Ricardo Fernández Gracia, director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Alegorías en el arte navarro desde el s. XVI

02/11/16 Publicado en Diario de Navarra

El gran codificador de las alegorías o personificaciones de vicios, virtudes, emociones, ciencias, aptitudes y actitudes fue Cesare Ripa, académico y erudito humanista italiano que falleció en Roma en 1622. Bajo el título de Iconología, publicó en Roma en 1593, una gran colección de alegorías, con amplias descripciones, inspirándose para ello en diversas fuentes literarias como los Hieroglyphica de Piero Valeriano, Emblematum libellus de Andrea Alciato, el Sermón de las medallas de los antiguos de Sebastiano Erizzo, la Biblia, códices medievales, medallas y monumentos de la Antigüedad. En 1603 el texto fue reeditado en Roma y dedicado a Lorenzo Salviati, ampliado con más de 400 entradas y con muchas imágenes xilográficas. En 1611, el texto fue reeditado en Padua y posteriormente se tradujo a otros idiomas. En general, en las sucesivas ediciones, fueron ganando espacio las imágenes, lo que convirtió a la obra en más atractiva y didáctica.

El repertorio de imágenes de Ripa se impuso a la imaginación de los artistas europeos de los siglos XVII y XVIII, sobretodo en Italia, Francia y España. Los grandes artistas, escritores y humanistas poseyeron aquel libro. Sabemos que estaba en los anaqueles de las bibliotecas de Velázquez, Palomino, Carducho, Pacheco, Preciado de la Vega o Ardemans, entre otros. Quien desee acercarse a realizar una lectura, en clave cultural, de las grandes obras del Barroco ha de acudir a la obra de Ripa.

 

En el Renacimiento y el Manierismo

En sintonía con Italia y Europa, todo el lenguaje simbólico de emblemas, alegorías y jeroglíficos cobró fuerza desde los inicios del siglo XVI en sepulcros y algunas fachadas, pero la verdadera abundancia de representaciones alegóricas llegaría de la mano del arte del Manierismo, particularmente en los retablos, en donde las encontraremos con un sentido estético y atributos similares a los usados en el resto de Europa, desde Amberes a Roma o Nápoles. Señeros conjuntos como la custodia de Juan de Arfe de Sevilla o la sillería del monasterio cisterciense de Valdeiglesias, actualmente en la catedral de Murcia, hablan del triunfo de aquel lenguaje, que se vino a acrecentar con la llegada de la Iconología de Ripa, recomendada por los tratadistas Francisco Pacheco, suegro de Velázquez o Vicente Carducho.

En Navarra la presencia de las alegorías de las virtudes teologales y cardinales se hacen patentes sobre todo en los relieves de los retablos romanistas, e incluso en algunos anteriores y del primer Barroco. Junto a los titulares de los mismos, la Virgen o los mártires, venían muy bien para realizar un discurso catequético y aún encomiástico de los mismos, adaptando siempre cada virtud al santo en cuestión, por ejemplo la fortaleza y la justicia siempre con San Miguel … etc. En ocasiones, como en el retablo de Ezcároz y el del monasterio de la Oliva, alcanzaron la categoría de grandes bultos redondos, pero lo usual es encontrarlas en relieves que las representan tumbadas, adaptándose a los rectángulos de los banquillos de los sucesivos cuerpos de los retablos. La sillería de la parroquia de Aguilar de Codés, del segundo tercio del siglo XVI, es un buen y temprano ejemplo de la representación de alegorías, como puede verse en sus tableros. En los retablos mayores de  Cábrega, Learza, Ugar, Olazagutía, Berrioplano, Tirapu, Arellano y Muruzábal y en colaterales de Azagra, Ochagavía, Garisoain, Lumbier, Villatuerta o Mañeru, entre otros, se pueden contemplar virtudes teologales y cardinales con sus correspondientes atributos.

El otro soporte de las virtudes en aquellos momentos fueron las cruces procesionales de plata. De modo particular en las del segundo tercio del siglo encontramos, junto a los Evangelistas y los titulares de las parroquias, alegorías diversas en las cruces procesionales de Ugar y Oláiz entre otras.

De ordinario la fe con los ojos tapados se acompaña de la cruz y, a veces, con la Eucaristía, la esperanza porta un ancla y la caridad amamanta y protege a niños desvalidos. Respecto a las cardinales la fortaleza va con una columna o tiene a su lado  un león, la prudencia porta espejo y serpiente, la justicia la balanza y la espada y la templanza derrama líquido de una jarra sin  que se pierda gota alguna, manteniendo el pulso.

