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reportaje-50homilia_testimonio1

 

 

 

Encendido en amor a Dios, a la Iglesia y a todas las almas, la palabra de San Josemaría, segura, firme y vigorosa, escuchada en absoluto silencio, penetraba  y quedaba grabada en las mentes y en los corazones de todos. No entraré yo a comentar aquí la gran riqueza teológica y apostólica del contenido de la homilía, cosa que otros han hecho y seguirán haciendo. Sólo diré que con ella, en quienes entonces estábamos en la Universidad, como en los que vinieron después, se hizo más fuerte la convicción de que, para cada uno y para el servicio que se prestaba a la sociedad, era verdaderamente importante procurar, con ayuda de la gracia divina, que la propia vida, en todos sus momentos y manifestaciones, se ajustara lo más posible a las enseñanzas del Evangelio, que se supiera encontrar a Jesucristo en todas las cosas grandes o pequeñas de cada día, que se buscara siempre el bien de los demás. Junto a eso, y aun por eso mismo, se habría de tratar de realizar las funciones propias de la Universidad con la mejor calidad que permitieran nuestras limitaciones, poniendo en juego la preparación y criterios profesionales propios, con lealtad a los principios fundacionales y con plena libertad y personal responsabilidad. Los Amigos de la Universidad también reaccionaron con el deseo de mejorar en su vida cristiana, y captaron más profundamente el elevado sentido de su cooperación generosa, como “claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal”.