1. Las dificultades unen mucho
“Éramos como una piña –me comenta– porque, al ser una carrera nueva, no sumábamos tantos como en otras carreras y nos conocíamos todos. Había mucho compañerismo, nos ayudábamos unos a otros. Es que en Humanidades cada uno elige sus asignaturas según su conveniencia o sus gustos, y nuestro problema era compatibilizar los horarios, las prácticas, de modo que a menudo te coincidían dos asignaturas a la misma hora y no había más remedio que faltar a una de las dos; entonces nos prestábamos los apuntes para no perdernos explicaciones e ir al día… Unas clases eran por la mañana otras por la tarde, o en la misma mañana una en el Central, otra en el edificio de Derecho, y una tercera en Periodismo, total que nuestra movilidad era enorme; además, a lo mejor en tres días teníamos tres exámenes seguidos…, quiero decir que lo difícil era hacerse un horario, y que las dificultades unen mucho”.
Para la gran mayoría de los alumnos, la vida universitaria supone un choque, a veces duro, con la realidad. Cuando se ha superado, da risa recordarlo, pero el primer curso de cualquier carrera significó pasar de la vida en el colegio, en el instituto, del “todo me lo hace mamá o papá”, “todo resuelto”, “todo muy masticadito”, a encontrarse forzado a decidir varias veces al día en asuntos tan distintos como si se baja a la Uni o no, si se entra en clase o no, si se atreve con esta asignatura o se raja, si compra tal libro, qué le dice a este profesor, cómo se lo dice y dónde, y cuándo, si se apunta a un seminario o no, a un viaje, a un grupo, si entra en la Biblioteca y aprovecha esta hora o se queda fuera charla que te charla, y así, cien cuestiones más. De repente estos alumnos hacen lo que quieren con su libertad, como personas mayores, que en realidad eso son.
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