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Alfonso Sánchez-Tabernero, rector de la Universidad

Desde que comenzó en 1952 la Universidad de Navarra ha vivido lo que podemos llamar algunos “momentos clave”. Entre ellos destaca el que ahora conmemoramos: la homilía pronunciada por san Josemaría en 1967 con motivo de la reunión de la Asociación de Amigos, la llamada “homilía del campus”. Fue un suceso singular desde muchos puntos de vista. Tuvo lugar ante miles de asistentes procedentes de toda España: profesores, alumnos y una amplia representación de personas que formaban la Asociación de Amigos. La Universidad contaba con 15 años de vida y, con la ayuda de muchas personas y la acogida de Navarra, empezaba a desarrollarse de forma significativa. Los edificios de Investigación, Central y Biblioteca, junto con los colegios mayores creaban el esbozo del campus tal como hoy lo conocemos. Cuentan los asistentes que en el ambiente se respiraba el entusiasmo propio de los comienzos y la expectación por escuchar a san Josemaría. Sus palabras –que nos han llegado en la grabación original- desplegaron con gran profundidad y belleza el peculiar carisma del Opus Dei e hicieron referencia expresa a la Universidad de Navarra y a su misión. 

Llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿pueden ser válidos mensajes que leemos o escuchamos en una grabación de 1967, cuando los cambios de la sociedad y de la propia Universidad en estos 50 años han sido tan significativos? Invito a cada miembro de la comunidad universitaria a descubrir o redescubrir esta homilía y a buscar por sí mismo las respuestas. Por mi parte comparto tres reflexiones que su nueva lectura me ha suscitado. La primera hace referencia a su propio título: “Amar al mundo apasionadamente”. Un título que sintoniza con la visión radicalmente positiva de la existencia humana, del mundo, de la sociedad, que se trasluce en las palabras del Fundador de la Universidad. Esa perspectiva nos transmite un primer mensaje a todos los que trabajamos en la Universidad de Navarra: la búsqueda de la verdad, el esfuerzo por la formación de la juventud, la tarea investigadora, requieren del motor de la esperanza. Esperanza que se manifiesta en la capacidad de movilizar recursos y personas, de emprender con otros tareas en apariencia imposibles, de arriesgar porque confiamos en la generosidad de los demás y porque estamos dispuestos a poner en juego lo mejor de cada uno de nosotros.

Un segundo aspecto que me gustaría señalar es el aprecio del trabajo profesional como medio para la transformación del mundo. La Universidad aspira a formar personas con la máxima capacitación profesional, que tengan a la vez el empeño por contribuir a los cambios sociales. Las palabras de san Josemaría en aquella mañana de octubre son una invitación a considerar una vez más la importancia de esta tarea, y el reto que supone para nosotros: estamos invitados a crear entornos de aprendizaje que susciten reflexión, implicación personal,  decisiones libres y responsables, basados en el diálogo y en la apertura a los demás.

Finalmente, pienso que viene especialmente al caso considerar la vocación de la Universidad al servicio de la sociedad. Y quería hacerlo recordando unas palabras de su Fundador, que recogió la prensa del momento. En un encuentro en la tarde posterior a la celebración de la Misa, le preguntaron a san Josemaría por la misión del Opus Dei. Y su respuesta fue: “se trata, entre otras cosas, de llenar la tierra de alegría. El Opus Dei quiere que haya menos pobres, menos tristes, menos ancianos abandonados, menos enfermos solos”. Me parece que es una buena descripción de lo que intentamos hacer en la Universidad de Navarra. Nuestros proyectos buscan mejorar la vida de las personas, especialmente de los que se encuentran en mayor necesidad, de los que están en riesgo de quedar excluidos o marginados.

Como nos recordó en más de una ocasión nuestro anterior Gran Canciller, Javier Echeverría, la Universidad ha salido adelante por el sacrificio muchas veces inadvertido de personas que han pasado ocultas y se han sacrificado por un proyecto que merecía la pena. Y aunque haya crecido en estos 50 años y algunos retos sean distintos, sigue teniendo necesidad de mujeres y hombres con la capacidad de comprometerse y de emprender nuevas aventuras. Para acometer esa tarea, las palabras de san Josemaría continúan siendo una fuente de inspiración, una guía extraordinariamente alentadora.