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Pablo Pérez, Catedrático de Historia Contemporánea

La hora del relevo

03/06/14 Publicado en Diario de Navarra

Este verano se cumplirán cuarenta años de la primera vez que el príncipe Juan Carlos asumió, provisionalmente, los poderes de Jefe del Estado. Su padre, Don Juan de Borbón, en ese momento depositario de los derechos de la familia real, estaba entonces en Sanlúcar de Barrameda. El catedrático Antonio Fontán fue a visitarle y hablaron de qué podría suceder si Franco fallecía. Don Juan decidió llamar a su hijo, Juan Carlos, para saber qué opinaba: ¿le parecía bien que no estuviera en España", vino a decirle. El padre siguió el consejo.

Al año siguiente, fallecido Franco, don Juan llamó a Fontán a París y le pidió que transmitiera un mensaje a su hijo, el Rey, lo antes posible, directamente y sin testigos: que él -don Juan había decidido abdicar en su favor, transfiriéndole los derechos históricos de que era depositario y la jefatura de la dinastía. Quería conservar el título de Conde de Barcelona. Casi dos años más tarde esta cesión de derechos se oficializó públicamente.

Es posible que estos recuerdos hayan pasado por la cabeza del rey Juan Carlos I últimamente. La historia de las familias reales tiene la virtud de convertir lo general en particular, lo colectivo en personal, y hacer así de lo concreto un símbolo.

Ahí radica buena parte de su función política: al convertir en símbolo de un pueblo a una mujer o un hombre, manifiestan en primer lugar una voluntad de unidad. Ese puede considerarse el primer logro de Juan Carlos I y la Corona en estos años: enfrentarse al desafío de mantener unidos a los españoles en torno a un proyecto común. Su conocimiento de las profundas divisiones que habían roto el país dejaba pocas dudas sobre la entidad de la tarea. La abordó pilotando un proyecto político arriesgado en un momento de fuerte crisis económica. Y fue un éxito. El viejo símbolo monárquico, no sin dificultades, cumplió su función.

En estrecha conexión con ese significado, el rey Juan Carlos I encarnaba una generación. Hasta las personas que eligió como colaboradores más directos para poner en marcha su proyecto político lo pusieron de manifiesto. Se ha dicho muchas veces de Adolfo Suárez y se puede decir de muchos otros: eran la generación de la reconciliación, lucharon por conseguirla, y la lograron.

El esfuerzo debió hacerse desde todos los lados, como siempre que se persigue una reconciliación, y el mérito de Juan Carlos I fue conseguir que no hubiera ningún sector significativo que se sintiera excluido de la tarea.

Por último, como a todo ser humano, el tiempo le dejó sus marcas: sus logros y sus debilidades están ahí para que las estudiemos. España normalizó su posición en el concierto internacional, apareció como modelo de transición pacífica, y vivió años de fuerte desarrollo económico. Pero el dinero no da solo soluciones a la pobreza, también puede servir para la corrupción, y los políticos de la democracia no eran ajenos a esas tentaciones, ni tampoco los miembros de la Casa Real. Y así, las lacras del tiempo de la democracia se han vivido en carne propia en la Real familia.

El titular de la Corona ha decidido ahora que es tiempo para el relevo. Ciertamente el tiempo biológico así lo sugiere, pero también el momento político. El símbolo monárquico debe demostrar que puede prestar un nuevo servicio en un tiempo nuevo. El desafío no es ahora menos intenso que hace cuarenta años y nos afecta a todos, diría que más que entonces. Una democracia, una monarquía constitucional es cuestión ciudadana antes que regia.