Joaquín Lorda: adiós a un humanista de la Arquitectura

 

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FOTO: Manuel Castells
18/06/16 13:37 Miguel A. Alonso del Val

Aún conmocionados por la noticia y con la conciencia clara de no poder reflejar aquí toda la dimensión humana y académica de un profesor irrepetible de nuestra Escuela de Arquitectura, el gran Joaquín Lorda Iñarra, todos los que le hemos conocido y apreciado nos sentimos hoy un poco huérfanos. Huérfanos quienes han convivido con él, quienes han sido sus colegas, quienes le han atendido en sus preocupaciones, quienes han sido sus alumnos, quienes han viajado con él por España, Europa y América, quienes han sido sus amigos… Toda la Escuela se ve teñida de negro ante la desaparición de un profesor que ha dibujado sus paredes, que ha cubierto de color, de luz barroca y de amor por la historia, sus espacios, y que ha entusiasmado a cientos, miles de alumnos por la arquitectura desde el disfrute y la comprensión de sus espacios y sus tradiciones formales a través de innumerables viajes gráficos, físicos y, ahora, virtuales.

Joaquín pertenece a la primera generación de arquitectos que recibió en nuestra Escuela el aliento de Javier Carvajal. En aquella promoción que se despertó “hablando de arquitectura”, Joaquín era el alumno más brillante, también el más vehemente y contradictorio. Aunque hoy no parezca posible, Joaquín fue un devoto de la modernidad más experimental en sus proyectos siempre al límite y así se comportó en sus primeros años de carrera profesional hasta convertirse, quizá altamente decepcionado por lo chato del mercado y de sus resultados constructivos, en un apasionado defensor y estudioso de la arquitectura tradicional, especialmente la clásica, académica y barroca. Retornó a la Escuela apoyado por el catedrático Carlos Montes y desarrolló una brillantísima tesis sobre Ernst Gombrich, que el propio erudito británico definió como lo mejor que se había escrito sobre su persona: Así era nuestro Joaquín. Un hombre sin término medio, un espíritu sin mediocridad.

Profesor querido y admirado por todos sus alumnos, desplegó una infatigable actividad que sin duda afectó a su salud, pero que no le impidió recorrer América fascinado por nuestro pasado barroco común y haciendo, para la Universidad de Navarra, incontables amigos en México y Guatemala, en Arizona y California. Aquellos viajes que comenzaron en los años noventa han sido fuente de su pasión por lo iberoamericano, una emoción que igual sentía por Japón y por China, por todo lo que supusiera actualización del conocimiento histórico como fuente de creatividad. Las sistemáticas invasiones de los espacios de la Escuela por los innumerables objetos y publicaciones que atesoraba han dado buena muestra de sus enciclopédicos intereses, de los que debería dejar testimonio futuro un lugar señero del edificio de Arquitectura.

En su vida profesional también tuvo ocasión de dejar constancia de su habilidad como proyectista de piezas arquitectónicas tan variadas como el altar mayor de la catedral de Pamplona o palacios clasicistas para la familia real de Qatar, utilizando los medios informáticos con la misma habilidad y destreza con la que dibujaba, a dos manos y en la pizarra, impresionantes secciones fugadas de catedrales. Esta imagen que hoy está presente en internet y el unánime testimonio de dolor y admiración de tantos alumnos y compañeros de uno y otro lado del Atlántico, son el mejor homenaje a un gran profesor entregado a su alumnos, a una persona íntegra de conciencia insobornable, a un sabio de la Arquitectura.

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