de Periodismo.
El
primer curso en el Edificio Central acabó con
algún que otro noviazgo gracias a la vecindad de
los colegios mayores Goimendi y Belagua –que llevaban
ya un año funcionando– y el perfil romántico
del puente de los enamorados.
Era primavera y ya no había
barro. El Sadar bajaba lleno de agua y los chopos arrojaban
una sombra intermitente sobre la estrecha carretera por
la que circulaba algún
que otro seiscientos. Por lo demás, todo normal.
El profesor Polo en la Biblioteca; los obreros a lo suyo,
y los estudiantes, cada uno a su casa. Con el orgullo de
saberse parte de la historia de la Universidad de Navarra,
de haber estrenado el Edificio Central.
---
Elica Brajnovic [ebrajnovic@unav.es]
es directora de Medios Audiovisuales
de la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra. |
|
Quienes
estudiaron en 1963 tienen el orgullo de saberse historia
de la UN por estrenar el Edificio Central |
| |
| |
| |
|
|