 

La figura de la fe en púlpitos, expositores y templetes

Como cabría esperar, nuestro patrimonio, eminentemente de carácter religioso, ha conservado numerosas representaciones de la fe. Los grandes tornavoces de los púlpitos barrocos se coronan con su figura, generalmente con los ojos vendados, portando la cruz y la Eucaristía. Así aparece en los púlpitos de Fitero, Funes, Errazu, Ujué, Santacara o Villafranca. A veces, ocupa los fondos de los sagrarios, en bellísimas labores polícromas y a punta de pincel, como ocurre en Ilzarbe o Paternain y en otras remata los expositores (Urdiain, Los Arcos, Villafranca) o los grandes templetes, como vemos en el de la Magdalena de Viana o el de San Fermín de Pamplona. Cuando acompaña a sus compañeras la esperanza y la caridad, suele ocupar el lugar central.

 

En los grandes conjuntos dieciochescos

Tras un abandono del lenguaje alegórico, volverá a aparecer con fuerza a partir del segundo cuarto del siglo XVIII. Las enormes escenografías, tanto en retablos y en conjuntos de pintura decorativa, tuvieron un formidable apoyo en la personificación de algunas virtudes, fundamentalmente las teologales y las cardinales. Las primeras aparecen en las cabeceras de San Francisco y Santa María de Viana y de la ermita de la Virgen del Soto de Caparroso, en señeros conjuntos debidos a los pinceles de fresquistas aragoneses o del navarro Mata.

En otros lugares se complementan con otras virtudes cardinales, como ocurre en la cabecera de la parroquia de Iturmendi o la ermita del Soto antes citada. En esta última encontramos también a la devoción, la verdad y la obediencia junto a la fortaleza y la justicia.

El interior de la parroquia de Los Arcos, con las pinturas de Jose Bravo, realizadas entre 1742 y 1745,  ofrece un conjunto de alegorías riquísimo: las tres virtudes teologales y otras como la liberalidad –esparciendo objetos de valor-, la soberbia –con las plumas del pavo real-, y la envidia –comiéndose  su propio corazón-.

Esculturas de gran tamaño figurando a las virtudes cardinales encontramos en la capilla de Santa Ana de Tudela y en la de la Virgen del Camino de Pamplona, en ambos casos para exaltar a ambas y convirtiéndose en fieles aliadas de la palabra que se pronunciaba desde el púlpito para exaltar a las titulares de las capillas. Los relieves de los frontales de plata barrocos de la capilla de San Fermín incorporan las personificaciones del premio y la virtud.

De calidad sobresaliente son las pechinas de la capilla de San Juan del Ramo en Santa María de Viana en que se representan cuatro grandes virtudes del Precursor, titular de la capilla, obra del célebre Luis Paret de 1787. Allí encontramos a la santidad, representada como una doncella arrodillada ante una cruz con un altar donde se quema incienso y un jarrón a sus pies; la sabiduría, vestida con ricos ropajes y con amplias alas, acompañada del libro de la sabiduría y girando su rostro para recibir la inspiración del Espíritu Santo; la constancia que porta columna y espada; y la castidad flagelando a un cupido  y sosteniendo en su mano izquierda un arnero lleno de agua.

En relación con el mundo académico hay que citar las alegorías que decoran la carroza del marqués de San Adrián de Tudela: música, arquitectura, escultura y pintura, así como otras que aparecen en retablos y mobiliario de la segunda mitad del siglo XVIII.

Un conjunto desaparecido y que bebía en el libro de Ripa lo constituían las pinturas de la capilla del Santo Cristo de la columna de Cascante, decorado por Diego Díaz del Valle en 1799. Este pintor vecino de la citada localidad y el único pintor de caballete con ciertas pretensiones en las últimas décadas del siglo XVIII en Navarra, dejó un escrito que se editó explicando todo lo que había realizado. Por esa publicación sabemos que junto a numerosos símbolos, figuraban en las pechinas la  obediencia, la inocencia, la humildad y el dolor, glosando a Cristo y su pasión, mientras que en el costado derecho se veía a la constancia y contemplación y en el izquierdo a la devoción y gratitud. El centro estaba reservado a la alegorización de la ciudad de Cascante en forma de heroína gloriándose de la capilla junto a la liberalidad.

 

Al servicio del poder y de la fiesta

Edificios municipales de la categoría del ayuntamiento de Pamplona de mediados del siglo XVIII, la casa de la ciudad en la Plaza nueva de Tudela, de fines del XVII o el consistorio de Vera acudieron al lenguaje de la personificación de las virtudes del buen gobierno. En la capital navarra bajo la mirada de la alegoría de la Fama que pregona las glorias de la ciudad, encontramos sendos Hércules que personifican la virtud y a los lados de la puerta principal las esculturas que alegorizan a la Prudencia y la Justicia, aquélla con el espejo del conocimiento de sí mismo y la serpiente de la astucia y la justicia con la balanza y la espada. Las dos esculturas son obra de José Jiménez. En Vera aparecen las cuatro virtudes cardinales con sus correspondientes atributos, realizadas entre 1773-1776.

Pero más allá de los edificios, las personificaciones de virtudes y vicios se hicieron presentes en los festejos conmemorativos que con diferentes motivos se preparaban en las ciudades y pueblos. Sirvan de ejemplo las parejas disfrazadas que desfilaron por las calles de Pamplona en 1749 en honor de la Virgen del Camino: la cortesía, el agrado, distintos tipo de amor por parejas (fino y constante, tierno y apreciativo, cordial y reverente, ingenioso y solícito, prudente y justo, pacífico y eficaz, modesto y vergonzoso, solícito y generoso), la ciudad de Pamplona con sendas ninfas, el don de consejo, las virtudes cardinales y finalmente, cuatro parejas burlescas: verdor-lozanía, chiste-sazón, el vicio y la trampa-engaño.

En otro festejo dedicado por jóvenes estudiantes a San Fermín en 1756, se organizó un desfile con varias parejas, a caballo, con peto y espaldar, que eran alegorizaciones de  las nueve ciudades del Reino de Navarra con sus emblemas heráldicos y sus correspondientes poesías, a las que seguían dioses y diosas de la “Gentilidad Ciega” y héroes y heroínas bíblicos y de la Antigüedad. Entre los grupos se dispusieron parejas de turcos, “vestidos a la moda Turca, que parecían iban en Romería a Meca”. Cerrando esta parte y presidiendo el cortejo se dispuso un carro triunfal para pasear la personificación de la ciudad de Pamplona y del Reino de Navarra, en forma de gallardo joven jinete, bizarramente adornado, sujetando un estandarte con las armas de Navarra.

Como portada para la reedición de los Anales de Moret, en 1766, José Lamarca  ideó una portada que no llegó a publicarse, pero de la que se conserva el dibujo. En él vemos el escudo de Navarra sobre una delicada arquitectura clásica y un cortinaje. Alrededor aparecen la figura alada de la Fama, otra personificación con casco y lanza que sujeta a unos esclavos con una cadena, que podemos identificar con la victoria o mejor aún con Atenea, diosa de la guerra justa de la sabiduría y la cultura, y una tercera figura alada, sentada sobre un fuste de columna, sostiene una especie de pluma o cincel y tiene a sus pies varios libros, por lo que se ha de identificar con la alegoría de la historia. La lectura del dibujo parece estar bastante clara, en torno a la visión del Reino como triunfante de sus enemigos y favorecedor de las artes y la cultura.

Los festejos fúnebres que tenían su punto central en los catafalcos levantados en la catedral, también se ornamentaban con alegorías de las virtudes de los monarcas difuntos. Conocemos el diseño grabado (1696) de los funerales de la reina Mariana de Austria en el que figuran en la base las cuatro virtudes cardinales. Emblemas y alegorías estuvieron muy presentes en el protocolo funerario, como han estudiado Molins y Azanza.

 

Del siglo XIX  a nuestros días: señeros ejemplos

En señeros edificios del siglo XIX volvemos a encontrar personificaciones destacadas. Así en el Instituto Provincial –Escuela de Comercio-, obra de Maximiano Hijón de 1857, encontramos alegorías de las ciencias y las letras en los laterales de su fachada, acompañadas de sus respectivos atributos.

De gran significación son las alegorías que aparecen en el Salón del Trono del Palacio Provincial o de Diputación. El pintor que se hizo cargo de ellas sería Martín Miguel Azparren, natural de Eugui, que había enviado en 1852 dos cuadros al diputado Juan Pedro Aguirre, uno con el tema de la caridad encargado por el marqués de Fontellas y otro que representaba al genio del progreso para enviar a la Exposición de Madrid por medio de don Nazario Carriquiri. El ofrecimiento de sus servicios a la Corporación fructificó años más tarde en 1860 en que se haría cargo del techo del palacio con la representación de las virtudes cardinales, siempre relacionadas con el buen gobierno, así como la gran alegoría de Navarra, en forma de matrona coronada con referencias a la abundancia, la agricultura, la industria, las hazañas bélicas, el progreso patentizado en las fábricas con sus humeantes chimeneas y el acueducto de Noain. En relación con esta composición hay que poner el gran mapa de Navarra realizado por Francisco Boronat en una gran cromolitografía (1879)  presidida en su parte superior por el escudo de Navarra y sendas alegorías que se acompañan de los atributos de las letras, las artes, el progreso, la fortaleza y las fuentes de riqueza. En la misma sintonía de elemento parlantes hay que situar el frontón del palacio de Diputación, obra de Fructuoso Orduna de 1932-1934.

En el emblemático Monumento a los Fueros (1903) se pueden contemplar las personificaciones de la historia, la autonomía, la paz y el trabajo, amén de la alegoría de Navarra titular del conjunto. El otro gran monumento público del momento, se encuentra en el cementerio de Roncal para honrar la memoria de Gayarre. Fue obra de Mariano Benlliure, realizada entre 1981 y 1895, y en el conjunto destacan las alegorías de la música,  la armonía, la melodía y la fama.

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